Según el modelo Kübler-Ross, hay cinco fases en el duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Hay personas que viven en un bucle que se inicia con el primer estado, prosigue hasta el cuarto y vuelta a empezar; incapaces de alcanzar el último. Como Perni, la protagonista de la serie noruega de Netflix. Las diferentes sinopsis dicen muchas cosas de esta ficción: es una trabajadora social, su ex es un cretino, su padre tiene una crisis adolescente, tiene problemas para encontrar una relación sentimental estable… De pasada, se menciona que su hermana murió. Intuyo que la persona encargada de hacer esos resúmenes no ha visto la serie, o lo ha hecho sin demasiado entusiasmo, sin prestar atención, porque esta historia sólo va de una cosa: la imposibilidad de completar el duelo. Los demás temas no llegan a la categoría de secundarios. Desde que falleció su hermana, Perni la llama cada día a su teléfono móvil, que le responde con un mensaje del contestador. Perni espera al tono y le cuenta lo que le pasa: que la echa de menos, que odia a los demás por no seguir sufriendo como ella, que no puede seguir adelante porque ya no están juntas… Perni se ha quedado a vivir para siempre en la oscuridad. De ese agujero negro no sabe salir. Henriette Steenstrup —la actriz que da vida a Perni— nos muestra, capítulo a capítulo, temporada a temporada, la sonrisa más triste de la historia de la televisión. Del duelo —el de una hija que pierde a su madre— escribe, y lo hace muy bien, Julia Varela en su segunda novela, Todo por hacer (Ediciones B). La periodista de RTVE, comentarista del Festival de Eurovisión desde hace 10 años, recrea en su libro todo ese proceso por el que transita Perni. La diferencia entre la protagonista de la serie nórdica y la de la novela de Varela, Blanca, es que esta última sabe que esa herida estará siempre abierta, nunca va a cicatrizar, no se puede restañar, no hay cura posible. Y con la certeza de ese dolor, una contenida ternura y una ágil y amena prosa, Julia Varela nos lleva a la luz después de 288 páginas. Hay muchos aciertos en esta novela, el más importante es conseguir hacer sencillo algo tan difícil: vender esperanza sin un sólo gramo de impostura.
Hablamos con Julia Varela de la incredulidad ante la muerte de un ser querido, acerca de los objetos que cuentan vidas que no llegamos a conocer del todo y sobre huérfanas que reconocen a otras con sólo una mirada.
*****
—Cuando alguien pierde a un ser querido, intentamos consolarlo diciéndole que “el tiempo todo lo cura” o “cuánto le quería el finado”. Bastones inservibles. No sé si son necesarios. Quizás sean reconfortantes para algunos.
—Justo al inicio de un duelo, sobre todo cuando es por una persona a la que quieres mucho, como una madre —eso ocurre en mi caso y en el de la protagonista del libro—, nada ayuda. Es muy difícil, estás muy metida en ti misma y creo que lo que necesitas es simplemente que te digan que están ahí. Necesitas sentir esa compañía, pero al principio no hay mucho consuelo.
—Lo vemos al principio de la novela: ante la muerte, lo primero que sentimos, antes que el dolor, es incredulidad.
—Sí. Ese es uno de los primeros sentimientos que tienes. Yo estaba muy obsesionada, por mi experiencia personal, con narrar ese instante que lo cambia todo; en el caso de la protagonista de la novela es una llamada nocturna anunciando que su madre ha fallecido y, además, lo ha hecho de manera imprevista. Ese instante, que nos hace sentir tan frágiles, puede ocurrir de muchas formas —un accidente, un atropello, un atragantamiento…— y nos provoca una sensación de incredulidad: un momento tan cotidiano y a la vez tan inverosímil. Es difícil de creer cuando lo estás viendo y cuando te lo están comunicando. La siguiente sensación es de irrealidad. Es algo muy común y que he observado al leer y documentarme sobre el duelo; esto dura aproximadamente un año. Joan Didion habló del pensamiento mágico. Y es así, tienes pensamientos casi paranormales. Recreo mi experiencia personal en la novela; me obsesioné con que mi madre pasaba frío. Volví a Madrid diciendo que había dejado abandonada a mi madre en el cementerio y que estaba pasando frío. Hay algo de inverosimilitud, de irrealidad al inicio del duelo. Luego transitas por ese pensamiento casi paranormal hasta que acabas asimilándolo.
