El mundo de la bella Simonetta (Rosita y Amparo) es una intersección entre crónica histórica y novela, pero el autor no solo habla de la joven, también nos muestra las disquisiciones filosóficas y políticas que ocurrían en la tumultuosa Florencia del Quattrocento, en la que la gracia de Simonetta no era solo un atributo físico, sino materialización de la verdad.
A continuación reproducimos la introducción al libro de Germán Arciniegas, escrita por la nieta del autor, Gabriela Arciniegas.
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En El mundo de la bella Simonetta, encontramos una descripción de la Italia renacentista, la Florencia de la época y todo esto teniendo como centro a la musa de los pintores del Quattrocento: Simonetta Vespucci. Sin embargo, para entender esa Florencia que fue cuna de Miguel Ángel y de Leonardo, Arciniegas parte con la presentación de un contexto geográfico y político acotado entre los años 1300 y 1400 en que se ve una Italia fragmentada. Ciudades-estado como Venecia (donde reinaba la oligarquía), Florencia (donde había un fuerte contraste entre el movimiento artístico, la movida filosófica y la Inquisición), Génova (patria de Simonetta), Piombino (ciudad intermedia entre las dos anteriores), Provenza (tierra de corsarios), Pisa («con su traje de mármoles donde hay algo de un sueño musulmán», dice el autor), ocupan la investigación. Organización política que, hay que resaltar, persiste al momento en que surge este peculiar grupo de pintores bajo el ala de los Medici y los Vespucci, amantes del arte, de las ciencias… del poder. Para indagar en este aspecto político, Arciniegas recorrió, a mediados del siglo xx, todas esas ciudades, buscando el rastro de tales familias, así como de los DaVinci, de los Botticcelli, de los Ghirlandaio, y urdió párrafos hermosísimos sobre dichas ciudades, como este:
En ese contexto político y económico de intrigas, guerras internas, envenenamientos y asesinatos (muchos de estos ejecutados en iglesias por alguna razón indescifrable), nace Simonetta. Relata Arciniegas: «O se nacía entre vencedores, o entre bandidos. Cuando Simonetta nació en el palacio de los Cattaneo era de la familia de los vencedores. A los pocos años, pasó a la clase de los bandidos. Entonces, a toda prisa, los Cattaneo se fueron a la roca de Piombino a esperar. Pero Simonetta bandida nunca volvió a ver el cielo de su Génova».
En cuanto a lo religioso, también era terreno de contrastes, entre los más ateos, como el poeta Luigi Pulci, por ejemplo, a quien no le dieron sepultura cristiana por renegar de la Iglesia, y los seguidores del cruel inquisidor Savonarola. En la época, los coloquios de artistas y arquitectos sobre filosofía y poesía son los únicos que concilian los extremos porque las conversaciones son mucho más profundas que las disquisiciones sobre la virginidad de la Virgen o el fillum al que pertenecía el fruto prohibido del Edén en tiempos míticos de Adán y Eva.
Ahora, ¿quién fue Simonetta Cattaneo, luego apellidada Vespucci? Arciniegas comienza hablando de la madre, Violante Spinola, de quien además anota, por un lado, sobre su belleza: «Cuando alguna de las bellas de la casa aparecía en la ventana, quedaba un retrato instantáneo a lo Vinci, a lo Ghirlandaio. Así se vería Violante Spinola. Dominaría la plaza fingiéndose cautiva. Si alguna vez apareció en el vano con Simonetta niña, sería una Madonna para Lippi». Y, por otro lado, nos hace notar que esta primera bella se había casado una vez anterior, unión de la que tenía ya dos hijos, «seres distantes, infinitamente lejanos del alma que se reflejaba en su Simonetta». Como en los miles de años que precedieron a nuestro siglo xx y a su siglo xv, esta mujer, igual que su hija, no tendría incidencia alguna en los movimientos históricos ni políticos. A ambas, como a todas las demás, les tocó seguir a sus esposos, a sus tutores, en fin, a los hombres, hacia donde ellos las llevasen. «Para ella [Simonetta], como para las mujeres jóvenes de su tiempo, no quedaba otra cosa sino esperar». Arciniegas apunta en estas líneas llenas de poesía: «Había dos mundos en un mismo principado: el del ruido y el del silencio. En el uno dominaba la bronca voz del arzobispo soldado, en el otro el tono menor de Simonetta». Por eso la única forma de pasar a la historia que tenían las mujeres era ser inmortalizadas entre pinceladas al óleo o en frescos.
