Hay escritores que llegan al erotismo por vocación literaria y otros que llegan a la literatura desde el territorio del deseo. En el caso de Jesús García Calero, el camino ha sido, durante décadas, otro: el del periodismo, el ensayo y la curiosidad intelectual. Calero es, desde hace años, una figura conocida y respetada del periodismo cultural español.
El libro dialoga, además, con una tradición literaria muy concreta. En sus páginas asoma la sombra del libertinaje ilustrado —de Denis Diderot a Restif de la Bretonne—, el refinamiento sensual de Pierre Louÿs y cierto cosmopolitismo literario que va de Venecia a París. No es un erotismo explícito ni confesional, sino más bien un juego literario: máscaras narrativas, referencias cultas, ironía elegante y un gusto claro por el relato breve.
En esa mezcla se reconocen algunas constantes de la escritura de Calero: una prosa cuidada, de raíz periodística pero ambición literaria; narradores que observan con distancia irónica; y un uso de la cultura —libros, viajes, ciudades— como escenario natural del deseo. El resultado es un libro que se mueve entre el relato erótico, la miniatura narrativa y el cuaderno de viaje sentimental.
Dentro de la obra pública de Jesús Calero, más conocida por su faceta de ensayista y periodista cultural, Geografía del deseo aparece así como un territorio de libertad. Un lugar donde el autor se permite jugar con identidades, estilos y tradiciones literarias. En el fondo, una vieja tradición de la literatura occidental: la de los escritores que han utilizado el erotismo como laboratorio narrativo.
Sobre ese mapa —literario, sensual y también un poco secreto— conversamos con su autor.
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—En tus relatos, el poder no solo permite el deseo: lo excita. Presidentas, militares, héroes nacionales o figuras históricas aman desde posiciones asimétricas. ¿Es el poder una condición del erotismo o una forma de corrupción inevitable del deseo?
—Yo creo que es más bien al revés. Si hay algo que define el poder, o más bien el camino hacia el poder, es el deseo. Cualquier líder, de cualquier tipo, en cualquier cultura, ha tenido que desear el mando, al menos; la posición, quizá; o, tal vez, los recursos que otorga el poder de decisión para emprender el camino hacia su ansiada cima. La paradoja, tremendamente humana y abismal, es que, una vez alcanzada cualquier cota de poder, el deseo es considerado una debilidad, automáticamente. Los presidentes, las personas más poderosas del mundo caen por sus venalidades o sus líos amorosos. El deseo es el motor del poder y a la vez es lo que más lo humaniza y más lo erosiona. Un poderoso que no deseara nada sería temible, inhumano, maquinal. El deseo tiene siempre un componente inconfesable porque deseamos más de lo que pensamos o queremos admitir. El deseo es una indagación, muy literaria, como muestra Cernuda en Los deseos prohibidos. El deseo es la puerta secreta hacia nuestra más acendrada humanidad. Y además tiene capacidad para salvarnos porque nos debilita, nos perfecciona porque nos convierte en imperfectos, a cada ser humano, porque hace necesario un elemento externo, ajeno, para sentirnos completos, ya sea una persona, una situación que no está en nuestra mano, que incendia nuestra imaginación, que nos puede llegar a obsesionar y cuya capacidad de atracción quema. Es interesante.
—En uno de los relatos que has escrito, la relación entre una mujer poderosa y un periodista joven está atravesada por una desigualdad evidente. ¿Buscas deliberadamente esa zona incómoda donde el consentimiento deja de ser limpio y se vuelve narrativamente fértil?
—Nuestra relación con el deseo casi siempre tiene un lado oscuro. Es frecuente que lo que deseamos sea acallado por la conciencia, debido a que es incorrecto, inoportuno, peligroso o inconfesable. Sin embargo, creo que cuanto más patente es la zona oscura de lo que nos atrae, más irresistible se hace ese deseo. Hay que introducir aquí un elemento de la libertad. Nuestras fantasías dan cauce a muchos de esos deseos en los que no podemos o no nos vamos a permitir caer. Porque la imaginación es libre, antes incluso de estar bien articulada. Hay fetichistas de una parte del cuerpo o de la vestimenta (pies, medias, zapatos…) que no pueden o no quieren resistirse al imán que supone pensar en esos detalles. Esa mezcla volátil, o más bien ígnea, de libertad y oscuridad, de peligro y aventura que nos obliga a salir de aquello que controlamos, es oro llevado a la literatura. El consentimiento es un valor moral y social que debemos respetar. Pero creo que ni en el caso más razonable es, como dices, limpio. Cuando dos personas se encuentran, dos adultos, con voluntad plena de hacerlo, sobrevuela siempre una duda, una incertidumbre, un miedo, un trazo de pentimento inesquivable. Todo el juego parte de ahí. El morbo de la mutua seducción tiene ese componente de pensamiento clandestino. El deseo nos desafía siempre. Pero sobre el cuento al que te refieres, me gustaría añadir también que todos mis relatos de Geografia del deseo, incluso el de la presidenta, salvo por los detalles propios de la trama, están basados en hechos reales, fondos reales, personajes históricos y anécdotas que alguna vez supe verdaderas. Ahí está el misterio y ahí lo dejo.
