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La historia no existe, pero es necesaria

La historia no existe, pero es necesaria

Al menos desde que el término fuera acuñado por Heródoto, la Historia, con hache mayúscula, ha sido el arma más eficaz para la dominación de los pueblos, igual a los vencedores que a los vencidos. Al leer la definición en el Diccionario de la Real Academia, no parece una actividad especialmente peligrosa: «disciplina que estudia y narra cronológicamente los acontecimientos pasados». ¿Qué es, entonces, lo que la hace tan perniciosa? Esta breve y (muy) entretenida obra de Alfonso Mateo-Sagasta parece tener la respuesta.

El argumento es sencillo, casi gracioso: un profesor se halla respondiendo a las preguntas del jurado que lo examina para la plaza de catedrático de Historia de universidad. Cuando comenzamos la lectura, ya la oposición lleva un rato y el jurado está evidentemente contrariado por las respuestas. «El opositor sabía que el examen no iba bien»; así comienza el libro y, este inicio in medias res, propicia que el narrador ubique su punto de vista donde el lector pueda observar las reacciones del jurado y del público que asiste, cada vez más numeroso, a la sorprendente —o suicida— defensa. Aunque «la regla número uno de toda oposición es no discutir con los miembros del tribunal, aceptar su opinión y admitir la posible imperfección de la propia», el opositor poco a poco va afianzando una teoría que contradice todo lo que se espera de alguien que aspira a formar a los futuros investigadores del pasado. Su planteamiento, no por simple, deja de impresionar (o enloquecer) al jurado: la historia, sencillamente, no existe. Y ese ha sido el gran problema para su comprensión.

"La Historia no es un objeto tangible, no es una entidad estable y preexistente, sino que se forma con las decisiones que toma el historiador en la construcción de su relato."

Niega la existencia de la historia, sí, pero no del pasado: «el pasado comprende todo lo que ha sucedido, resulta inabarcable e incomprensible. De él guardamos un enorme caudal de datos y más de secretos. El pasado existió, ya lo creo. Lo que niego es la Historia, que es la interpretación de esos datos, el relato oficial en forma de perfecta cadena de causas y efectos que hacen que veamos el pasado como un cuento». Y he aquí una de las claves de este emocionante relato, que es noveleta, diálogo filosófico y obra de teatro al mismo tiempo. (Sin duda, este texto de Mateo-Sagasta poseería las cualidades suficientes para ser representado con la misma eficacia, e hilarantes resultados, de Proceso por la sombra de un burro, de Friedrich Dürrenmatt o La lección, de Eugène Ionesco).

El concepto fundamental que vertebra la Historia, declara el opositor, es el de narrar. Aceptarlo pasa por admitir la manera como se han dispuesto los materiales y el orden con que se han contado los acontecimientos. Tiene menos que ver con la verdad que con la verosimilitud; y para que persuada al que escucha, el que narra debe saber cómo hacerlo. «La Historia no es un objeto tangible, no es una entidad estable y preexistente, sino que se forma con las decisiones que toma el historiador en la construcción de su relato», dice ante los desorbitados ojos del jurado examinador, que no da crédito a la seguridad con que desecha años de «rigor» historiográfico. Pues lo que viene a decir es que la Historia es un cuento, una idea que «no solo está en los libros» sino que es materia que impregna a la sociedad; este planteamiento, por cierto, no está muy alejado del expuesto por el gran historiógrafo Arnold Toynbee, que sabía que a la historiografía no le iba a quedar otra salida sino la literatura: «con el tiempo, resultará manifiestamente imposible emplear cualquier técnica que no sea la de la ficción». Pero el opositor es piadoso y deja una rendija de esperanza: «que la Historia no exista no quiere decir que no sea necesaria». Sí; tan necesaria como los mitos y las leyendas.

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AutorAlfonso Mateo-Sagasta. Título: La Oposición. Editorial: Reino de Cordelia. Edición: Papel