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John Dos Passos entra en la eternidad

Otro veintiocho de septiembre, el de 1970, hace hoy cincuenta y dos años, fue un día triste, porque murió John Dos Passos. Pero, a la vez, la humanidad vivió uno de sus momentos estelares porque alcanzó esa inmortalidad, que da la gloria eterna, ese hombre culto y de buena voluntad, ese viajero infatigable y fascinado ante lo que el periplo le iba mostrando; ese escritor inmenso, tan celebrado en su tiempo como en el nuestro, que fue Dos Passos. No hay duda: se quedan cortos quienes sostienen que la terna rectora de la Generación Perdida estadounidense está integrada por William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway.

Puestos a hablar de la plana mayor de aquellas letras, cumple hacerlo de un cuarteto, e incluir en él a John Dos Passos. Como Faulkner en sus novelas ambientadas en Yoknapatawpha, su territorio mítico, Dos Passos experimentó brillantemente con las estructuras narrativas en las páginas de su Trilogía USA: El paralelo 42 (1930), 1919 (1932) y El gran dinero (1936). Luego de remontarse hasta la Nueva York de 1870, llegó hasta esa ciudad en la Era del Jazz —los felices años 20 del pasado siglo— en Manhattan Transfer (1925). Coincidió así con Scott Fitzgerald, el mayor cronista de aquel tiempo. Pero, totalmente ajeno al autodestructivo esnobismo del autor de El gran Gatsby —aparecida ese mismo año 25—, siempre fascinado con el éxito, Dos Passos nos habla del fracaso en el conglomerado urbano de Manhattan.

"A Robles, empleado como traductor en la embajada soviética, le fusilaron por pugnas de poder dentro de la propia delegación comunista"

En cuanto a Hemingway, nuestro hombre fue uno de sus grandes amigos. Acaso el colega que más le apreció. Su primera esposa, Katy, conocía a Hemingway desde niña. La amistad entre el autor de ¿Por quién doblan las campanas? (1940) y el de Manhattan Transfer empezó a romperse en el Madrid de 1937. Pudo haberse debido al asesinato del traductor al español de Manhattan Transfer, José Robles, profesor en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore. Hombre de buena voluntad, idealista, republicano convencido de que la república traería el progreso del país y el bienestar de sus gentes, Robles fue uno más de los muchos asesinados por la policía política de Stalin, que siempre contó con la aquiescencia del gabinete republicano, ya estuviera presidido por Largo Caballero (1936-1937) o por Negrín (1937-1939).

A Robles, empleado como traductor en la embajada soviética, le fusilaron por pugnas de poder dentro de la propia delegación comunista. Cuando Dos Passos se lo comentó a Hemingway, parece ser que el autor de Adiós a las armas (1929) justificó aquel asesinato por el bien de la causa.

“Los problemas que surgen entre un hombre y sus amigos no son con frecuencia más que el resultado de hacerse viejo”, escribe aquel que entró en la posteridad un día como hoy, en sus memorias, no en vano tituladas Años inolvidables (1966).

"Al otro lado del Atlántico, la del 14 fue la primera de las últimas guerras románticas, en la que había que participar"

Es muy probable que, si la amistad entre los dos escritores nunca llegó a romperse del todo, fue porque París era una fiesta (1964), el libro en el que Hemingway vilipendia a Dos Passos —“cada dólar que gana le desplaza un poco más a la derecha”— es un título póstumo. En cualquier caso, aún no había estallado el conflicto español cuando “las cosas no volvieron a ser como antes” entre los viejos compañeros.

A través de Años inolvidables, a buen seguro el mejor texto para descubrir lo mejor de una vida ejemplar, extinguida tal día como hoy, es curioso comprobar cómo difiere la percepción de la Gran Guerra entre la cultura francesa y la estadounidense. Al otro lado de los Pirineos suele considerarse la primera guerra sucia, de grandes matanzas en el barro, el apocalipsis desatado entre la batalla del Marne (1914) y la de Verdún (1916); al otro lado del Atlántico, la del 14 fue la primera de las últimas guerras románticas, en la que había que participar.

Sin embargo, tenía que haber algo en los aún incipientes escritores estadounidenses que, indignados con los imperios centrales en aquel conflicto y antes de que entrara en él su país (1917), los llevaba a alistarse en las unidades sanitarias antes que en las tropas mercenarias. A buen seguro que también se batieron en aquel infierno o en aquel campo del honor, según se mire, soldados de fortuna. La legión extranjera francesa, sin ir más lejos, combatió en aquellas trincheras, y en sus filas, bien es cierto, menudeaban los jóvenes norteamericanos más temperamentales, quienes se la juraron al Kaiser cuando invadió la dulce Francia.