—Tus personajes no “aprenden” nada después del sexo. No hay moraleja ni castigo inmediato. ¿Es una toma de posición contra la tradición del erotismo moralizante o simplemente una desconfianza hacia cualquier forma de pedagogía sentimental?
—Son ambas cosas. Ya el primer día que hablamos sobre la idea de publicar estos relatos esto es algo que tuve claro. De toda la literatura erótica me interesaba aquella en la que el erotismo es una liberación. No quería volcarme, ni siquiera dejar mucho espacio, sobre los gramos de culpa, de peso moral, de meditación apesadumbrada y la moraleja que pueda ofrecer el aliento literario del erotismo. Estábamos en pandemia y la idea era recuperar ese terreno libérrimo del deseo y de la piel en contacto, hasta las últimas consecuencias. Pensábamos más en el Boccaccio del Decamerón o en el Vizinczey de En brazos de la mujer madura que en toda la literatura, de Sade a Miller, donde se juega con esa pólvora mojada de la culpa y con el infierno de las perversiones y de los traumas. Aquí tanto yo y mi autor trasunto, Pursewarden, como Irene Adler y María José Solano queríamos, deseábamos, jugar literariamente con esa idea de liberación. Ya era bastante complicado todo lo que rodeaba el encierro y la pandemia. Por cierto que en el frontispicio del Cuarteto de Alejandría, otro de mis referentes para el caso, Durrell cita como epígrafe la frase de Freud: «Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas». Desde ese punto de vista, la idea de dos autores y dos pseudónimos tratando de poner en pie esos relatos, cuando la realidad los hacía imposibles, alimentaba también esta travesura.
—Tus mujeres desean, deciden y dirigen el ritmo del encuentro, pero también son descritas con una minuciosidad casi obsesiva del cuerpo. ¿Dónde sitúas la frontera entre la mujer como sujeto del deseo y la mujer como territorio literario conquistado?
—Es cierto, y creo que mi visión no es tan intencional como instintiva. Primero, porque yo empecé escribiendo poesía, y desde entonces, para mí, la mujer fue casi siempre tanto el destino de mis palabras, como lectora, y de mis poemas, como motivación, como diálogo literario. Hay uno de los cuentos, el que ocurre en Tarancón en 1588, donde el protagonista, el joven poeta Lope de Vega, hace por primera vez el amor con Isabel de Urbina, la que será Belisa en sus versos, a la que acaba de “raptar”, porque han decidido fugarse juntos hacia Valencia. En esa escena quise convertir el lenguaje en el elemento carnal de la seducción. Ahí no hay distinción entre la mujer como sujeto u objeto del deseo y como territorio literario, son ambas a la vez, ni siquiera la hay entre lenguaje y carne, todo se trenza. Describir el cuerpo femenino ha sido para mí un elemento esencial de la seducción al lector. Al escribir me demoraba en el recuento de la belleza palpable porque creo que la literatura erótica no solo trabaja con las sombras y los sobreentendidos. Debe excitar la imaginación y también, a ser posible, la carne del lector. ¡Ojalá lo haya logrado! No me ha preocupado tanto ser correcto, en el sentido manco o tuerto que le damos hoy al término, como llevar a la lectora y al lector a un pacto: bajemos la guardia y deja que las imágenes se fundan con la experiencia, con la memoria. La vida late y se nos escapa de las manos. En el erotismo la memoria visual es sentimental. Todos recordamos la curva de una nuca, un vello fino en el lugar secreto, o el volumen predilecto del cuerpo que amamos, o que amamos un día y perdimos, y esa memoria nos acompaña, incluso ha ayudado a conformar nuestra idea de belleza. Ocurre con los dos sexos. También el cuerpo masculino se describe desde esta perspectiva, y pienso en el caso extremo del cuerpo del Almirante Nelson que se describe en el cuento dedicado a Lady Hamilton, un apolo truncado, como el torso de Belvedere, por las heridas del combate naval. Pero bellísimo. Las mujeres son libres en mis cuentos, porque nada hay más seductor que una mujer libre, y esta frase cobra un peso específico en estos días, con lo que estamos viviendo en Irán por ejemplo. En los relatos ríen más y deciden más que los hombres, juegan con más valor en la aventura de los cuerpos. Juegan al sexo con la música, o el arte, incluso van de caza en algunos casos. Y también son cazadas.
