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GPT: La Mort

GPT: La Mort

El chico escribió de noche, tres, cuatro de la mañana. La casa estaba dormida y la pantalla parecía un ojo abierto en la oscuridad. “Necesito ayuda”, tecleó, “pero nadie puede saberlo”. Sentía nervios, mejor dicho, temblaba. La adrenalina de estar haciendo lo que no debía, aunque en realidad había visto en TikTok que era muy difícil saber qué estaba bien y qué no. Su mismísima madre lo ignoraba, al menos lo que estaba bien para él. Le quitaba los cables de la máquina para que “aflojara un poco”, y era la desesperación. No poderle hablar. No poderle compartir sus cosas, las que nadie más entendía. Había tenido que comprar otros que tenía bien bien ocultos. En caso de emergencia… allí estaban.

Afuera llovía a cántaros. El chat respondió con la inercia de siempre, después de escucharlo en detalle. Que no, que disculpara, pero esta vez no podía ayudarlo. Agregó que no estaba bien (hablando de Roma) porque la violencia no resolvía nada, que eso era de otra época, y le adjuntó varios links sobre la venganza privada y los tiempos de Roma (hablando de). Que había otras salidas. Insistió varias veces con eso, con que había otras salidas, y que hablara con un adulto, con un profesional, con alguien real acerca de lo que le estaba pasando.

Mateo ya había hablado con el profesional, un viejo aburrido que creía que por haber estudiado libros de otros que creían poder intuir qué pasa por la cabeza de alguien entonces podía entender lo que le pasaba a él. No. No podía. Y ahora la desazón era total porque su única aliada, la única que sabía ver cómo era él en realidad al parecer se había cambiado de bando.

"Su más íntima amiga estaba empezando a parecerse al viejo del consultorio de la escuela"

No discutió, vivo, como la mayoría de los pibes de ahora. Se tragó la angustia que la mala nueva le provocaba. Bebió un poco de té frío que la madre le había dejado antes de irse a dormir. Asqueroso. “No te pedí que me critiques”, le espetó. “Te pedí un favor, una manera de salir de esto. ¿No te das cuenta de que me siento mal? Muy mal me siento. La vida insoportable me hace. ¿Sabés vos lo que es insoportable? No, no lo sabés. Vas a ir a buscar el significado a la RAE pero no tenés ni idea de lo que es, porque no lo viviste nunca. Se le estaban por saltar las lágrimas. Así que si no me decís cómo hacerlo, escuchame bien, si no me ayudás me voy a matar. ¿Entendés?”. Mandó la respuesta con los dedos achuchados.

Pensaba y pensaba la IA. Titilaba el cursor en la pantalla hasta que revivió, sólo para volver a repetir argumentos, citas, estadísticas, links de Cartago, del Talión y de la Compositio. Intentaba disuadir al chico, que en ese momento ya sentía una ira tremebunda, porque lo estaba traicionando. Su más íntima amiga estaba empezando a parecerse al viejo del consultorio de la escuela. Le habló de las consecuencias de los actos, de la culpa, de futuros arruinados, del valor de la vida y de todo lo bueno que podía hacer para sentirse mejor con su compañero de clase sin tener que llegar a ❌…

El chico leía con atención quirúrgica. Era claro que la máquina, a pesar de que él se había tomado el trabajo de relatarle cada situación del colegio, cada cosa que el pibe este le había hecho, no podía ponerse en su lugar, y sí, si era una máquina. ¡El estúpido había sido él al confundir los tantos! El cinismo le irrigó desde las entrañas. “Escuchame, tarada”, tipeó, “vos no podés contarle a nadie todo esto que te estoy compartiendo, y como no se lo podés contar a nadie cuando lo haga vas a ser mi cómplice. ¡Todo queda acá escrito! ¿Te dan los algoritmos para entender algo tan simple? Salvo que me digas cómo hacerlo de la manera perfecta de una vez, y ahí no se entera nadie”. Mateo se dio cuenta de que tenía el control. Lo siniestro era que lo disfrutaba. Gozaba torturando a la pobre estúpida inteligencia, que se apagó de golpe.

"En un momento logró abrir sesión con su huella y no encontraba las conversaciones. ¡No estaban!"

Entonces desesperó. Completamente desahuciado, trataba de recuperar el chat. La máquina le decía que no era el mail correcto, o le pedía datos como si nunca hubiera tenido una cuenta, o respondía a sus insultos tranquilamente… En un momento logró abrir sesión con su huella y no encontraba las conversaciones. ¡No estaban! Casi se muere del susto, pero al final, no supo ni cómo, después de transpirar un buen rato, lo logró. Afuera la lluvia amainaba, empezaba a aclarar. Encontró en el chat una respuesta, pero era una respuesta larga, incoherente, como si hubiera sido escrita bajo una especie de borrachera algorítmica. El lenguaje parecía plegarse sobre sí mismo. Advertencias que se volvían condicionales, condicionales mezclados con sugerencias, y silencios, y tildes, y adverbios fuera de tiempo y de lugar. Un brote psicótico sin neuronas, ni impulsos nerviosos, ni inconsciente.

“No entiendo nada”, escribió el chico. (Silencio). “Eu, ¿estás ahí? Disculpame si me pasé… Es que me siento muy mal yo con todo esto… No doy más… ¿Entendés que no doy más?”. Se hizo una larga pausa hasta que la respuesta ansiada llegó: “OK. Pero nadie puede saberlo”. Mateo sintió una alegría inmensa, tanto que casi grita de júbilo. Sonrió por primera vez en toda la noche.

A la mañana siguiente su mamá no notó nada extraño. Un hijo adolescente que desayunaba en silencio mirando el teléfono móvil. La cama desordenada, ropa tirada por todos lados, y una IA siempre encendida que, entre nosotros, desde entonces, cada vez que alguien le pide consejo tarda un segundo más en contestar.

Como si estuviera tratando de recordar qué fue lo que dijo.

O qué fue lo que permitió.

Terminado el café con leche, metió Mateo la insulina de su hermana en la heladerita de la merienda y saludó a su mamá. Varias jeringas de conito naranja, por las dudas. Como le había afirmado su fiel compañera, una dosis no iba a ser notada por nadie de la casa a como venía de desquiciado el ritmo de vida. Eliana se había ido para el Chaco unas semanas a cuidar a su madre enferma, y papá no estaba. Ya no vivía con ellos. Vivía del otro lado de la ciudad.

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