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Cómo ser imbécil e influir en los demás

Cómo ser imbécil e influir en los demás

Vaya si es impresionante; toda una belleza. Si no fuera porque estoy felizmente casado y, en fin, porque soy su padre…” Donald Trump, sobre su hija Ivanka.

“Mi cuñado es un imbécil”, “eh, imbécil, ¡mira por dónde andas!”, “es tan imbécil que poco más y se caga encima”, “Mariano, estás despedido. ¿Por qué? Por imbécil”. He aquí frases muy comunes que, a buen seguro, habréis escuchado a lo largo de vuestras vidas. Incluso, aunque ahora estéis leyendo la inteligentísima web literaria Zenda, es posible que no solo os hayan llamado “imbécil”, sino que os hayáis sentido en algún momento unos completos imbéciles. ¿A que parece todo correcto, muy usado y muy sencillo?

Pero como no sois imbéciles, vamos al problema central: ¿qué es ser imbécil? ¿Cómo definimos qué características y qué acciones convierten a una persona en un imbécil temporal o, peor aún, en un imbécil permanente? Este es un problema profundísimo que han tratado autores tan diversos como Erasmo de Rotterdam (1466-1536) en su Elogio de la estupidez (editado por Akal en 2011) o, casi de forma definitiva, el historiador Carlo Maria Cipolla (1922-2000). En su Allegro ma non troppo: las leyes fundamentales de la estupidez (editado por Crítica en 2013), el italiano plantea cinco principios que, por su importancia, reproduzco aquí:

  1. Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.
  2. La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.
  3. Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.
  4. Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.
  5. Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.

Podemos acotar o apuntalar estas leyes de la estupidez pero nos sirven para funcionar como paso previo a hablar sobre el nuevo libro de la editorial Malpaso, el estupendo Trump. Ensayo sobre la imbecilidad del filósofo Aaron James. A estos cinco puntos le añadiría un sexto, que también da a entender el estadounidense, al que llamaría “Principio de la impermeabilidad del imbécil”:

Un imbécil es impermeable a cualquier opinión o razonamiento que no sea el suyo propio. Y dependiendo del grado de confianza en sí mismo que tenga, lo expresará públicamente en correlación directa a dicha autoestima.

Una vez delimitada la cuestión de qué es ser imbécil y teniendo claro que el candidato del Partido Republicano de USA es un verdadero puto imbécil de los cojones, habría que plantearse cómo es posible que influya en tantos millones de personas. Siendo evidente lo idiota de su persona y, por tanto, de sus propuestas: ¿qué hace que, en esencia, grandes masas de hombres blancos le vayan a votar?

Aaron James da muchísimas pistas en este ensayo que tiene la virtud de esforzarse en entrar en la psique de Donald Trump (y sus seguidores) evitando las simplezas. Aunque él lo estructure de otra manera, se pueden sacar muchas conclusiones, que combinadas con las de Cipolla, nos dan un buen retrato del personaje. Os propongo siete leyes que el libro completa ampliamente.

  1. Los votantes, seguidores o fans de un imbécil influyente prefieren a alguien que sea tan imbécil como ellos. Es decir, siempre se prefiere la identidad a la verdad, que afirmaba mi maestro Domingo Caballero para explicar gran parte de la psicología humana. En este caso particular, entre la gran masa de votantes del Partido Republicano se ve a Trump como alguien que va a proteger la esencia del hombre blanco norteamericano individualista frente a la locura extranjera, la locura del otro. Si él ha triunfado tal y como nosotros entendemos que debe de ser el triunfo, sigámosle.
  2. Un imbécil influyente dice lo que piensa sin importarle nada: ni que esté contrastado, ni que perjudique a alguien, ni que no sea el momento para soltarlo. Y lo dice de la forma más simple que sea posible. “Es políticamente incorrecto”, la explicación que este tipo de idiotas usa hoy en día para justificarse y defenderse de las críticas. Según el imbécil influyente, él nos dice lo que nadie se atreve a decir. Da igual que sea racista, machista, homófobo, idiota… no se calla. He aquí la honestidad impermeable del idiota disfrazada de rebeldía ante una sociedad mojigata y propagada por unos medios que no favorecen las subordinadas.
  3. Un imbécil influyente trata siempre de ser divertido. No queremos a dirigentes que nos digan qué hacer con palabras complicadas. Se trata de tener a alguien que nos lo explique rápidamente y que, de paso, nos divierta. La diversión del “payaso bobo”, que diría James, se agradece mucho y es muy efectiva.
  4. Un imbécil influyente no debe de preocuparse en exceso por la verdad. Debe buscar a un número suficiente de imbéciles que compren su discurso y que vean en los demás (medios, oponentes políticos) razones oscuras para desacreditar a su candidato. En definitiva, el líder imbécil debe contagiar su impermeabilidad a base, en general, de gritos, aparente dureza y un buen espectáculo
  5. Un imbécil influyente no debe utilizar una sola ideología. Debe de ser un imbécil con retazos de todas aquellas que le permitan llegar a un mayor número de imbéciles. En esencia, Trump es un republicano conservador pero tiene tintes de liberal e incluso ha criticado a Bush por la entrada a la guerra de Irak.
  6. Un imbécil influyente solo florecerá en una sociedad que premie a los imbéciles. Aquí no hay más que decir: pongan cualquier canal de televisión.

Y la más importante, por lo trabajoso de la propuesta:

  1. Un imbécil influyente no debe parar de recordar que él es más imbécil que el resto de imbéciles que le van a votar, o a comprar sus productos, o a acudir a su iglesia. Como Trump, debe mostrar sus hoteles, su mujer-florero, sus hijos-florero o sus aviones privados. Ah, y tocarse mucho el pelo: donde hay pelo, hay alegría y mucho poder de imbécil.

Aparte de recomendar el libro de Aaron James, para terminar hay que darle un gran mérito a los imbéciles: se esfuerzan tanto que hasta puede ser que uno de ellos sea Presidente de los Estados Unidos en noviembre.

Autor: Aaron James. Título: Trump: ensayo sobre la imbecilidad. Editorial: Malpaso. Edición: Kindle

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