Recuerdos de una conversación con el escritor alemán, urgente para el presente.
En la niñez tuve mala suerte con los extranjeros que venían a mi pueblo, el Puerto de la Cruz, Tenerife, donde nací. El primero de aquellos chicos que se asentaron en el barrio me escupió en la cara y ya marcó para siempre la extrañeza con la que, desde entonces, me encontré con extranjeros. Era inglés aquel muchacho, y seguramente lo que hacía era jugar con mi cara para que yo supiera lo que era pegar.
En otra ocasión fue un muchacho alemán, que ya manejaba coche, el que me provocó en el camino de la calle que me traía a mi casa. Pasó a toda velocidad, con su automóvil, y luego se mofó de mí cuando se encharcó la caminata. Miró hacia atrás el chico, con la ira del que ya había cometido una venganza. Él no quería que mi cuerpo se juntara con el suyo y me enseñó los dientes como si me rompiera.
Aquel tiempo seguía a la inmediata posguerra española, cuando España (en este caso Canarias) había roto la República y los que venían de fuera, como los que vivían y habían ganado la contienda, se sentían los dueños de todo el territorio y de la vida. Las dictaduras son terribles porque no te dejan pensar, no te dejan estar, se consideran infalibles y tienen todas las maneras de encarcelarte. El miedo es una cárcel que viaja contigo en cualquiera de las maneras de la guerra.


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