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Hegel en la playa

 (apuntes de filosofía para jóvenes, duodécima entrega)

Confieso que pertenezco al numeroso grupo de amantes de la lectura y de la filosofía, que todos los veranos se sorprende desagradablemente cuando se publican las consabidas listas de libros recomendados para una lectura estival, y comprueba que en ellas no se incluye ninguna obra de Hegel. No he tenido la suerte de encontrarme todavía con ninguna persona de este grupo, supongo que por esos extraños caprichos del azar, por lo que no puedo aventurar cuáles son las razones de su apego a Hegel, y si coinciden o no con las mías.

Sospecho que unos argumentarán que las habilidades de Hegel no son inferiores a las de Morfeo, mientras que otros sostendrán que su solidez intelectual es insustituible como seguro refuerzo de mesas y armarios bamboleantes.

"Pensará el sufrido lector que no nos tomamos en serio a Hegel. Nada más lejos de la realidad. Pero su filosofía, sus ideas, requieren una aproximación suave, cautelosa, distendida: cave Hegel"

Existe otro argumento de fácil constatación para un filósofo playero (soy consciente del oxímoron conceptual): llévese consigo un libro de Hegel a la playa, siéntese con cierta solemnidad, sitúelo de forma que sea bien visible el título y el nombre del autor. Pronto percibirá como se levanta a su alrededor una especie de muro invisible, que ni familiares ni allegados, especies especialmente agresivas que proliferan en la playa, osarán traspasar (quizás escuche, de vez en cuando, un gratificante “no lo molestes, está leyendo a Hegel”). El joven filósofo disfrutará, de este modo, de una merecida paz.

Pensará el sufrido lector que no nos tomamos en serio a Hegel. Nada más lejos de la realidad. Pero su filosofía, sus ideas, requieren una aproximación suave, cautelosa, distendida: cave Hegel. En caso contrario, podríamos perecer en el intento, porque Hegel, además de ser uno de los grandes de la historia de la filosofía, es un filósofo oscuro, hermético. Uno de sus seguidores llegó a decir que leer a Hegel suponía una suerte de “crucifixión intelectual” (¡y eso que era uno de sus adeptos!).

Por otra parte, sería difícil bromear con Hegel. Basta con invocar a las Musas, es decir, acudir a esa complaciente diosa de la sabiduría a la que damos el nombre de Wikipedia, para que ésta nos advierta, ya de entrada, de que a lo que realmente nos enfrentamos es a Georg Wilhelm Friedrich Hegel (¡pronúnciese en voz alta, con el acento alemán más enfático del que sean capaces y se podrán hacer una idea de lo que nos espera!).

"El filósofo español Zubiri dijo que, con él, Europa había alcanzado su madurez intelectual"

Sin embargo, Hegel es una figura capital de la historia de la filosofía. Supone la culminación de toda la tradición filosófica europea que arranca con la antigua filosofía griega. El filósofo español Zubiri dijo que, con él, Europa había alcanzado su madurez intelectual (bien es verdad que Schopenhauer, por contra, lo consideró un hacedor de pseudofilosofía). Hegel recogió todo el saber previo de las diversas ramas de la filosofía, lo reelaboró, lo desarrolló y lo integró en un sistema global y completo, que sirvió de piedra angular de toda la filosofía posterior, y lo hizo de tal manera, creó un sistema tan abrumadoramente intrincado y al mismo tiempo coherente, que nadie después de él tendría redaños suficientes para acometer algo parecido.

A partir de Hegel, surgieron tendencias filosóficas con orientaciones de todo tipo: los llamados hegelianos de derecha, filósofos conservadores en el marco del cristianismo; los hegelianos de izquierda, de tendencia anticristiana, que dieron lugar al materialismo, al socialismo, al anarquismo, etc.; y, en general, todas las corrientes de la filosofía posterior, incluyendo a Nietzsche, la fenomenología, los existencialismos y los movimientos filosóficos del siglo XX, entre ellos, el psicoanálisis.

Respecto a las dificultades que presenta la lectura de sus obras, ya en la propia Wikipedia se nos asegura, con un tono en mi opinión algo jocoso, que “las obras de Hegel tienen fama de ser de difícil lectura”. No hay duda sobre ello. Para hacerse una idea de lo arduo del asunto, bastaría con reparar en el gran número de escritos, artículos, libros, sortilegios, rogativas, guías de autoayuda para semejante trance, etc., publicados para facilitar el acercamiento a Hegel y suavizar su lectura. El propio Hegel, en su lecho de muerte, parece ser que dijo: “sólo un hombre me entendió”, para añadir al instante: “…incluso él no me entendió” (lo que no nos aclara la historia es si pronunció estas palabras con tono melancólico o francamente orgulloso de este hecho singular).

"La lectura de Hegel es un reto intelectual de primer orden para cualquier joven aficionado a la filosofía"

Algunos justifican el hermetismo de sus escritos por lo ambicioso de su objetivo: integrar los conceptos de Estado, religión, filosofía, arte, psicología, historia, etc., en un sistema coherente. Su estilo, construido sobre una inapelable lógica hegeliana destila, en algunos pasajes, un cierto arrebato místico.

En cualquier caso, la lectura de Hegel es un reto intelectual de primer orden para cualquier joven aficionado a la filosofía. Más que un obstáculo, la dificultad de comprender sus ideas debe suponer un gran acicate para abordar su pensamiento. Por otra parte, podemos convertir esa dificultad en una ventaja, ya que nos permite una lectura tranquila, sosegada, liberados de la inalcanzable ambición de pretender llegar a ser “el hombre que leyó y entendió a Hegel” (buen título, por cierto, para un relato corto).

Lo que es evidente es que Hegel es un filósofo imprescindible para la comprensión, no solo de la filosofía sino, también, del mundo moderno. Según Merleau-Ponty, filósofo francés del siglo XX, “podría decirse sin paradoja que dar una interpretación de Hegel es tomar posición sobre todos los problemas filosóficos y religiosos de nuestro siglo”.

"Otra opción sería incluir a Hegel en esa relación de deseos que todos vamos elaborando secretamente a lo largo de nuestra vida con la esperanza de satisfacerlos en el declinar de nuestros días"

Leamos, pues, a Hegel, aunque con cautela, sin precipitarnos. Quizás la tierna edad intelectual de la juventud no sea la más indicada. Mejor acercarse a él, en una primera instancia, a través de alguno de sus exégetas (alguno de los que han pretendido hacernos creer que lo han entendido y actúan y opinan como si así fuera), o a través de los numerosos filósofos que han recibido su influencia, dejando la lectura directa de sus textos para más adelante.

Otra opción sería incluir a Hegel en esa relación de deseos que todos vamos elaborando secretamente a lo largo de nuestra vida con la esperanza de satisfacerlos en el declinar de nuestros días, cuando supuestamente contaremos con tiempo y tranquilidad para ello (leer la Ilíada en griego clásico, comprender la física cuántica, ver al Atleti ganar una Champions League…). Somos conscientes de que son aspiraciones imposibles, irrealizables y, sin embargo, desoyendo al poeta que nos susurra al oído que debemos ajustar nuestras esperanzas a la brevedad de nuestra vida, perseveramos en ellas como un último consuelo para nuestra existencia. Pues bien, leer y entender a Hegel bien merecería figurar en esa lista.

En cualquier caso, nuestros jóvenes lectores saben que no haría falta esperar tanto para disfrutar ya del gran Hegel: para su próximo viaje a la playa, llévense consigo una Fenomenología del Espíritu, y ¡a gozar de la paz hegeliana!

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