Que el ser humano debería actuar como la conciencia de la Tierra es el eje sobre el que gira buena parte del pensamiento de Élisée Reclus (Sainte-Foy-la-Grande, Francia, 1830 – Thourout, Bélgica, 1905). Geógrafo, viajero incansable, activista que participó en la Comuna de París, anarquista, colaborador de Bakunin y amigo de Kropotkin, Reclus fue un pionero en la defensa de la emancipación de la mujer y de los derechos de los animales. Criticó el capitalismo, vinculando sus críticas al ecologismo, que era, en buena medida su refugio moral, donde sentía que no podía estar equivocándose, pues había una ruta hacia el optimismo gracias al contacto con la naturaleza. A ese ciclo pertenece este libro, Historia de una montaña, en el que el autor elabora lo que podría llamarse literatura de paisaje. Pero un paisaje no es un lugar para una estampa, no es un lugar tieso. Un paisaje es un lugar vivo, como demuestra que al caminar por él no cesen de salirnos al paso detalles de evolución vital: «la intimidad de la roca, el insecto y la brizna de hierba» son las últimas palabras de esta obra, que responden al mismo tono lírico con que está trenzada por completo.
El lirismo de Reclus obedece a un proyecto de humildad. Uno no pasea por la montaña siendo protagonista de su paseo, sino que todo el protagonismo lo cede al paraje. En buena medida, concibe la naturaleza como el mejor antidepresivo. Así, los paseos están repletos de momentos vivos, de vapor, niebla, sol, sombra, nieves, glaciares, esplendor, sueños y recuerdos, aunque a los recuerdos recurra muy de vez en cuando. Lo prioritario es el presente, generar las buenas sensaciones, que son las buenas imágenes, que generarán los mejores recuerdos cuando ya no estemos allí. La montaña que recorre no es un lugar habitable, allí donde uno desearía fundar un hogar, sino un paisaje donde encontrarse bien, un lugar salubre. Para ello se vale de la geografía, la geología, la etología y cualquier ciencia vinculada a la naturaleza, aunque su uso es muy divulgativo, nada categórico y siempre basado en la experiencia. Y eso incluye, de vez en cuando, a las leyendas, los mitos y la religión. Una vez separada la montaña del hombre, queda plantearse cómo vivirla: «Para la mente que contempla la montaña a lo largo de los siglos, esta se presenta tan flotante y tan incierta como la ola del mar azotada por la tormenta: es una marea, un vapor; cuando haya desaparecido, no será más que un sueño».
Estamos en una época sin cámaras fotográficas, de modo que los registros podrán llegar a través de la pintura o de la literatura. Es una época en la que no tanta gente camina por las montañas, aunque Reclus ya denuncia a los alpinistas por su ambición y la suciedad que esta produce en montañas y valles. Reclus sabe que es una suerte poder dar testimonio, y así opera, centrando cada capítulo en uno de los hechos naturales que se encuentra ahí arriba: los bosques, los animales, el glaciar, las nieves, la tormenta, los espíritus, etc. Reclus nos habla sabiendo que hay un tiempo geológico, que es casi eterno, y un tiempo humano, que es el que contempla las variaciones que se producen en el paisaje, que es el tiempo de las estaciones. Se muestra como un observador sensible, dándonos una lección de cómo deberíamos mostrar respeto cuando salgamos ahí, afuera, a la vez que convenciéndonos para que en lo tocante a la naturaleza seamos conservadores. Es más realista que impresionista, a pesar del enfoque de oda que tiene la obra. Le gustaría que la belleza estuviera contenida en lo que se detiene a escribir, para lo cual recurre a un estilo sencillo, inocente, que nos impulsa a recordar que vivir libre, morir libre, son síntomas de un acertado desarrollo moral.
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Autor: Élisée Reclus. Título: Historia de una montaña. Traducción: Marcos Nava García. Editorial: Errata Naturae. Venta: Todos tus libros.


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