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Juegos del destino

El caso de Franz Kafka, fallecido tal día como hoy pero de 1924, es otro más donde la línea entre el mito y la realidad es demasiado fina como para poder distinguirla claramente, y el hecho de que le pidiera a su amigo Max Brod que quemase todos sus textos aviva, todavía más, su leyenda. ¿Por qué quería destruirlos? ¿Qué plasmó en ellos que le producía tanto horror y miedo? ¿Temía acaso ser incomprendido, o rechazado, en el momento en que fuera leído por un desconocido…? Por suerte, el Destino juega a veces una mano a favor de los lectores y de la historia de la literatura, como si encarnase una personalidad propia para retar, desafiar e intentar vencer a quien se oponga a él. Tal y como intenta hacer Kafka en los relatos que va escribiendo, fantaseando e imaginando diferentes formas de enfrentarse a sus miedos y a sus enemigos, y sufriendo, en definitiva, una Metamorfosis haciéndose pasar, ya no por escarabajo, pues nunca quiso que se le describiera como tal, sino como un insecto de considerables dimensiones que se encuentra aprisionado entre cuatro paredes y al que todos ven como lo que es, y lo rechazan, pero a quien sólo los lectores escuchan y comprenden.

"El caso de Franz Kafka es otro más donde la línea entre el mito y la realidad es demasiado fina como para poder distinguirla claramente"

«Soy demasiado débil», repite Kafka una y otra vez en la Carta al padre. «Ni tú ni yo somos culpables», escribe en un momento dado, justificando así el comportamiento y la relación que tuvieron ambos. Su carácter retraído, introvertido, melancólico y un poco hipocondríaco no le permitía enfrentarse al hombre corpulento y violento que era Hermann. Un hombre al que, nada más empezar la carta, reconoce temer; ante el que le costaba desnudarse porque la diferencia física era tan abismal que le producía demasiada vergüenza y vulgaridad. «Todo lo que soy, todo en lo que me he convertido, te lo debo a ti y a la educación que recibí», le reprocha. Pero no directamente, no a la cara, pues se ve incapaz de mirarle y expresarle lo que siente. No hablan el mismo idioma. Y mientras el padre es todo fachada, trabajo duro y, por encima de todo, reconocimiento social, el hijo posee un mundo interior que ni él mismo entiende muchas veces. Perdido en sí mismo, acaba perdiendo a todos los que tiene a su alrededor y, en consecuencia, el sentimiento de culpa lo atormenta cada vez más. Nada le reconforta y todo le es indiferente. Todo, salvo la escritura. Cuando la describe, cuando habla de lo que siente al liberar su espíritu y su mente a través de las palabras, advierte entonces que es su única manera de ser y de vivir: «Para eso estoy aquí, esto me resulta completamente claro», afirma en sus Diarios. Precisamente por eso el Destino jugó su favor impidiendo que su nombre fuera olvidado, pero también, con la osadía que le caracteriza, tomando parte en uno de los conflictos más conocidos de la literatura universal. Desoyendo los deseos del hijo y dándole al padre lo que más quería: reconocimiento. Y demostrar, una vez más, aquello que Franz dijo en una ocasión «en mi opinión, se ha logrado algo tan cercano a la verdad que puede tranquilizarnos un poco a ambos y hacernos más fácil el vivir y el morir».

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