—En los relatos históricos, el contexto —guerras carlistas, imperios, héroes nacionales— parece legitimar excesos sexuales que hoy resultarían problemáticos. ¿La Historia funciona como coartada moral del erotismo o como espejo deformante del presente?
—Mi proceso ha sido de pensar primero en ello. Invito a pensar en el cuento de Cutanda: no hay nada más machista que un campo de batalla medieval, en el que el protagonista, el duque de Aquitania, fundador de la escuela de los trovadores, el primer hombre occidental que hizo un poema sobre la nada, se excita recordando cómo robó la mujer de uno de sus vasallos. Tras la batalla, en el campamento, le piden que cuente su amor y lo hace con palabras que hoy resultan chocantes. Habla incluso de “la ley del coño” en unos términos incómodos. Pero esto está sacado de sus textos, por otro lado. Está en los cimientos de la poesía occidental. Ante este hecho podemos hacer dos cosas: abominar de lo que fuimos y somos, censurar la historia que nos incomoda, como hacía Orwell y quieren hacer algunos perversos manipuladores en España, todos los que quieren la historia para que les dé la razón, o podemos tenerlo en cuenta, conocerlo y aprender de ello. La Geografia del deseo no debe dejar terras ignotas a conciencia, ni conformarse con lugares inexplorados en los que se pone el hic sunt dracones. Allí donde tenemos memoria y experiencia debemos mirar. La literatura es para eso, incluso cuando se establece como juego seductor, como es el caso de la literatura erótica. Como digo, todos los cuentos de Pursewarden están basados en contextos históricos documentadísimos. Ese fue mi juego. Y las guerras carlistas y el suicidio de Larra son, en otro caso, el fondo triste de un siglo XIX español, en el que la felicidad era a menudo furtiva. Eso dota al relato de un contraste vital evidente. Ser feliz como rebeldía, como huida de la moral impuesta, era algo muy patente durante el encierro de la pandemia. La literatura, erótica o no, es ajena a las doctrinas convenientes o mayoritarias. No bendice ni da coartadas morales a nadie. Tal vez nos impugna, y eso está bien. Se cuela entre las líneas de los libros como una chispa que nos enciende la imaginación, que nos incita a soñar y elevarnos hacia historias y miradas de otros. Dudar, avanzar, leer, con un fondo histórico no es tanto el espejo deformante como la certidumbre de que nuestra mirada ha deformado lo que sabemos de otras épocas y otras maneras de amar. La historia está ahí para enseñarnos complejidad, que es otra forma de quitarnos soberbia, volvernos humildes.
—Cuando la política fracasa —España no cambia, las naciones son ingratas, los héroes caen—, tus personajes se refugian en el sexo. ¿El cuerpo es tu última forma de resistencia, o una retirada elegante ante la imposibilidad de intervenir en lo público?
—De todos los empeños humanos, el único que no se gasta es el amor práctico. Podemos agotarnos en el periodismo o la abogacía, en la docencia o la gestión política, y de todo eso quedan pequeños fragmentos, una urna de polvo, como mucho. Pero piensa en Quevedo, su polvo enamorado, o piensa en Catulo y sus poemas, donde el César y sus secuaces están agostados, pero él sigue atendiendo las quejas de Lesbia e invitando a su dulce Ipistila a la merienda y la siesta con derecho a roce, o como él dice, en la traducción de Aníbal Núñez, mucho mejor y más travieso: «bien comido y panza arriba atravieso la túnica y el manto». La Domus Aurea ya no existe, pero ese sentimiento está intacto. La esfera pública, las amistades y la vida laboral, por supuesto, son un empeño principal de la vida personal y de la comunidad. Pero la intimidad sigue siendo el último refugio, lo que somos. Si en las derrotas hay belleza y se aprende es por eso, porque uno se retira y está ahí, con lo más íntimo, y sigue amando y se sobrepone a las dificultades con el pensamiento. “Fracasa otra vez, fracasa mejor”, dice Beckett. Nadie sabe qué ocurre detrás de los ojos. Así que el sexo, la intimidad, la libertad del pensamiento y el círculo de mayor confianza son la última forma de resistencia. Incluso bajo los más tiránicos regímenes ese ámbito de libertad existe. Nunca entenderé el prestigio de la revolución, cuando todas las que hemos conocido han acabado en baños de sangre y provecho de una casta, que se rebela contra otra casta. Déjame de revoluciones. Si no tengo amor, no soy nada. Como periodista intervengo, y me gusta, en la vida pública, dando a conocer noticias o criticando los errores de los poderes públicos, pero no hay mejor victoria que una retirada a tiempo, en lo personal. Para conservar la lucidez necesitamos el cuerpo. El Tao dice: retírate una vez hecha tu labor. Y Pessoa no concibe cesura entre el cuerpo y el alma, dice que los dolores físicos nos traen una impaciencia por todo que, por ser por todo, «no excluye a ninguna de las estrellas». Soy impaciente con todo el cuerpo.
