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Junto a una tumba en Ginebra

Junto a una tumba en Ginebra

La orden es estricta, un punto enigmática y bastante propicia a la fabulación: debo acudir a las cinco de la tarde al Cementerio de Plainpalais para encontrarme con un desconocido junto a la tumba de Jorge Luis Borges. Pienso que esto se puede terminar convirtiendo en el comienzo de una novela y llego al lugar de la cita con suficiente antelación como para regodearme en sus prolegómenos. Me entretengo echando un vistazo a otras sepulturas ilustres —la del escritor Robert Musil, la del doctor Mahler, la del reformador Calvino o la de Grisélidis Réal, a la que se identifica en una placa como escritora, pintora y prostituta—, y a falta de cinco minutos para la hora indicada me siento en un banco frente al árbol que llaman If. Casi al instante, llega a mi teléfono móvil un mensaje proveniente de un número desconocido: «Estoy entrando por la puerta de atrás, me vas a ver a tu izquierda». Poco después comienza a aproximarse desde la lejanía la silueta de un tipo que debe de rondar mi edad. Me incorporo para estrecharle la mano y presentarme. Estamos solos en este rincón apartado del camposanto que casi frisa con el Boulevard de Saint-Georges. El cielo se va apagando poco a poco en una premonición lenta del atardecer, se deja sentir un poco el frío y suenan a lo lejos los cantos desvaídos de unos pájaros que no acierto a vislumbrar. Marcos Liyo me cuenta que nació en la Patagonia y pasó la mayor parte de su vida en Buenos Aires. Se instaló aquí hace tres años por amor y al poco montó una asociación a la que dio en llamar Los Conjurados como homenaje al último poema que publicó su admirado compatriota. La conforman él y otras nueve personas que dedican su tiempo libre a difundir el legado borgeano en una ciudad que no tiene muy presente su memoria. Lo comprobé yo mismo esta mañana, cuando quise remedar ante el Muro de los Reformadores la célebre fotografía que le tomó allí Sara Facio a Borges; tuve que dar alguna que otra explicación para que un transeúnte se aviniera a colaborar en el empeño, y cuando le mostré el retrato original para que se hiciera una idea de la perspectiva y de mis pretensiones, me miró sin comprender y acabó preguntándome si por un casual ese señor de la instantánea era mi abuelo.

"Lo que importa no es la identidad de quienes se encaminan sin remisión hacia un destino final, sino esas palabras viejas, And ne forthedon na"

Le digo a Marcos que me parece admirable que a estas alturas de la historia queden todavía diez justos en Ginebra y él se echa a reír. Atiende a nuestra conversación la lápida, que es más que un epitafio: es una elegía y una oda, una oración y una epopeya, quizás el relato que el propio Borges habría querido enhebrar si los dioses le hubieran otorgado el don de adivinar sus últimos días. La esculpió Eduardo Longato en piedra de Punilla, por encargo de María Kodama, y se instaló aquí en octubre de 1987, cuando los restos del escritor llevaban más de un año alimentando esta tierra. Martin Hadis le dedicó un ensayo que permanece inédito en España, y se han vertido ríos de tinta en torno a su simbología y sus misterios. Luce en su anverso el famoso relieve de los siete guerreros nortumbrios que blanden sus armas toscas bajo la inscripción And ne forthedon na, un verso en inglés antiguo que significa «y que no temieran». Procede de un viejo canto muy querido por Borges en el que se glosaban los pormenores de la batalla de Maldon, un enfrentamiento entre anglosajones y vikingos que tuvo lugar en el año 991, en Essex, al sur de Inglaterra, y que se saldó con la derrota de los primeros. La particularidad reside en que la escena es una copia exacta de la que se aprecia en una piedra hallada en Lindisfarne, al norte del país, y en la que tradicionalmente se ha querido ver la oposición de los monjes que habitaban el cenobio del lugar a su saqueo por parte de los invasores nórdicos. Fue el propio escritor, hacedor sumo de analogías imposibles, quien vinculó en un texto el sur al norte para dotar al hallazgo arqueológico de un significado distinto en términos históricos, pero idéntico en su esencia: lo que importa no es la identidad de quienes se encaminan sin remisión hacia un destino final, sino esas palabras viejas, And ne forthedon na, que les recomiendan abandonar todo temor y afrontar aquello que no puede suceder de otra manera. Pero la lápida adquiere su sentido completo cuando se la rodea. En su parte trasera figuran otro relieve, esta vez el de un barco vikingo, y una nueva inscripción, ahora en un noruego arcaico, que recoge un pasaje de la Völsunga Saga: Hann tekr sverðit Gram ok leggr í meðal þeira bert, «Él toma la espada Gram y la coloca entre ellos desenvainada». La referencia no resulta ajena a los iniciados en el corpus borgeano porque remite sin margen de error al cuento «Ulrica», con el que el escritor celebró su relación con Kodama, la mujer que lo acompañó en su vejez. Ella quiso corresponder al regalo con una dedicatoria, De Ulrica a Javier Otarola, que vincula las identidades ficticias del relato con las de los amantes verdaderos. Aparece inscrita al pie de la embarcación en la que se supone que viaja el héroe fallecido, envuelto en llamas, en busca de la eternidad. En el anverso, la determinación para enfrentarse a la vida y sus designios; en el reverso, lo que sucede a la fatalidad irreversible; en el centro, la muerte, la fría piedra, ejerciendo de frontera.

"Se enternece al recordar el día que coincidió ante la lápida con el nieto de uno de los grandes amigos ginebrinos de Borges"

Todo esto me ha contado Marcos durante cerca de media hora con palabras exactas y henchidas de entusiasmo. Vive a un par de manzanas de aquí y pasa por el cementerio unas dos o tres veces por semana. Aparta las hierbas que en ocasiones esconden algún que otro detalle —como las que nos impiden discernir con claridad la cruz celta y las fechas— y recoge las ofrendas que de vez en cuando dejan los visitantes. Se enternece al recordar el día que coincidió ante la lápida con el nieto de uno de los grandes amigos ginebrinos de Borges, o aquella ocasión en que encontró una edición del cuento «El jardín de senderos que se bifurcan» traducido al japonés, pero se conmueve especialmente cuando me dice que una tarde recogió aquí, junto a esta tumba en Ginebra, una pequeña piedra en la que alguien había pintado un reloj de arena con un laberinto en su interior: «Esa persona entendió todo».

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