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La Carolina

Tengo una especie de tesoro. De tesoro literario, quiero decir. O una reliquia.

Una vez, en un remate de campo cerca de Chascomús (la estancia se llamaba —se sigue llamando— La Carolina) compré una serie de cuadros antiguos. No fui para eso. No sé para qué fui, en realidad, pero los terminé comprando. La mayoría no me gustaban —eran retratos o láminas publicitarias—, pero me los llevé de todos modos. Pujé por ellos, fingí el interés, me interpuse en el deseo de alguien más.

Los cuadritos estaban envueltos en papeles viejos y hojas de revistas. Utilicé una de esas hojas como plato para comerme uno de los bocadillos —«sangüiches»— de vacío que un tipo preparaba en un rincón. Me atendió una mujer bastante joven. Mantenían algún tipo de parentesco, seguramente —recuerdo aquellos rasgos compartidos: el mentón ligeramente hundido, la severidad de sus labios—. Sería su hija, tal vez. O su hermana. Me fijé en sus manos, mientras me servía el bocadillo. Parecían de otro cuerpo, de otra edad. Rojas, arrugadas, llenas de marcas y cicatrices. Implantadas. Me alejé de la barra con una sensación extraña, como si su visión —la visión de esas manos— no me correspondiera. Era una imagen arrebatada, fuera de lugar. Una intromisión.

"Tuve que conformarme con la última respuesta de ese tal Borges sin conocer siquiera la pregunta. Nunca he leído nada al respecto"

La carne estaba muy caliente, todavía. Abrí un poco el bocadillo y me fijé en la esquina de la hoja que el jugo de la carne empezaba ya a humedecer. Al parecer, se trataba de una revista o algo parecido. «La Herradura. Año 1919». Según supe después, se trataba de una revista cultural publicada en Dolores cuya vida duró menos de un año, de junio de 1919 a abril de 1920. Se publicaron diez números, nada más. La sexta página del sexto número —en la que yo apoyaba mi pedazo de carne asada— contenía unas columnas apretadas y un anuncio medio borrado de una loción de afeitado. El azar —o los rigores del tiempo— desdibujó el anuncio, pero dejó casi intactas las letras diminutas.

Mientras masticaba —y valoraba la oportunidad de haber pedido otra cosa, unas empanadas, tal vez, o unos chinchulines—, me entretuve leyendo el último párrafo en el que el periodista —o quien fuera— se despedía de un tal Borges, «J. L. Borges». La entrevista aparecía incompleta —los últimos párrafos, las últimas intervenciones—. Enseguida me fijé en el reverso de la hoja para comprobar si seguía por el otro lado. También revisé los otros pliegos. Lo hice con lentitud, casi con parsimonia, para favorecer su aparición. Pero no encontré nada, ni una línea más. Tuve que conformarme con la última respuesta de ese tal Borges sin conocer siquiera la pregunta. Nunca he leído nada al respecto. Nadie ha mencionado lo que el joven Borges decía ahí —como una prevención sobre sí mismo—.

Hablaba de una coma, nada más. De una coma que había escrito en un papel. Un signo ortográfico, un trazo vertical. Al parecer, había escrito —o dibujado— esa coma durante un paseo por Quilmes —«en las orillas de la ciudad», aclaraba—, y después de observarla durante un rato, le había otorgado algún tipo de entidad o de poder.

"Me concentré otra vez en la lectura. La guardo, decía el joven Borges, como un pretexto o como una promesa. Es una coma, nada más, pero anticipa algo"

Un grito me distrajo por un momento de la lectura. El hombre de la parrilla tuvo que abandonar su puesto para espantar a unos perros que se acercaban a la carne. Eran dos. Parecían galgos, pero escondían algo extraño, un andar más decidido, más pesado. Uno de ellos tenía una llaga espantosa en una pata, cerca de la cola. El hombre lanzó unas patadas al aire y sacó un palo ardiente de las brasas. Los perros se alejaron, al fin. La mujer —la hija, la hermana— vociferó también desde la barra. «¡Fuera!», les gritó. «¡Cucha!». Pero yo sólo podía ver sus manos. Desde mi mesa, desde la distancia. Imaginarlas otra vez. Ajenas, dolorosas, injertadas. Unas manos equivocadas. Imaginé una araña pisoteada, revolviéndose en un rincón. El desorden de las patas amontonadas. Negras, brillantes. Unos gauchos ser reían en otra mesa. Se servían vino de una damajuana y charlaban animadamente. Uno de ellos se acariciaba a cada momento el facón, lo recorría con los dedos mientras alzaba la voz y soltaba sus carcajadas. El remate seguía, a lo lejos. El estanciero caminaba con lentitud. Lo acompañaba un séquito de gauchos, de peones, de curiosos, y cantaba los precios de salida, las pujas, con un micrófono de juguete. Cuando una oferta le parecía insuficiente —u ofensiva—, ladeaba la cabeza y lanzaba un silbido muy fuerte, amenazador.

Me concentré otra vez en la lectura. La guardo, decía el joven Borges, como un pretexto o como una promesa. Es una coma, nada más, pero anticipa algo, la posibilidad de un texto mayor, que corre hacia delante, o… (aquí se pierden algunas letras) hacia atrás, como un lastre. Es una coyuntura, tal vez, una pausa necesaria, la advertencia de que… (Letras borrosas). Una marca, en cualquier caso. Creo que me asusta un poco destruirla, negar esa… (letras borrosas) posibilidad. La guardo en el bolsillo como un grato y audaz remordimiento.

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Javier Ramponelli
Javier Ramponelli
11 meses hace

He conocido a uno de esos galgos no así al tal Marc. Todo un estupendo texto borgeano. Hay que tener el estilo de ese parrillero para citar la noche hablando de la oscuridad. Y Marc lo tiene.

Marc
Marc
11 meses hace
Responder a  Javier Ramponelli

Gracias, Javier!!!