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La creación del mundo según Carmen Boullosa

La creación del mundo según Carmen Boullosa

Carmen Boullosa.

Esta semana la escritora Carmen Boullosa (1954) publica en México su nueva novela, El libro de Eva (Alfaguara). Se trata de una propuesta radical, como acostumbra Boullosa, donde da la vuelta a uno de los mitos fundacionales del mundo: el libro del Génesis. La cuestión es que Boullosa se mete en la piel de Eva para narrar una versión “apócrifa” de la creación, donde ni ella ha sido creada a partir de la costilla de Adán, ni es exacto que fuera expulsada por la manzana y la serpiente, ni la historia de Abel y Caín es la que cuentan, ni la del Diluvio ni la de la Torre de Babel… A través de diez libros y una serie de casi cien pasajes, Carmen envuelve al lector con su brillante imaginación y lo sumerge en un relato donde se construye de nuevo el mundo a partir de la mirada femenina, explorando los cimientos de la civilización para exponerlos desde esa otra perspectiva, dejando al descubierto prejuicios, complejos, insensateces y violencias que han servido para fomentar el desplazamiento e incluso la negación de una forma de ver y entender la vida. Boullosa, quien el año pasado obtuvo el Premio Casa de América de Poesía Americana por su libro La aguja en el pajar (Visor), salta de nuevo a la narrativa, donde ha dado sobradas muestras de talento, y suma una de sus obras más ambiciosas a una bibliografía de poco más de medio centenar de libros donde lo mismo hay ensayo, dramaturgia, cuentos para niños e invención varia, un rasgo que la confirma como una de las escritoras más ambiciosas de la literatura actual escrita en español. Me quito el sombrero.

POLÍTICA BIBLIOTECARIA EN MÉXICO

"Arriaga acierta al demandar un colectivo que reconozca la importancia de los libros y, con base en él, empezar a construir la biblioteca que se necesita"

Las bibliotecas son minas de sabiduría en estado puro y descuidarlas es fomentar la ignorancia. Esto, por desgracia, es lo que les está pasando a las más de 7400 bibliotecas que forman parte de la red nacional mexicana. Porque a las actuales máximas autoridades gubernamentales les preocupa tanto la austeridad para ahorrar unos míseros pesos y destinarlos a la pedante economía, que no ven el daño que provocan con su desidia en un instrumento que podría paliar la imposibilidad de millones de personas quienes, sumidas en la pobreza, no pueden permitirse comprar libros cuando tienen otras necesidades más urgentes, como comer, que solucionar. Pero tan importante es una cosa como la otra, al punto de que incluso el propio titular de la Dirección General de Bibliotecas, Marx Arriaga, ha lamentado el abandono de la red nacional de bibliotecas públicas y el hecho de que estén en el “escalón más bajo de los presupuestos destinados a la cultura y a la educación en este país”, como dijo hace poco en una intervención, que calificó como “manifiesto”, a propósito del Día Nacional del Bibliotecario. Cómo de mal estará el asunto, que en un entorno donde ningún funcionario público se queja apenas para no ser tachado de “conservador” o “neoliberal” o “agente del pasado”, el señor Arriaga se despachó a gusto afirmando que estaba molesto “porque año tras año vemos desfilar millones de pesos en intervenciones culturales absurdas, sin que alguna migaja sea cedida a nuestros espacios. Estamos hartos de ver la fragilidad de nuestra condición, de ser tratados peor que un mueble, de ser tratados como algo desechable o, peor aún, como seres invisibles”. Aunque se le vaya la mano cuando señala que las bibliotecas son “trincheras revolucionarias” y que un bibliotecario público mexicano asume con nobleza “el enseñar con el ejemplo a los hombres y las mujeres con escasas nociones morales cómo deben ser humanos y clementes, caritativos con el huérfano y con el desvalido, fieles a la amistad, gratos a los favores recibidos, enemigos de la holgazanería y el vicio, conformes con los cambios de fortuna, amantes de la libertad, tolerantes, justos y prudentes siempre”, como establece en el punto 10 de su “manifiesto”, Arriaga acierta al demandar “un colectivo que reconozca la importancia de los libros y, con base en él, empezar a construir la biblioteca que se necesita”. Como declaró Pablo Mora Pérez-Tejada, director de la Biblioteca Nacional, la Hemeroteca Nacional y del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, a propósito de la perorata de Arriaga, el mensaje debería calar en los distintos gobiernos estatales, municipales y alcaldías, para conformar y consolidar una red que tenga un impacto serio en la lectura. Y todo lo demás, es pura demagogia.

GANDHI BOUTIQUE

"La noticia de que el local de la librería Gandhi cerrará sus puertas definitivamente me ha tocado la fibra nostálgica de aquellos tiempos en que solo existía ese local, al que bautizamos un grupo de fervientes lectores como Gandhi Boutique por la exquisitez de su oferta editorial, nacional y extranjera"

Era un templo de los libros, el lugar donde refulgían las novedades más exquisitas del panorama literario mundial. Uno entraba por la puerta y del asombro de ver mesas y mesas repletas de ejemplares, paredes tapizadas de estanterías y miles de volúmenes al alcance de la mano, pasaba al deleite de elegir títulos, leer sus contraportadas y decidir, entre la curiosidad y la emoción de un hallazgo, llevarse alguno. A veces, el ejemplar se pegaba al cuerpo de forma extraña y, como por arte de magia, se hacía invisible y le acompañaba a uno a casa. A mí esto me ocurrió decenas de veces. Puedo jurarlo. Por eso la noticia de que el local de la librería Gandhi, ubicado en el número 134 de la avenida Miguel Ángel de Quevedo en la Ciudad de México, cerrará sus puertas definitivamente para albergar, previa transformación del espacio que abrió sus puertas en 1971 como librería, las nuevas oficinas del consorcio que regenta esta cadena que cuenta ahora con 44 sucursales, me ha tocado la fibra nostálgica de aquellos tiempos en que solo existía ese local, al que bautizamos un grupo de fervientes lectores como Gandhi Boutique por la exquisitez de su oferta editorial, nacional y extranjera. Ahí se quedarán, sin embargo, los fantasmas de esos adolescentes a los que les temblaban las manos con los ejemplares de la poesía completa de Rimbaud, Borges, Paz, Whitman, Vallejo, Novalis, Blake o Baudelaire, del Ulises de Joyce en traducción de José María Valverde, de Los sonámbulos de Broch, de El hombre sin atributos de Musil, de la sucesión autobiográfica de Thomas Bernhard (El origenEl sótanoEl alientoEl fríoUn niño), y el descubrimiento de unos autores llamados Milan Kundera, Marguerite Duras, Phillippe Sollers, Peter Handke, Charles Boukowski, Emil Cioran, Elias Canetti, Guy Debord, Alain Finkielkraut, Pascal Bruckner, Thomas Pynchon, Kenizé Mourad, Enrique Vila-Matas, Sergio Pitol, Antonio Tabucchi, Javier Marías, Adelaida García Morales, Félix de Azúa, Jean Baudrillard, M. Agueév, Yukio Mishima… Qué tiempos aquellos.

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