—Tus textos sugieren que el deseo no es instinto bruto, sino una forma sofisticada de lucidez. ¿Crees realmente que se puede pensar mejor desde el cuerpo, o es una ilusión literaria necesaria para justificar su centralidad?
—Para mí es así. Freud hablaba del malestar en la cultura por nuestra difícil y muchas veces traumática relación con los instintos. Pero si lo ves de otro modo, el instinto puede ser nuestro aliado, porque nos afila, nos reta. Hay que tratar de embridarlo, por supuesto, y seguramente nunca podremos vencerlo, como malestar. Es la china en el zapato. Para mí, pensar teniendo en cuenta el cuerpo es algo un tanto místico, porque lo que hago es buscar una idea de vaciamiento con el fin de liberar la mente para imaginar otra voz, otro tiempo, otro lugar, y en el juego literario sí es muy útil esta perspectiva. Esto sirve para cualquier literatura, no sólo la erótica. Por otro lado no sé con qué iba a pensar yo sin el cuerpo, y reconozco que todo está lleno de matices: vuelvo a Pessoa, no tengo por qué confundir el cerebro y el espíritu tan solo porque estén ocupando el mismo espacio, como mi sombra y la pared. El cuerpo piensa espiritualmente porque el pensamiento tiene esa naturaleza, aunque deba convivir con el influjo de la serotonina o la cortisona para llegar a conclusiones más o menos felices. Esta complejidad un poco laberíntica me parece divertida. ¿Somos juguetes del destino, de la bioquímica o de la lucha de clases? Habría que decidirse. Me río. Es como un acertijo. Hacemos lo mejor que podemos las cosas. Erramos. Pero desconfío tanto de las soluciones simplistas como de quienes ven el cuerpo con sospechas, quienes lo censuran o lo cubren como ocurre con el burka en el Islam, porque esa censura ocurre también en el cerebro del censor, que casual, curiosamente, no es el cuerpo que se cubre por mandato. Tener conciencia de lo que somos es un buen antídoto contra la alienación, sobre todo cuando cada día nos empujan más hacia sentimentalismos de otros, alimentando nuestros bajos instintos, el odio, la revolución, el nacionalismo, provocados para manipularnos.
—En varios pasajes, el deseo roza la violencia: posesión, dominio, humillación simbólica. ¿Te interesa explorar esa cercanía peligrosa o confías en que el lector sepa distinguir entre representación y apología?
—Confío en el lector, porque para mí la literatura no es un compendio moral, como decíamos. En el juego sexual siempre hay algo que se esconde, un as en la manga, y puede ocurrir el conflicto, la injusticia, o la humillación. Pero son historias, lo son en todo caso, aunque relaten ese tipo de relación. Si quitásemos el elemento sexual, toda la literatura está llena de posesiones, dominios y humillaciones, desde el Macbeth de Shakespeare hasta el Corazón tan blanco de Marías. Son historias interesantes, que nos hipnotizan, en ocasiones por lo que tienen de abismal, el magnicidio o el suicidio de una hija en una comida familiar nos abren un espacio en el que nos interrogamos sin fondo. Toda la literatura podría conformar algo así como una historia universal del deseo, desde el más patente al más inconfesable. A quien le gusta leer no le puede repugnar una historia que le saca algo de su quicio, de su zona de confort. En el relato erótico, ciertamente, jugamos con algo menos grave, por la parte de divertimento que tiene. Pero como decía Wilde en el prólogo de Dorian Gray, quien se adentra en una obra de arte, o literaria, lo hace a su propio riesgo, y esta aventura, no del todo pactada ni segura, es la que motiva a los lectores, la que divierte y conmueve, aunque a veces nos perturbe. O eso espero. Hay que turbarnos más.
