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Sobre la imposibilidad de reescribir

Sobre la imposibilidad de reescribir

El extravío más casual de un esbozo manuscrito supone para un escritor una pérdida irreparable, en el sentido más hondo y más trágico en que puede perderse algo; es decir, supone una renuncia y un olvido. Hay cierta magia en la inspiración involuntaria, prolífica y fugaz, que asalta, por ejemplo, de vuelta a casa esquivando charcos que espejan el barrio dormido. La composición es, entonces, atropellada y caótica, como un géiser de perlas perfectas pero huidizas, que se suceden y superponen, y resbalan de vuelta al mar cuando uno trata de asirlas apenas emergidas. Combinaciones de palabras tan satisfactorias como efímeras, idas en su mayoría para siempre, imposibles de reproducir luego en el momento de la escritura, por mucho que el escritor se postre ante la hoja en blanco. Con suerte, algunas pocas permanecen en la memoria y, si son fecundas, sirven de columna vertebral para que el escritor haga de ellas un texto más trabajado.

"El fatal olvido de una libreta en el banco puede significar una muerte prematura, un aborto de la idea en desarrollo que no podrá terminar de escribirse nunca más"

Pero si a mitad del proceso ocurre el fatal olvido de una libreta en el banco de una plaza o la traición de un computador que se apaga sin guardar los progresos de toda una noche, o cualquier otra tragedia equivalente, eso significa casi con total seguridad, una muerte prematura, un aborto de la idea en desarrollo que no podrá terminar de escribirse nunca más.

Si el escritor tenía entre manos el principio de una historia de ficción, en vano como aquel amanecido que acabado de despertar se esfuerza para retornar a un sueño difuso forzando las sensaciones que ese sueño le dejó, se sentará frente a la hoja intentando atraer y asir al esquivo fantasma de ese concepto que había tenido tan claro al escribirlo por primera vez. Es posible que la idea de fondo siga allí, tan propia de la naturaleza humana y por lo mismo tan genérica y eterna como siempre, pero habrá olvidado tal vez los rasgos concretos con los que pretendía apropiársela para su obra. No le será posible retratar de nuevo a esa mujer imaginaria ahora sin rostro, ni nombre, ni voz, ni cuerpo, que había creado en aquel momento para que fuera sin duda el amor de la vida de su personaje y de la que sólo habrá de recordar una noción latente e inexpresable y la convicción de no tenerla más. Deberá lidiar entonces con un significado vestigial de un significante desvanecido, idóneo para angustiar al portador, mas no ¡ay! para convertirse en obra literaria.

"Y allí, en el instante en que el escritor enajena sus sentimientos y ocurrencias con la ingenuidad de creer que siempre serán suyos, reside el germen de lo irremediable de la eventual pérdida futura"

O, aún peor, si se trataba de tomar en préstamo el argumento de un episodio de su experiencia verídica como excusa para expresar el fruto de una sensibilidad pasajera, encontrará que en su memoria ha sobrevivido sólo un acervo de meros datos reales. Significantes sin significado. Visiones de una boca, unos ojos y un cuerpo que no son ya esa mujer compañera; o de un camino y un cielo y una ciudad que no son ya el escenario de un amor… o de una mujer y un escenario que no podrán llegar a ser, por sí solos, la historia que había empezado a contar. Incluso el relato de un incidente autobiográfico, si pretende más que hacer constar una simple anécdota, está hecho menos de los sucesos objetivos que se narran que de los sentimientos de los que disfruta o padece en el momento en que escribe, y esa materia prima tan volátil no puede emularse de nuevo. Es que escribir es también descargar en una hoja el sentimiento que anima la pluma; es desahogarse de ese sentimiento en cada trazo o en cada golpe de tecla, es liberarse de su yugo procurando subyugarlo a su vez, en un soporte físico. Y allí, en el instante en que el escritor enajena sus sentimientos y ocurrencias con la ingenuidad de creer que siempre serán suyos, reside el germen de lo irremediable de la eventual pérdida futura.

"Toda reescritura es un imposible cuando el escritor no escribe coreografías tan ensayadas que puedan repetirse"

Lo que el escritor expresa deja de pertenecerle en el mismo acto de la escritura que es su razón de ser, y no sólo por aquel lugar común de que a partir de ese momento un tercero (el lector real o hipotético) entre a disputarle la potestad interpretativa de su texto, sino principalmente por el hecho brutal de que las palabras, con sólo brincar al papel, se escinden del corazón de quien las escribe. El texto deja de ser del escritor, o es el escritor el que se vuelve otro.

En todo caso, empezar de nuevo sin tener las perlas equivale, entonces, a intentar plagiar a otro sin tener ya la fuente. Y no importa que antes haya sido ese otro, porque ya no lo es más. Toda reescritura es un imposible cuando el escritor no escribe coreografías tan ensayadas que puedan repetirse, idénticas, una y otra vez, sino puñaladas sobre el papel. Puñaladas como espasmos.

La brevedad de esta puñalada que hoy escribo sirve para un homenaje:

Alejandro Dumas, ese escritor genial, cobraba a tanto por línea. De la extensión de sus historias dependía su sustento, y era capaz de llenar tres páginas, a riesgo de exagerar, mediante la simple técnica de atiborrar adjetivos alrededor de la descripción del terso, delicado, suave, claro, menudo, blando, fino, tierno, sano, tibio, muelle, elegante, dulce, limpio, níveo, blanco, sutil, primoroso y curvado talón de la doncella más hermosa de la fiesta… Yo, en su época y a tanto por línea, tal vez me hubiera visto en apuros para llenar el plato de comida con mi anhelo de escritor de puñaladas y de perlas.

"Es seguro que cualquier otro escritor que no fuese Dumas, tras la pérdida del teléfono celular donde hubiera plasmado las sensaciones todavía tibias de una historia de amor de verano, no podría emprender ya la versión definitiva de su aventura"

Pero Dumas era un artesano y dominó la técnica de una manera tan perfecta que podía escribir eternas coreografías que lograban tener en vilo al público lector, quizás sin enajenar un ápice de sentimiento propio. Si en esto me equivoco y el talón terso, o «los grandes ojos azules lánguidos», o «los labios rosados y las manos de alabastro» de alguna Milady de la vida real se contaban entre las cosas más preciadas a su corazón, tal vez haya habido algún manuscrito cuya pérdida inoportuna pudo habernos privado de conocer, en nuestra juventud temprana, otra de sus grandes historias de aventuras.

Sea como fuere, es seguro que cualquier otro escritor que no fuese Dumas, tras la pérdida del teléfono celular donde hubiera plasmado, para aprovecharlas después, las sensaciones todavía tibias de una historia de amor de verano, no podría emprender ya la versión definitiva de su aventura. No reescribiría la historia; si no acaso, y tal vez sea mejor así, un descargo… sobre la imposibilidad de reescribir.

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