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He perdido a mi hijo, un cuento de Alejandro Mardones

He perdido a mi hijo, un cuento de Alejandro Mardones

‘Lost’, Frederick McCubbin

El jovencísimo Alejandro Mardones de la Fuente (Madrid, 2001) es una de las apuestas a largo plazo de la Escuela de Imaginadores. Como no deja de ganar premios —estos días el Certamen de microrrelatos Misterioso Móstoles y el Premio Pablo Aranda de microrrelatos—, nos hemos decidido a traer a los lectores de Zenda una muestra de su trabajo.

Alejandro Mardones estudia Filosofía y Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid, ha participado en diversas revistas y antologías, y en estos momentos está ultimando su primer libro de minificción, que esperamos ver pronto publicado. Pese a tratarse de un relato corto, hemos escogido «He perdido a mi hijo» porque en él emplea algunos de los recursos del género híperbreve que tan bien domina. No obstante, no se dejen engañar: Alejandro también dará muchas sorpresas en la narrativa de más largo aliento.

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He perdido a mi hijo

Anoche dormí con él, no dejaba de llorar. Le recogí de la cuna, enrollándolo en su mantita. Intenté mecerlo un rato, alguna pedorreta, incluso le traje su peluche favorito. Nada conseguía que dejara de llorar. Lo tapé entre mis sábanas, con cuidado de no descolocarle el gorro gris que a duras penas le cubría las orejas. Lloraba y lloraba y lloraba. Rellené el biberón y le di a probar. No parecía tener sed. Conté con él ovejas, leímos un rato, le acaricié la cara durante horas. No era capaz de dormirse, los ojos se le quedaban abiertos, parecían estar obsesionados con el techo de la habitación. Yo no podía aguantar mucho más. No recuerdo en qué momento pasó, tuvo que ser ya muy entrada la madrugada. Dejé caer los párpados un segundo. Los iba a abrir de nuevo, lo prometo. Había demasiado ruido en la habitación. Me dejé llevar. Jamás me lo perdonaré.

He mirado debajo de la cama, en los cajones de la mesilla, entre la ropa del armario. Nada. Al principio pensé que lo había aplastado durmiendo. Suelo moverme mucho. Alguna vez hemos tenido ese susto, pero siempre me doy cuenta rápido y solo hay que presionar la otra mejilla para que vuelva a estar bien. Con lo espabilado que estaba anoche, debió de bajarse de la cama a explorar la casa. Se tuvo que deslizar sigilosamente por las sábanas, con ese pijama tan suave de perritos, y gatear un rato. Me lo encontraría dormido en el sofá. No es la primera vez que lo hace. Muchas mañanas me he agobiado, buscándole por todas las esquinas de la casa, pero al final siempre aparece y podemos irnos a tiempo. Hoy está tardando más de lo normal en hacer algún ruido, un llanto, alguna tos por haberse destapado durante la noche. Le tengo dicho que no lo haga, que coge frío y luego quien tiene que sonarle los mocos soy yo. He levantado las almohadas, deshecho las camas, apartado la alfombra. Nada. Me empiezo a preocupar y, temblando, abandono el cuarto.

Le gusta hacer de chef, sobre todo cuando vienen amigos a casa. La última vez, con Ana, tuvimos un pequeño accidente. Le preparamos los guantes acolchados, el delantal recién lavado y ese gorro largo y blanco tan gracioso. Se puso a jugar con las sartenes, dijo que nos iba a preparar un desayuno riquísimo bien entrada ya la tarde. Bocadillo de judías verdes con zumo de naranja y cereales de chocolate. De postre, chuches. Siempre ha sido un niño muy rencoroso. Ana y yo nos tomábamos un vino, como hacían nuestras madres, cuando de repente el bebé se cortó con uno de esos cuchillos de plástico.

¡Te dije que tuvieras cuidado! El niño me clavó una mirada fría, sin pestañear. A decir verdad, no tenía muchas pestañas. Vi el arrepentimiento de un hijo que sabe que lo ha hecho mal pero que no es capaz de pedir perdón por orgullo, y le abracé con pena. Avisé a Ana, tenía el botiquín en el cuarto. Que se trajera también la jeringuilla, ya de paso le vacunábamos. Le pusimos una tirita, le cambiamos la ropa y como la cuna se había manchado de sangre le metimos en el horno para que nadie le despertase. No le recogimos hasta pasados dos días.

Por suerte, esta vez no me lo he dejado en el horno. Llego al sofá y no encuentro a nadie. Tal vez se haya escurrido entre los cojines, y con el chupete metido en la boca, no sea capaz de gritar por su vida. Pido ayuda, no puedo mover los enormes y pesados cuadrados de cuero. Me contesta una voz grave desde la otra habitación, que me de prisa, que llegamos tarde. Pero yo no encuentro a mi hijo. Entonces me doy cuenta. La puerta del baño se encuentra ligeramente entornada, las luces apagadas. Se habrá levantado por la noche a hacer pis y con toda esa oscuridad se habrá caído por el váter. Le echo la bronca todas las noches porque nunca es capaz de avisarme con tiempo de que necesita ir al baño. Esta noche, orgulloso como es, habrá ido solo.

Un sentimiento de culpa me golpea la frente, y desde ahí baja hasta las puntas de los dedos de mis pies: he matado a mi hijo. He perdido a mi hijo y también lo he matado. Entro en el baño empujando con fuerza la puerta. Enciendo el interruptor como puedo porque está muy alto y me asomo a esa gran silla blanca. No está. No encuentro a nadie chapoteando en esa agua sucia. Se le habrán cansado los brazos y las piernas, tiene que haber estado toda la noche agitándolos frenéticamente. Y cuando, por fin, sus pequeños y suaves pies encontraron la porcelana, alguien tiró de la cadena sin piedad. En ese momento entiendo lo que debo hacer. Corro de vuelta a mi cuarto y busco entre las cosas de la clase de piscina. Encuentro unas gafas de bucear y un churro, pero ni rastro del bañador. No hay problema. Lo arriesgaré todo por mi hijo. Agarro el pequeño escalón de plástico, me subo a la taza del váter y me preparo para saltar. Cuento tres, me tapo la nariz, y una figura enorme me agarra por la espalda.

¿Cómo se te ocurre ponerte a jugar a estas horas? ¡Tenemos que irnos al colegio ya! Le intento explicar a papá la caótica situación. Llevo toda la mañana buscando a mi hijo, pero se lo ha tenido que tragar el inodoro cuando aún dormía. Me agarra de la muñeca y me arrastra hasta la puerta. Abre la mochila y me entrega el muñeco, lo había recogido antes de desayunar. ¡Mi hijo!

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