De Simonetta se ha logrado dilucidar que nació en 1453 en Génova (originalmente dedicada a Jano —Ianua—, robada por San Jorge, asesino de dragones), y falleció el 26 de abril de 1476 en Florencia. Hija de Violante Spinola y el noble genovés Gaspare Cattaneo Della Volta.
En abril de 1469, a sus dieciséis años, contrajo matrimonio con su coetáneo florentino Marco Vespucci, un familiar venido a menos del futuro explorador florentino Amerigo Vespucci, en la iglesia de San Torpete, en Génova, en presencia de los Dogos y la nobleza de dicha ciudad. Pero, como en todas las eras pasadas (si no sigue ocurriendo en algunas regiones del orbe), este fue un asunto político. En este libro veremos cómo Simonetta vivía el exilio de su familia, en Piombino, gracias a que su medio hermana mayor, Battistina, se había casado con Jacopo de Appiano, señor de esta ciudad, también por conveniencia. Fue allí donde llegaron Piero y Marco Vespucci: padre e hijo. «Matrimonio sin fondo político, no es matrimonio en casos como el de Piero Vespucci». El suegro de Simonetta estaba quebrado. Su padre, Giuliano, había sido un comerciante y mercante muy exitoso. Pero él no heredó esas habilidades y estaba quebrado. Dependía de las migas que le tiraban los Medici. En cuanto a Marco, el esposo de esta musa renacentista, Arciniegas dice que iba siempre detrás de su padre «como una sombra».
Simonetta llega, pues, a Florencia, en el año 1469, una gran época para las artes y la filosofía: «Lo natural en Florencia eran los coloquios con filósofos griegos, la vida ateniense en los talleres de los pintores, el ingenio mordaz de las tertulias». Pero en esta época, como todo podría ser motivo de una guerra entre ciudades-estado, a Simonetta le tocó en suerte no disfrutar, así fuera a escondidas, de esta vida profunda. Al contrario, tuvo que seguir a su suegro, político de altos cargos gubernamentales, porque su esposo, que era esa sombra, iba para donde su padre fuera. Así que la pobre genovesa, cualesquiera fueran sus aspiraciones espirituales, se resignó, en cambio, a conocer esos conflictos y vivirlos de una u otra forma. Esta fórmula se repite de manera recurrente a lo largo de la historia, desde Helena de Esparta hasta Clarice Lispector y quién sabe cuántas otras.
Así pues, en 1472, por ejemplo, Piero es elegido Prior en Florencia, y termina en medio de un conflicto entre Volterra (tierra de minas de alumbre) y Florencia (que se llevaba el alumbre). El padre del novio prueba su lealtad a Lorenzo de Medici arriesgando su vida para robar unos documentos que corroboran la existencia de un complot en contra de este, pero el rey de Florencia, en vez de agradecerle y darle alguna medalla, lo manda a la cárcel. De este modo, haber sido Simonetta y tener un preso político como suegro debió haberle destrozado los nervios. Todo esto se urde como un preludio al fresco hecho por los hermanos Ghirlandaio en la capilla Vespucci de la iglesia de Todos los Santos (Ognissanti). Allí, cerca de la Madonna della Misericordia, que aparece protegiendo a los miembros de la familia Vespucci, está el retrato de Simonetta, y a su lado, un niño llamado Amerigo Vespucci. La aparición de la Virgen (al menos en esta obra pictórica) no es un mero capricho del pintor, es arte al servicio de las urgencias del espíritu, el deseo de concretar una paz política inexistente en aquel entonces. Seguro Simonetta no quería ser una mera modelo para dicho fresco, sin duda deseaba verse a sí misma ante la presencia divina para suplicarle por la libertad de Piero.
La segunda aparición de Simonetta en el arte sucede como consecuencia de un evento fechado del 28 de enero de 1475 en la plaza de la Santa Croce en Florencia, el día que se llevó a cabo una justa, La Giostra (Torneo di Giuliano). La razón oficial de este torneo fue la celebración de un éxito, en este caso, diplomático: una alianza entre Milán, Venecia y Florencia, sucedido unos meses atrás. Pero, según ha sido sugerido por algunos, la fecha elegida para el festival fue el día del cumpleaños de Simonetta. El torneo contó con la participación de Giuliano, quien la eligió dama de su corazón. Delante del caballero renacentista iba su escudero, quien sostenía un estandarte en el cual Botticelli había pintado a Minerva y a Cupido. Un poema de Poliziano describe la imagen y da la clave de la misma: encarnaba a Palas Atenea, vestida de blanco, con lanza y con ese escudo de tiempos troyanos, que ostentaba la cabeza de la Medusa Gorgona repujada en él. Como lema llevaba escrito en francés: La Sans Pareille (La sin igual). Es como lo que anuncia Yeats unos siglos después en «Oda a un ánfora griega»: «La belleza es verdad, y la verdad, belleza, eso es todo / lo que existe en la Tierra y todo lo que hay que saber». Entonces, mientras en Florencia, los mil cuatrocientos ocurrían como después lo hicieron los mil novecientos cuarenta en Nueva York, con todos esos muertos de Al Capone, en compensación se elegía a Simonetta como musa de artistas y poetas. Al elegir esa cara y ese cuerpo (capa externa y efímera de la morada del alma), la decisión no tuvo solo una base pulsional y libidinosa: hubo también una incidencia filosófica: «Los ojos que primero la miraron en Florencia fueron los de esta tertulia de humanistas que parecían saberlo todo en todas las artes y decirlo en todas las lenguas […]. Cuando se piensa que el amor era el tema de la filosofía, se comprende mejor por qué se hermanaban tan bien la antigua Atenas y la nueva Florencia. Los mismos eclesiásticos ardían de entusiasmo helénico […]. Eran sacerdotes que hablaban del amor, no para espantarse de nombrarlo, sino para idealizarlo y darle más espíritu y más cuerpo». No era entonces tan superficial la obsesión de Da Vinci, de Ghirlandaio, de Cosimo, era una intención de materializar el concepto mismo del amor, de la pureza, hasta podría decirse que de la virginidad mariana. Una intersección entre filosofía y religión. Simonetta fue entonces vista, no como un cuerpo deseable (lo que también está, de forma muy sutil) sino como un concepto.
Simonetta murió tan solo un año después, la noche del 26 de abril de 1476, presuntamente de tuberculosis, a sus veintitrés años. Dato al margen: Su viudo contrajo nuevas nupcias muy pronto. Así es en la política, que nada tiene que ver con los asuntos del corazón. Ahora, ¿quiénes pintaron a Simonetta y quiénes lo hicieron mientras ella estaba viva? Solamente los Ghirlandaio en Ognissanti y la bandera de la justa de Giuliano que hizo Botticelli, están pintadas en vida. El resto, las obras de Piero di Cosimo, Leonardo Da Vinci, las demás pinturas de Botticelli, todas ellas fueron hechas de memoria, de oído. ¿Y entonces, hay forma de saber cómo era ella, la real, físicamente? ¿Es fiel el que posa de retrato, o la que acompañaba a la Virgen de esa iglesia? ¿O son todas esas obras apenas idealizaciones de una belleza? Arciniegas, como muchos, se pregunta. Nunca lo sabremos. El único retrato que lleva su nombre, Simonetta Ianuensis Vespuccia (Simonetta Genovesa Vespucci), fue creado por Piero di Cosimo década y media después de su muerte.
El óleo más famoso de ella, El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli, es, entonces, una puerta a la mente del artista que nos muestra cómo este recordaba a la modelo. Pero también es una suerte de manifiesto renacentista. Y ahí es donde la figura de la hija de Violante Spinola trasciende. Dice Arciniegas:
«La Venus del Capitolio es la misma Simonetta de Botticelli en El Nacimiento de Venus. El mismo gesto de las manos pudorosas. Pero ya nada de la diosa peinada a cincel en la piedra. Ahora, sí, la fértil cabellera de oro, abanderada; el viento, jugando con las trenzas desatadas; el sol, lamiéndole la piel desnuda. Ahí está la revolución del cuatrocientos. Ahí el cabalgar glorioso sobre la edad antigua. Y el punto en que coinciden Botticelli y Poliziano. Simonetta era la diosa que ya no endurece el mármol. El pintor la ve llegar de un mar de rapsodias, transfigurada Venus, para despertar al renacimiento que la esperaba en sueños».
Es un hecho sabido el que Sandro Botticelli se hizo enterrar a los pies del sepulcro de Simonetta Cattaneo de Vespucci en la iglesia de Ognissanti en Florencia al morir en 1510. Algunos dicen que este deseo fue fruto del amor. Un amor platónico, quizá. O tal vez, enterrarse al lado de una mujer a quien nunca tocó no tenía nada que ver con una pulsión efímera y humana, sino con el concepto que dicha mujer, al hacerse arte, forjó en el solitario artista: el renacimiento como ruptura, como protesta frente a la tradición pictórica, y como respuesta al clima político de la fragmentada, burguesa (por los burgos que apenas estaban emergiendo, tímidos, del Medioevo), Italia.
Así resume Arciniegas la vida de Simonetta como musa: «La suerte quiso que, como pasó con los otros, Ghirlandaio acabara pintando el retrato de Simonetta en un altar de la iglesia de Ognissanti, y Botticelli en una escena de la Capilla Sixtina en Roma. Pulci y Poliziano le hicieron los poemas, y todos se rindieron adorándola».
Así pues, tenemos, por una parte, que el florecimiento del renacimiento pictórico, como ruptura, antecedió a un florecimiento mucho más espectacular: el encuentro del Viejo Mundo con la ignorada, oculta, América (momento que Simonetta no alcanzó a vivir). Y por otra, nos damos cuenta de que, para Arciniegas, Simonetta es esa América. Una América presentida. El aspecto más obvio de esta afirmación fue que ella conoció a un Amerigo cuyo nombre todavía era anónimo; quizá se cruzó también con un Cristoforo Colombo, Colón para los amigos hispanos, en cuyos sueños aún no estaba lanzarse a navegar desde Palos de Moguer (quizá «en el mundo de los niños en donde todos pueden codearse, surgió un continente que ignoraban los geógrafos»). El aspecto menos obvio de tal afirmación es aquel que conectaba el siglo xv con el mundo griego y romano, que, por ende, usó la figura de la Simonetta para invocar a las Helenas, las Afroditas, las Palas Ateneas, las Oceánides del momento previo al rapto de Perséfone, como en La primavera. Pero también trajo de esos tiempos míticos a los centauros y las quimeras, así vieron esa nueva tierra los aventureros españoles y genoveses. Quizá por esto, cuando ellos llegaban a las playas nunca antes vistas, y observaban cómo esas mujeres de piel color canela, desnudas y curiosas avanzaban hacia ellos, era la pelirroja Simonetta quien emergía de los recuerdos de Botticelli, desnuda y de trenzas desatadas, y se acercaba navegando en una concha, y así «nacieron islas en mares nunca vistos, con mujeres guerreras y hombres sin cabeza, y la primavera en un paraíso».
América fue para muchos, en aquel entonces, el paraíso, la tierra de la eterna primavera y de la criptozoología. Pero los artistas florentinos habían quebrado con su arte el arte medieval ya desde antes de 1492. Introdujeron la realidad euclidiana, de la perspectiva, las proporciones áureas, y así prepararon el ojo de sus espectadores para el vértigo abigarrado del barroco que vino con las visiones que les entregó ese inmenso continente lleno de maravillas. Simonetta quebró las mentes de esos artistas al obnubilarlos con su belleza platónica, su areté, su aletheia, y los preparó para vivir, con ojos niños, siempre en asombro, ese nuevo mundo, de animales mitológicos y colores nunca vistos, de América. Cuando la genovesa se suelta los cabellos, y le suelta por ende los cabellos a la pudorosa Venus, el genovés Colón dibuja una ruta en un mapa y, tanto para los americanos como para el resto del orbe, completa la esfera terrestre en los mapas de todas las culturas.
No obstante, este volumen tiene algo que interesa más allá de los meros hechos históricos, biográficos o las referencias a los artistas que pintaron a la bella genovesa. Es su vida interior. El mismo autor había dicho en un artículo que, como los documentos testimoniales de las épocas (documentos notariales, cartas, declaraciones, actas), dependían muchas veces de los escribas, y en la mayoría de las veces solo aparecían los hombres involucrados en estos hechos, la única forma de entender la historia era rellenando los vacíos. ¿Dónde estaban las mujeres, los niños?, «Me preguntaba yo, ¿sería esa nación solo de hombres? ¿Lloverían los hijos del cielo?», agrega jocoso. Y concluye que por eso la novela es el mejor testimonio de la historia, porque es capaz de ir más allá de esos documentos escritos en papel legal.
Aunque El mundo de la bella Simonetta no es una novela, hay que aclararlo, sí incursiona en la inferencia y la elucubración sobre esa vida no contada ni sabida de Simonetta. Tiene fragmentos como el siguiente: «La bella genovesa que veía abierta su ventana, por primera vez, a este mundo de tumultuosa y radiante alegría, dejaba flotar su espíritu confuso y deslumbrado por sobre la república que corría bajo sus miradas de asombro». Como Simonetta no dejó carta alguna, ni poema, ni mucho menos un diario, Arciniegas visitó los valles, los montes, los castillos, los caminos que pisó la hija de Violante Spinola y Gaspare Cattaneo, e imaginó lo que ella pudo haber sentido: «Simonetta subía por las oscuras escaleras del estrecho caracol, a tientas, para llegar al ventanal del tope, bajo la corona almenada, a ver en torno los divinos paisajes de Toscana, las mismas soledades encantadas de que gozaban los Medici». Simonetta, una mujer de los mil cuatrocientos, no tenía incidencia ninguna en la historia. Solo tenía derecho a ser bonita y callar, a seguir los pasos de su esposo y dejarse desnudar el cuerpo en pinturas, pues a nadie le interesaba desnudar su alma. Y al mirar a través de las eras y encontrarse con los ojos de un colombiano que visitaba sus extintas tierras, logró quizá susurrarle esto: «Como se dilata la voz de las campanas en ondas que pasan los confines, así el alma de Simonetta encastillada se expandía». Muchas cosas quedan por decir sobre esta jovencita que de seguro fue mucho más que la hija de Gaspare, la nuera de Piero, la mujer de Marco. Esto es terreno de la literatura más que de la historia. Arciniegas se acaballa entre las dos para poder presentirla hacia el pasado tal como ella, en sus últimos instantes febriles, pudo haber vaticinado la unión de su Italia, de casi toda Europa, y la existencia de la inesperada América.
Cerremos pues esta introducción, este portal hacia el alma de Florencia así como de Simonetta, con este poema de Rubén Darío citado por Arciniegas:
En mi jardín se vio una estatua bella.
Se juzgó mármol y era carne viva.
Una alma joven habitaba en ella
sentimental, sensible, sensitiva.
Y tímida ante el mundo, de manera
que encerrada en silencio no salía
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melodía.
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Autor: Germán Arciniegas. Título: El mundo de la bella Simonetta. Editorial: Rosita y Amparo. Venta: Web de la editorial.


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