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La gran escapada

Que alguien que heredó de sus mayores el amor a la libertad, pero aún seguía buscándola por entonces en aquella chata, gris, acallada y sojuzgada España de la posguerra, la encuentre de pronto en el Tour de Francia es cuando menos una curiosa pirueta del destino. Hablo, sí, de la famosa prueba ciclista, la cita por antonomasia de ese bravo deporte con el que, por variopintas circunstancias, se topó de frente el joven periodista asturiano Paco Ignacio Taibo. Nada más lejos de sus planes vitales y profesionales, imagino, si tenemos en cuenta que nuestro protagonista no sólo no era aficionado al deporte, sino que hasta incluso podía considerarlo él también en aquella época como el auténtico “opio del pueblo”, la famosa frase con la que Marx sentenció la religión, y que la intelectualidad más activa contra el franquismo aplicó de inmediato a ese afán de aprovecharse en favor del Régimen de los éxitos de cualquier ídolo de masas que en nuestro país despuntara, por exclusivos méritos propios, en algún menester.

Y no hablamos sólo de fútbol y del famoso gol a la Unión Soviética de Marcelino, convertido durante años en hito y enseña de gloria nacional, porque existieron también Blume, Nieto, Haro, Fernández Ochoa, Carrasco, Legrá, y algunos otros, de los cuales yo mismo, adolescente contaminado por la épica patria, era acérrimo adorador. Y entre todos ellos, por supuesto, y tan sólo unos años antes, el trío de ases del ciclismo nacional: Poblet, Loroño y Federico Martín Bahamontes, el llamado águila de Toledo, por si hacía falta añadirle al cóctel un mayor condimento imperial.

“Y de pronto mi padre enloqueció. Se ofrece voluntario en el periódico para seguir como enviado la Vuelta Ciclista a España, y se presenta a los pocos días en Bilbao, la víspera de comenzar la carrera”.

Así cuenta el comienzo de esta entretenida, entrañable y testimonial historia su hijo, Paco Ignacio Taibo II. Un auténtico homenaje a su padre, redactor de un periódico local, condenado a escribir crónicas de sucesos e historias de baches y farolas rotas, y que se plantea de pronto, con peregrina y sabia intuición, una vía de escape hacia el aire libre y ajeno. Todo ello sin tener ni idea de ciclismo, pero pensando que un literato en potencia puede entresacar, aflorar y escribir de y desde cualquier situación. Y así lo hizo desde el principio, y con mayor valor si cabe, al comprobar muy pronto que acababa de caer en un mundo, el del periodismo deportivo, “donde hasta el que menos sabía tenía un saber enciclopédico”. Y así, poco a poco, etapa a etapa, y sin entrar nunca a competir con sus colegas en conocimientos técnicos, va forjando un estilo propio, un enfoque distinto también, donde la hazaña no sólo tiene nombre de ídolos, sino también de anécdotas, sucedidos, esfuerzos y derrotas que convierten a quienes los viven o padecen en auténticos héroes del silencio, a los que Paco Ignacio da voz, mientras alumbra al tiempo, entre líneas, un genial tejido de metáforas que, tomando como coartada el rico lenguaje del ciclismo, y sorteando así la vigilancia de los censores, habla y lanza mensajes a la vez sobre lo que está sucediendo en la sociedad y en el poder absoluto de la época.

Voz por fin a los perdedores, puesta en lenguaje exquisito por aquel “hijo de rojos” que acaba afianzándose en la tarea y contagiándose muy pronto de amor y pasión por el ciclismo.

“Esos héroes de la carretera que apretaban los dientes sobre una toalla y lloraban de dolor y de furia para el día siguiente volver a colocarse sobre el sillín duro de cuero o plástico, desde el cual comían, orinaban, gritaban, reían…”

Un oficio de periodista deportivo que va curtiéndose de Vuelta en Vuelta, y de prueba en prueba ciclista, recorriendo el mapa de España y de su Asturias natal, hasta alcanzar un día la meta más impensable, la más deseada también: el Tour de Francia de 1957. La Gran Escapada.

“Porque Paco Ignacio Taibo había logrado su destino secreto, su histórica y oculta maniobra: salir de España. El París al que iba era el de Jean Paul Sartre y La Marsellesa, el de Honoré de Balzac y La Internacional, el de la librería de Ruedo Ibérico y las películas sin censura”.

Y así etapa a etapa, durante tres semanas hasta llegar al París de la Torre Eiffel, los márgenes del Sena, las gárgolas de Notre Dame y los barrios por donde transcurrieron en otros tiempos las novelas de Víctor Hugo y Émile Zola.

La libertad y la bicicleta unidas ahora como dos ruedas, como dos pedales, como dos puños cerrados atados al manillar, y capaces por unos días de cambiar y transformar los caminos de una España que seguía avanzando a piñón fijo, por aquellas rutas de una Francia plural y abierta donde cabían todas las velocidades del saber, la opinión, la controversia y la celebración de las ideas. El libre albedrío. Tres semanas en las que:

…“mi padre descubrió que no había encontrado la libertad, ni mucho menos, pero que un soplo de ella se había depositado en algún lugar incierto entre el ojo izquierdo y la nunca… Y que, de paso, había descubierto la bicicleta, ese absurdo instrumento de transporte que unos tipos llamados ciclistas convertían en una máquina voladora”.

Una gran escapada.

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Autor: Paco Ignacio Taibo II. Título: La Libertad, la Bicicleta. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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