Inicio > Firmas > Textos de autor > La envidia nunca es sana

La envidia nunca es sana

La envidia nunca es sana

Creo que lo que de verdad separa la admiración de la envidia no es la persona admirada —o envidiada—, sino la fragilidad de quien profesa una u otra. Ninguna en el primer caso; toda en el segundo. O al menos así lo siento yo, que practico ambas con una constancia que ya quisiera para otros menesteres. Una me procura gozo; la otra, un pesar sordo y persistente. Y no siempre es fácil distinguir cuándo una se transmuta en la otra, porque el tránsito es silencioso y traicionero.

Admirar supone reconocer en el otro virtudes, talentos y valores que en tu propio caso te son esquivos. No es una constatación indolora, pero sí fértil. Hay en la admiración una capacidad de observación que, con suerte, puede derivar en aprendizaje. Uno sabe —o debería saber— que jamás alcanzará determinadas cotas, pero se permite creer que algo podrá replicar, aunque sea malamente, por pura cercanía, por ósmosis, por haber mirado con atención. El que admira no busca divinizar al admirado; busca aprehender. Que aquello que ve en otro funcione como acicate, como estímulo, como recordatorio de que el oficio aún puede hacerse mejor.

"La envidia, cuando aparece, es un puto coñazo. No te muestra el genio ajeno, sino que alzaprima todo lo malo de tus propios vicios"

Yo he querido escribir, reportajear, analizar y ejercer este trabajo con la maestría de una legión de compañeros. No lo he logrado. Ni de lejos. Y no pasa nada por decirlo. El problema surge cuando esa distancia entre lo que uno ambiciona y lo que uno es deja de ser un dato y se convierte en una herida. Quizá por eso —solo quizá— la admiración ha mutado en ocasiones en envidia. No en esa envidia folclórica, de chascarrillo, sino en la otra: la que no funciona como pistón sino como freno.

Porque la envidia, cuando aparece, es un puto coñazo. No te muestra el genio ajeno, sino que alzaprima todo lo malo de tus propios vicios. Es un espejo deformante que no amplifica el talento del otro, sino la pequeñez de uno mismo. En vez de señalar virtudes, excava en la vileza que acompaña a esa comparación constante y estéril. La envidia no te empuja a escribir mejor; te paraliza. No te obliga a afinar la mirada; la enturbia. Y lo peor es que suele venir disfrazada de exigencia, de autoevaluación severa, como si tuviera algo de noble.

Algunos de mis cuates de oficio han sido objeto casi simultáneo de ambos sentimientos, y eso solo obedece a que, a ratos, la cabeza se te encabrita. En vez de gozar de la fortuna de leerlos —que ya es bastante—, uno se fustiga con la certeza de que nunca logrará siquiera arañar un poco de ese talento. Lees una crónica impecable, una columna precisa, un reportaje que respira verdad, y en lugar de pensar “qué bien escrito está esto”, piensas “yo nunca escribiré así”. Y ahí empieza el descenso.

"Escribir es exponerse constantemente a la comparación. Publicas sabiendo que al día siguiente aparecerá alguien que lo hará mejor. Y al otro día, otro"

El oficio tiene parte de culpa. Escribir es exponerse constantemente a la comparación. Publicas sabiendo que al día siguiente aparecerá alguien que lo hará mejor. Y al otro día, otro. Es un territorio donde el prodigio no es una excepción, sino una rutina incómoda. Uno camina rodeado de gente brillante, ingeniosa, certera, y debe aprender a convivir con eso sin convertirse en un resentido profesional. No siempre se consigue.

Con los años —pocos o muchos, da igual— uno comprende que la admiración es un ejercicio de higiene mental. Te coloca en tu sitio sin humillarte. Te recuerda que en este oficio no se trata de ganar nada, sino de hacerlo lo mejor posible con las herramientas que tienes. La envidia, en cambio, es un sabotaje íntimo, un seppuku sin honor ni dignidad. No mejora el texto ni afila el criterio; solo te derrota antes siquiera de teclear.

Son cosas que ocurren cuando uno deambula por un oficio donde lo que prima es el prodigio de escribir y donde el ego, si no se vigila, acaba ocupándolo todo. Admirar es aceptar que hay gente mejor que tú y celebrarlo. Envidiar es saberlo y no soportarlo. Entre una cosa y otra se nos va buena parte de la vida profesional. Conviene elegir bien y aplicar lo que me enseñó mi padre: “En la vida habrá en lo que seas decenas de miles mejores que tú. Se trata de que te esmeres en reducir la cifra”. Pues eso, intentar ser mejor en lo tuyo. Como ellos, no contra ellos.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios