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La caída como método

La caída como método

En la tradición alquímica, la nigredo designa la primera fase de la opus magna, esa putrefacción necesaria de la materia prima antes de cualquier transmutación posible, el instante en que la luz se rinde para que la sustancia revele su verdadera identidad en la sombra. Que Marta del Pozo (Avilés, 1980) dé ese nombre a un libro de poesía es toda una declaración: lo que aquí se narra es un viaje hacia el fondo de uno mismo, con la convicción de que solo quien desciende hasta su propia oscuridad puede encontrar algo que merezca el nombre de vida. El resultado, Nigredo (Bartleby Editores), Premio Entreversos de Literatura Iberoamericana, es uno de los libros más genuinos que ha dado la poesía en lengua española en los últimos años: una obra que rehúye sistemáticamente el ornamento fácil, que se permite dudar de sí misma, y que construye una poética del cuerpo, del viaje y la memoria de una solidez poco frecuente.

El libro se articula en siete capítulos que funcionan como estaciones de un itinerario tanto geográfico como interior. Varsovia, Lisboa, Sintra, Grecia o Soria se convierten en campos de prueba donde el territorio se abre para que el sujeto reconozca sus propias cicatrices en el relieve del mundo. Cada sección se abre con un epígrafe de la Poesía Vertical de Juarroz que varía el motivo central del caer trazando así una progresión espiral, como el descenso por las escaleras internas del pozo de la Quinta da Regaleira que el capítulo quinto convierte en imagen axial de la obra en su caída circular.

"El amor se define por ser aquello que solo se posee en el instante exacto de su desprendimiento, y que luego viaja para hacerse campo en otra parte"

Tras un poema inicial separado de los capítulos, el poemario comienza con una observación: un martín pescador, dos cigüeñas, un cuervo. El sujeto que mira acumula visiones con la insistencia de quien intenta comprender algo que se le escapa. La confesión de la limitación de la palabra—«me he dado cuenta de mi limitado vocabulario para los pájaros»— es una declaración sobre el lenguaje. Y la instrucción final —«Cuando bajes a su nigredo, como aquellos marineros ciegos, abre bien los ojos»— instala la paradoja central del libro: la pupila debe aprender a dilatarse hasta que la sombra se vuelva legible y la oscuridad entregue su propia gramática.

Vilanos en Varsovia despliega una escritura de doble registro: el viaje físico a Polonia y el tránsito hacia la propia identidad. «Me hallo ante la puerta de una ciudad antigua» establece desde el inicio que la ciudad es también umbral psíquico. El poema sobre el Museo Nacional introduce El espejo de Tarkovski como imagen que superpone el tiempo. El cuadro descrito cifra también una poética: «Tan solo tengo palabras para anunciar profecía: palabras negras sobre fondo blanco». Esta parte se cierra con un poema que anticipa formalmente la tercera parte. En el verso «el vilano era mi amor», el vilano, semilla de cardo o diente de león, diseñada para volar y dispersarse, da al título su verdadero peso. El amor se define por ser aquello que solo se posee en el instante exacto de su desprendimiento, y que luego viaja para hacerse campo en otra parte.

"El volumen termina con el poema-capítulo El dorado, título que convoca la leyenda americana y la fase alquímica del amarillo"

En Tierra o nada, del Pozo abandona la prosa poética de las dos partes anteriores y adopta una estructura de poemas numerados con una apertura antisolemne: «Vine a un árbol / a contemplar pájaros mecánicos / a contraluz». La autora llega a Soria, alejada ya de esa España de «sepia y banderilla», con ecos de Whitman: «Si me desnudo, perteneceré a cualquier época, / a cualquier viento, / a cualquier hombre». Es el cuerpo reclamando su derecho a ser paisaje, a despojarse de la biografía para ser solo materia expuesta. El sujeto se pregunta: «¿Y si me quedo / por siempre en Soria?», buscando la quietud de lo que ya no necesita moverse para ser.

Uma janela em Lisboa recupera la prosa poética, pero con un pensamiento más encarnado, más húmedo. La irrupción de Fernando Pessoa en portugués —«Todo o conhecimento vem dos ou pelos sentidos; porém não sabemos quantos são os sentidos»— es el eje filosófico del capítulo. El saber por los sentidos, la epistemología como apertura. El volumen toma esa cita y la desarrolla con libertad: «Quizás cada cuerpo tenga su tiempo, cada cheiro, cada pele, a sua propria metafísica». El olor (cheiro) y la piel (pele) en portugués porque son más táctiles, más porosas. Pero en la misma ciudad, «las grúas parten el cielo. (Precisamente)». Lisboa no deja olvidar que el mundo también es hierro y trabajo. De Lisboa, del Pozo se lleva el verbo espalhar-se —dispersarse, esparcirse, que el castellano no puede calcar sin perder la levedad de lo que se deshace en silencio— y deja en paz la saudade, demasiado gastada para este libro.

"Es, simultáneamente, una poética de los sentidos, una meditación sobre la identidad a través de los paisajes que la forjan y, en su culminación, un poema de memoria genealógica"

El pozo es un poema-capítulo que resuelve la tensión entre la experiencia vivida y la elaboración lírica. El recorrido hasta el pozo iniciático de la Quinta da Regaleira está narrado como una serie de renuncias deliberadas —al guía, al Palácio da Pena, a «la puesta de sol más magnificente»— que son la práctica de una ascética del abandono. Se llega a lo sagrado por vaciamiento, eliminando lo accesorio hasta que solo queda el eco del descenso. «Para que dieran las cinco en el momento justo, antes tuve que haberme perdido»: el extravío como camino, el rodeo como necesidad. Y el pozo, cuando se alcanza, entrega su verdad sin retórica: «quien desciende a la boca de un pozo tan solo desciende hacia sí mismo». El fondo no es final, es espejo.

El volumen termina con el poema-capítulo El dorado, título que convoca la leyenda americana y la fase alquímica del amarillo. El Parque de Balboa en San Diego, «simulacro de Alcázar y de espejo», descubre la arquitectura neocolonial española levantada en California mientras la España real exportaba a sus pobres. El giro final hacia el bisabuelo es el momento más inesperado. La voz se reconoce como «la hiedra de su estirpe en el planeta», una planta que necesita la piedra y su pasado para poder extenderse. Y lo que pide a esa piedra no es oro sino agua. Con esa imagen el libro cierra su círculo. La nigredo no conduce a una transmutación espectacular sino a un conocimiento enraizado: la vida es lo que crece sobre las ruinas de lo que fuimos.

Escribe del Pozo: «aprender a vivir / (aprender a caer) / justa y dignamente.» El poemario se revela como algo más complejo que un itinerario de descenso interior. Es, simultáneamente, una poética de los sentidos («las orejas de gacela atentas a la trayectoria final de las gotas»), una meditación sobre la identidad a través de los paisajes que la forjan y, en su culminación, un poema de memoria genealógica. Estas tres dimensiones conviven en armonía, lo que habla de una inteligencia compositiva que ha sabido tender sus hilos con talento, en un libro singular y brillante que encuentra en la caída una pedagogía del conocimiento.

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Autora: Marta del Pozo. Título: Nigredo. Editorial: Bartleby. Venta: Todos tus libros.

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