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Juan Mayorga, librero azul

Juan Mayorga, en promoción de su obra Intensamente azules. Foto: Sergio Parra, Teatro Abadía.

La gente se acerca a la esquina y allí se agolpa. En el vértice de la librería se esconde Juan Mayorga: escritor, dramaturgo, ¡académico!, ¡matemático!, ¡filósofo! Hoy, librero de Tipos Infames (C/San Joaquín, 3, Madrid). No se puede decir que haya silencio, pues al fin y al cabo hablamos de una librería. Hay cierto revuelo alrededor de la pequeña masificación que arrincona a Mayorga. El resto del espacio lo ocupan personas sueltas, como gajos arrancados de la mandarina. Estas últimas hojean libros, se asoman por detrás de las estanterías levantando ligeramente la mirada, después vuelven a los libros. Quizá se pregunten qué pasa. Quizá lo sepan y detestan formar parte de los grupos grandes. Allí lo tienen fácil, en este último caso: cualquier novela es un lugar recóndito para esconderse en Tipos Infames.

"Están Guerra y paz y Los hermanos Karamazov, porque ¡cómo no iban a estar!"

En la esquina en cuestión, Juan Mayorga habla hacia adelante —hay momentos en la vida en los que ese es el único lugar hacia el que se puede ir; existen otros en los que quizá se pueda hablar hacia atrás, o hacia el centro, o hacia dentro, quién sabe—. Tiene dos estanterías pequeñas, una a su izquierda y otra —como adivinaréis— a su derecha. Allí están postrados los libros que ha seleccionado como su guía literaria existencial, o como reflejo lúcido de su yo momentáneo, o como simple muestra de buena literatura que ofrecer a aquellos que llegan a Tipos Infames buscando sus doctas recomendaciones.

Están Guerra y paz y Los hermanos Karamazov, porque ¡cómo no iban a estar! Juan Mayorga, que viene de las matemáticas, lo tiene claro: si en la ecuación se encuentran las variables clásicos literariosobras de impacto personal, Tolstói y Dostoievsky no pueden faltar. Así que allí están los dos, como dos pirámides egipcias en un atardecer desértico de David Lean. Al propio Fiódor Dostoievsky se agarra Mayorga, como enganchado a una cuerda, para aterrizar en el suelo y hablar emocionado del Discurso del Gran Inquisidor. Del Dostoievsky que es un ejército ruso decidido a arrollarte con todas sus armas al Dostoievsky que es un francotirador agazapado en una ignota terraza, dispuesto a colocarte su única bala en el centro de la frente.

"Él contesta que la huida es una ilusión, porque uno no camina en realidad hacia ningún destino concreto. Solo camina... si es que esa es suficiente certeza para el que quiera encontrarla."

Pero Juan Mayorga frena entonces, porque no todo su repertorio va a transitar la existencia esteparia de los rusos decimonónicos. A él lo emociona Lorca, así que allí bailan desnudos los dos tomos de su Poesía completa y su Teatro completo. ¡Qué caderas!, ¡qué poder de seducción! Uno mira a Lorca y Lorca mira a Dostoievsky y uno piensa en qué pasaría si ambos se girasen y se besasen, en cómo el universo entonces implosionaría o evolucionaría hacia lugares desconocidos. Está uno asfixiado por la visión noctámbula del beso hispano-ruso cuando Mayorga vuelve a cambiar de tercio y se lanza a El astillero, de Juan Carlos Onetti.

Dice Juan Mayorga de Onetti: “es increíble el poder de esas novelas a las que te acercas en tu adolescencia…”, y allí te la dejas. En la cárcel espectral de El astillero no hay lugar para inocencias juveniles: allí uno va a trabajar, a entregarse en cuerpo y alma a la ficticia voluntad de levantar los sueños de un país. Le pregunto a Mayorga qué es lo que pasa con las personas que, como Bruce Springsteense escapan de ese lugar de perdedores para ganar de una vez. Él contesta que la huida es una ilusión, porque uno no camina en realidad hacia ningún destino concreto. Solo camina… si es que esa es suficiente certeza para el que quiera encontrarla. A él, de momento, caminar le parece una cosa a considerar. ¡El problema es que todo el mundo anda siempre dando esas cosas por sentadas!

"Entonces el mundo se derrite, y él lo observa de cerca, como cuando uno pone un mechero encendido cerca de una pieza de plástico y se queda mirando, para ver cómo la materia se desintegra"

Los libros se apilan unos encima de los otros: las Cartas luteranas de Pasolini se apoyan en la ventana, como mirando de reojo a las personas que viven al otro lado del cristal. Luigi Pirandello observa la escena desde varios puntos, muestra múltiple de la devoción que Mayorga siente por el autor italiano. Los Cuentos completos de Borges reposan sobre la madera como un ladrillo antiguo que, en cualquier momento, podría comenzar a flotar por la escena, a convertirse en pájaros de colores preciosos o en una niebla intensamente azul que todo lo cubra.

Intensamente azules (La uña rota) es el nuevo libro del propio Mayorga, realizado en conjunto con el ilustrador Daniel Montero Galán. Un hombre recibe de sus hijos, por su cumpleaños, unas gafas de natación graduadas. Intensamente azules. Una mañana se encuentra con que sus gafas normales están rotas en un rincón, así que se decide a empezar a usar siempre las de nadar. Entonces el mundo se derrite, y él lo observa de cerca, como cuando uno pone un mechero encendido cerca de una pieza de plástico y se queda mirando, para ver cómo la materia se desintegra, se deforma: para ver cómo las cosas pierden su tamaño y su color y dejan de ser lo que son, aunque tampoco puedan ser cualquier otra cosa.

No hay que tener miedo a ser un poco azules a veces, si los colores normales nos agarran y no nos dejan escapar. Juan Mayorga se lanza al mar después y se sube al barco de El copartícipe secreto, una de esas pequeñas novelas de Joseph Conrad que más que novelas son ramas de incienso personalizando el ambiente. Habla Mayorga de sus dos protagonistas, que al fin y al cabo no son sino el mismo en cierto modo. Uno de ellos es un asesino, y el otro se decide a no denunciarlo, “el capitán salva al otro porque se ve a sí mismo“. Quizá aquel capitán llevaba puestas unas gafas de nadar graduadas, intensamente azules. Y quizá por eso se reúne la gente, allí en la esquina, para escuchar a Juan Mayorga hablar de literatura. Para verse a sí misma, que no es tan fácil: a veces, no bastan ni los espejos.