—Aunque tus mujeres manden, la mirada que las construye sigue siendo masculina, culta, histórica, poderosa. ¿Consideras posible escribir erotismo desde un lugar que no esté inevitablemente marcado por esa herencia?
—Me atraen mucho los personajes femeninos, aunque mi mirada sea como dices. No busco suplantar la mirada femenina, sino comprenderla y dejarla jugar. Creo que en algún caso con una sensibilidad apreciable. Pero más allá, inevitablemente, uno está hecho de lecturas y experiencias, en mi caso bastante masculinas. El hecho de haber jugado contigo y con Irene Adler a viajar por la historia y la cultura y sacar al campo de juego erótico a personas tan célebres y admiradas por mí, como puedan ser Robert Graves, Lope, los Shelley, Camus, etcétera, revela una mirada culta hacia el pasado. De alguna manera, rellenar sus biografías o entornos con escenas de intimidad sexual, y hacerlo de manera que resultase coherente con el contexto de cada época, ha sido lo más divertido y desafiante. Y sin duda el erotismo es parte de la cultura y de la historia, subrayo sin duda ninguna, así que no sabría escribir erotismo en el que no hubiera ecos de algún verso, de alguna escena, de algún recuerdo o lectura. Todas esas nubes han pasado por mi imaginación, toda esa acumulación cultural es el marco en el que hemos situado nuestra pequeña obra maestra falsificada. El juego erótico y el literario son una invitación al lector a demorarse en los detalles. John Donne decía que el amor todo lo perdona menos la prisa y el estrés. Me siento tan acusado en esta época por ese verso que, en parte, para mí esta lentitud amatoria de los cuentos tiene algo de venganza.
—En conjunto, tus textos parecen decir que todo cae —el poder, la fama, la historia— excepto el deseo, que persiste incluso en la ruina. ¿Escribes erotismo como quien escribe contra la muerte, o como quien deja constancia de haber vivido intensamente?
—Siempre escribimos contra la muerte, caminamos, contra la muerte, respiramos contra la muerte, dormimos y soñamos a contramuerte. Dormir, vivir, escribir, tal vez soñar, diríamos con Hamlet. Soy de un pueblo de Castilla, de Segovia, Santa María la Real de Nieva, y es un territorio castigado y mítico a la vez, dibujado muy bien por los poetas del cancionero y por los místicos en la antigüedad, pero en tiempos recientes —con grandes salvedades como Delibes— reinventado mejor por los ajenos, como Machado (sevillano) o Unamuno (vasco). Si hay algo que tiene la Castilla rural es intimidad con la muerte, con la idea, con la presencia, porque es una España vaciada de todo menos de la muerte. No el terror de la muerte, sino una idea cabal de mortalidad, de límite. Ahí se ve la frivolidad de algunos conceptos que manejamos. Quevedo dice: “Lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis morir es dejar de morir”. Mi infancia es rural y está cruzada por la naturaleza y por todos estos sentimientos bajo un cielo inmenso que cubre los trigales y las lomas peladas y los pueblos casi abandonados. La eternidad vaciada. Así que, como español, y como castellano especialmente, tengo un máster en el ascenso y la caída de los poderes y las famas, viene con el ADN milenario de Castilla. Una retranca, un resabio, una desconfianza muy lúcida que respiramos con el frío que baja de la sierra. Es como decir: “Espera un momento. La ruina es solo un capítulo más de la historia”. Desespera que no sepamos verlo, especialmente en estos tiempos tan convulsos con líderes que nos llevan al desastre. Por eso, como dices, para mí, el deseo, las pulsiones, son no sólo una parte esencial, no siempre visible, de lo que somos. Están entre las pocas cosas, muy pocas, que pueden salvarnos. Individualmente, me refiero. Incluso contemplando las ruinas del presente, que ya las atisbamos, la mirada es un deseo que completa, como hacemos con las ruinas de una ciudad romana, o visigótica, donde vemos el nacimiento de los muros, restos de las cisternas y los hornos. Podemos ver sus tinajas, y ya no quedan restos de su vino. Pero la embriaguez, el deseo, de aquellos viejos habitantes, están en nosotros, intactos.





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