"Corría 1916 cuando nuestro amigo se instaló en la pensión Boston, de la madrileña Puerta del Sol"

Aun así, John Dos Passos se refiere a cierto pacifismo que llevó a muchos de sus camaradas —y a él mismo— a ayudar a los aliados sin mancharse las manos con la sangre de sus enemigos. Pero también nos habla de uno al que no le dio tiempo a hacerlo: Roland Jackson, quien sirvió en un regimiento de artillería. Muerto a los pocos días de llegar al frente, su amigo John le recordó en su segunda visita a Madrid, al beber una cerveza en El oro del Rhin, un establecimiento ya desaparecido.

En un primer momento, al joven Dos Passos le quitó la idea de alistarse en el legendario cuerpo de ambulancias de Richard Norton —que ya adscrito a la Cruz Roja sería trasladado al frente italiano, contando entre sus conductores con Ernest Hemingway— su padre. “El comodoro”, como llamaba al autor de sus días, convino con su hijo que, si desistía a sus afanes de la guerra en Europa, como premio le enviaría a pasar un invierno en nuestro país, aprendiendo el español y estudiando nuestra arquitectura. Y fue así como España se ganó a uno de los extranjeros que más la quisieron en el amado siglo XX.

Corría 1916 cuando nuestro amigo se instaló en la pensión Boston, de la madrileña Puerta del Sol, para encontrarlo “todo delicioso: los serenos con sus linternas y largas capas, que abren la puerta por la noche, los sonidos roncos y los fuertes olores de la ciudad”.

Provisto de algunas cartas de recomendación —su padre, John Roderigo Dos Passos, fue un jurista y político notable en la Nueva York de su tiempo—, en aquella primera visita a Madrid, el joven Dos Passos tuvo oportunidad de conocer a Juan Ramón Jiménez, quien le pareció “como pintado por El Greco”. Una madrugada cambió impresiones con Valle-Inclán y en otra se apasionó con el arte de Pastora Imperio. “Aunque me gustaba mucho Italia, España seguía siendo mi favorita”.

"Corría 1921 cuando Dos Passos visitó la aún incipiente Unión Soviética, ya en las postrimerías de la guerra civil rusa. Parece ser que en aquel tiempo había cierta simpatía por los estadounidenses"

Muerto su padre en enero del 17, Dos Passos quedó libre del compromiso adquirido con él y acabó por alistarse en el cuerpo de ambulancias estadounidense. Con otros jóvenes compatriotas, también con veleidades literarias, asistió a los combatientes franceses en la batalla de Verdún. No sé si será extensivo a todos los miembros de la Generación perdida que participaron en la Gran Guerra, e incluso a todos los estadounidenses, escritores o no, que buscaron en aquellos frentes su bautismo de fuego, pero en una de las cartas que envió entonces a un amigo puede haber algo parecido a una explicación de aquella actitud. “Siempre he querido desembarazarme de mi clase social y de los privilegios del dinero. El ejército parecía el mejor medio para ello”.

Acabada la guerra, licenciado de sus obligaciones militares, tras disfrutar de las alegrías del París del armisticio, ya próximo ese París en el que Hemingway fue muy pobre y feliz, el París de París era una fiesta, Dos Passos tuvo tiempo de hacer una nueva visita a España. Entró aquí, “vadeando el Bidasoa” y recorrió a pie, junto a otro estadounidense, Dudley Poore, una buena parte de la cornisa cantábrica. Su afán no era otro que “empaparnos de España”.

Corría 1921 cuando Dos Passos visitó la aún incipiente Unión Soviética —como tal fue fundada en 1922—, ya en las postrimerías de la guerra civil rusa. Parece ser que en aquel tiempo —al menos es lo que comenta el propio John— había cierta simpatía por los estadounidenses: “Los americanos, casi todos los americanos, eran populares aquellos días, y Pax probablemente les había dicho que yo era un amerikanski peesatyel, favorable a su causa”. Con «Pax» se refiere a Paxton Hibben, un legendario diplomático norteamericano que sirvió en la guerra como capitán del ejército francés y había sido compañero de estudios del escritor.

Volvió a encontrarse con Pax en Estambul, cuando era Constantinopla y los asesinatos de los espías internacionales en el vestíbulo del famoso hotel Pera Palace —el legendario hospedaje de los viajeros del Orient Express— eran tan frecuentes que aún limpiaban la sangre del último cuando el gran John llego a la recepción por primera vez.

Fue Pax, metido en el comité de ayuda de turno y encargado de las relaciones con los bolcheviques, quien consiguió a su amigo el visado preciso para visitar la República Democrática Federal de Transcaucasia. Entró en ella por el pueblo de Batum el mismo día que el ejército ponía fin a este efímero estado, integrada por territorios de Armenia, Georgia y Azerbaiyán. Fue así como el gran John, tan aventurero como Hemingway, pero sin su fanfarronería, viniendo de conocer el legendario monte Ararat —símbolo de Armenia en suelo turco y lugar donde volvió a tocar tierra firme el arca de Noé, según las tres religiones que hablan de este navío— supo del hambre, la enfermedad y la checa, entre otros rigores de la emergente patria comunista.

En fin, guerras, viajes, personajes que conforman una vida y una obra. Años inolvidables. Así se escribe la historia.

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