—Engancha con eso una frase de Alberto Olmos sobre el accidente de Adamuz: “Ante la desgracia, la verdad es que no me viene a la cabeza nada fuera de esta sensación desoladora: qué fácil es morir, sin más, hagas lo que hagas y estés donde estés”. El duelo nos expone a la sensación de fragilidad.
—Sí. Leí esa frase en Twitter. Conecta con esa obsesión que he tenido siempre por ese instante tan cotidiano que es el de la muerte. Es algo en lo que pensamos más cuando sucede un suceso tan trágico como un accidente de tren. Somos muy frágiles y débiles, estamos a merced del azar. Por mucho que uno se empeñe en cuidarse, en vivir de una determinada manera, la fatalidad sucede. En esta sociedad vivimos de espaldas al duelo. No hay que estar tampoco siempre preocupado, obsesionado con esa espada de Damocles, pero tenemos que asumir la muerte como una realidad de la vida diaria. Esto además nos va a ayudar a relativizar problemas cotidianos que solo son nimiedades; a centrarnos en decir más “te quiero” y dar más abrazos. Cuando un ser querido fallece, es difícil de digerir; aunque al principio todo es dramático, luego hay mucha luz. Yo me di cuenta de que no tenía herramientas para gestionar esa situación. Hay una pregunta que suelen hacer los hijos cuando son pequeños: ¿tú te vas a morir? El primer impulso es decirles que no, que mamá no se va a morir nunca. Muchos adultos han crecido con esa mentira. Lo curioso es que venimos de una sociedad donde la muerte era todo lo contrario. Mis raíces están en la Galicia profunda: mi padre me contó cómo se velaba a los fallecidos en los velatorios, a los que se llevaba a los niños. Desde pequeños, la muerte estaba integrada en la vida. No digo que haya que ir a darle un beso al cadáver del abuelo, pero sí que tenemos que tener otro diálogo con la muerte.
—La protagonista adquiere la capacidad de “adivinar las ojeras de otra huérfana”. ¿Cómo es esa solidaridad sombría?
—El duelo de una madre, por desgracia, creo que nunca se supera. Con independencia de la edad que tenga tu madre, con independencia de la relación que tengas con ella, lo que ocurre es que, con el paso del tiempo, lo vas transformando en otras cosas y vas conectando con tu madre de otras maneras. Las madres justifican nuestra existencia; estamos aquí por ellas. La madre es el refugio, es el calor, es la conexión absoluta con la vida. Cuando sucede ese duelo… A veces, me cuesta hasta decir muerte. Cuando tu madre muere, pasas a formar parte de ese grupo de huérfanos y de huérfanas. A partir de entonces, es fácil reconocer esa orfandad en otras personas porque ese es un sentimiento del que no te vas a desprender el resto de tu vida. Aprender a convivir con la ausencia no significa que lo superes del todo. Creo que eso no es muy optimista ni muy esperanzador, pero también pienso que una madre lo merece, ¿no?
—Blanca dice en su novela: “Huir de la orfandad es imposible”.
—Es una herida que está ahí. Con la que convives, pero está siempre ahí.
—La muerte de los mayores nos reconecta con nuestro pasado y con la familia. Lo vemos con Yago, el hijo de Blanca, que desconoce casi todo de sus ascendentes. Ese hilo también se está rompiendo, sobre todo con la gente que marchó a las grandes ciudades a trabajar.
—Es otra de las cosas que quería mostrar en mi historia, sobre todo en la parte de la trama de misterio, cuando Blanca redescubre a su madre a través del hallazgo de diversos objetos. Hay familias a las que les han pasado muchas cosas y están en su derecho de callarlas. A veces lo hacen para protegernos o simplemente porque no quieren compartirlo; han sufrido y no le quieren dar pábulo a eso. Los muertos nos dejan pistas para que los vivos descubramos cómo fueron realmente. Encuentras diarios, fotografías, objetos —como en la novela— que no te imaginabas que formaran parte de esa persona; es una forma de completar su ausencia. Y eso me parece maravilloso: que a partir de sus huellas podamos redescubrir a esa persona de otra manera. Eso es lo que ocurre con la madre de la protagonista del libro. No creo que las personas tengamos que contarlo todo si no queremos.
—Cuando indagamos en la vida del familiar desaparecido, también podemos enfadarnos, sentirnos engañados y estafados por los descubrimientos.
—Sí. Eso sucede al principio de la novela, Blanca siente un poco esa rabia. ¿Por qué mi madre no me contó esto? Esa curiosidad es otro de los motores de la trama: ese misterio familiar. Al final, ella se da cuenta de que hay silencios que se deben respetar también. Durante la escritura de la novela, he conocido muchas de esas historias curiosas. Una amiga me contó que cuando su abuela falleció, descubrieron en una de las paredes de su dormitorio un agujero en la pared, como una especie de caja fuerte, donde ella guardaba todos los suvenires de los hoteles en los que había estado. Como si fuera una urraca, fue cogiendo todos esos pequeños “tesoros” y los fue acumulando. Por cosas como esa me gusta mucho el tema de las huellas materiales. Cuando una persona deja de ser, ya no está. Pero conectamos con ella a través de todos esos elementos materiales, como puede ser esa ropa que vestía, sus anillos o el olor que queda en la casa. Todos esos caminos materiales nos conectan de una manera espiritual con ella.
—¿Cuánto hay de Blanca en Julia?
—Hay bastante de trasunto en la protagonista. El duelo por mi madre y mis experiencias están volcadas en la novela, pero también hay mucho de mí en otros personajes y hay mucho de otras personas. Creo que estoy diseminada por muchos de los personajes que aparecen en el libro. Incluso estoy en ese niño, en Yago, incluso estoy en la propia madre. Creo que no soy ella, pero estoy en todos los lugares de la novela.
—¿Cómo te ha influido en la escritura una experiencia personal tan arrasadora como tener un cáncer? ¿De todo ese dolor puede salir algo bueno?
—Eso conecta con mi obsesión por arrojar luz entre la penumbra que puede suponer un tema como ese. A los tres años de morir mi madre me diagnosticaron un cáncer de mama, que fue la enfermedad por la que ella falleció. En mi caso fue pillado a tiempo. Lo que me sucede es que en ese momento vuelvo a revivir el duelo; se remueve todo otra vez. Además, tengo que convivir con una palabra que da mucho miedo, cáncer; una enfermedad que está más cerca de nosotros de lo que imaginamos. Todo ese proceso es muy oscuro, muy tenebroso. Cuando lo pude masticar, dije: “Tengo que sacar algo bonito de ahí a la luz, tengo que hacer algo bueno con ese dolor”.
—Ha tenido muy buenas madrinas: Laura Barrachina, Inés Martín Rodrigo y Ledicia Costas. Casi nada. Costas afirma que escribe “con el pulso de la ternura”; Martín Rodrigo sostiene que es “capaz de iluminar el oscuro tránsito por el duelo sin renunciar a la certeza de que todas somos humanas”; y Barrachina concluye que su historia “nos deja calados hasta los huesos de ganas de vivir”.
—Para mí es un honor, porque las tres escriben excepcionalmente bien, y además saben de lo que hablan; todas han transitado por ese desierto que es el duelo. Es un orgullo que las tres hayan leído la novela y me hayan dedicado unas palabras tan preciosas. Cuando escribí la novela estaba obsesionada con que no fuera densa, que a pesar de que el tema fuera grave, hubiera luz. Desde el punto de vista estilístico, he trabajado el libro de una manera muy sencilla. Quería huir de las frases hechas, de los adverbios de modo y de la adjetivación. Quería contar lo difícil de manera fácil.
—Terminamos. Tengo que preguntarle por Eurovisión. ¿La política lo mancha todo?
—Una de mis grandes luchas desde el principio, cuando comencé hace diez años como comentarista de Eurovisión, era que el festival estuviera alejado de la política, porque esa fue una de las grandes enseñanzas de José María Íñigo. Y todavía creo en ello, aunque nuestra sociedad esté tan politizada y la política esté en todo. Cuando votamos en Eurovisión, con el televoto, pienso que lo hacemos más por cercanía geográfica y cultural; siempre te va a gustar más una canción francesa o italiana, y los nórdicos es normal que se den la máxima puntuación entre ellos. Yo defiendo mucho esa cercanía, aunque la política lo manche todo. Me da rabia que se politice un programa de televisión, de canciones. En mi caso, soy muy de estar en el medio, la aurea mediocritas (dorada medianía) que decía Aristóteles. Lo que pasa es que ser corriente y tibio a día de hoy no vende.






Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: