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La indiferencia

La indiferencia

La indiferencia es peligrosa. Puede convertirte en una persona cínica y falsamente fría y frívola, o en un ser apático con tendencia a la depresión. Y con esto me refiero a un tipo de indiferencia gruesa y general por la vida, no a la inteligente posición de no perder un minuto con gente abiertamente inútil, pusilánime o estúpida.

Debo confesar que la indiferencia ha comenzado a carcomer mis bordes, colándose por no sé dónde hacia mi cerebro. Todo comenzó en la época navideña, propiciado tal vez por unos asuntos personales que requirieron gran parte de mi tiempo, pero había algo más: las redes sociales hablaban de libros, de regalos para Reyes y «Santa Claus», que por cierto podría ser muchas cosas, pero no me constaba como santo. Personalmente ni siquiera me apetecía hacer campaña por mi última novela ni por las anteriores, quizás porque siempre he pensado que lo que tenía que decir ya estaba en mis libros. En las redes había campañas positivas de la competencia, como es lógico, pero también negativas: «¿Quiere saber cuáles son los cinco peores libros de este año?». «¿Qué diez libros famosos fueron incapaces de terminar de leer? Participe en nuestra encuesta». Ostrás, pensé. Como si no llegase con las reseñas negativas de Goodreads, Amazon y blogs y con las de los compañeros de gremio que añaden críticas tras bambalinas, ahora los reportajes navideños sumaban un empujoncito. Que no crean que sufrí por ello, porque ya he dicho que la indiferencia me había abrazado sin permiso y porque no me tocó caer en esas críticas negativas, pero pensé que los periodistas y blogueros que habían tenido aquella gloriosa idea eran un poco cabroncetes.

"¿Sería mejor dejarlo todo en manos de la IA, que al menos construía las frases tal y como mandaba la RAE?"

Tampoco este año salió ninguna novela mía seleccionada entre las mejores del año en Babelia: lo sé porque me pasaron la lista, pero repasarla entera se me hacía pesado, porque los nombres eran los de siempre. Es bonito destacar, y creo que algún autor y autora lo merecía, pero el bostezo reinaba en mí y fui incapaz de leer todo aquello.

En las redes y prensa también se hablaba de los premios literarios. Que si estaban amañados, que si éste y aquél vendían o no, que si las estadísticas de GFK eran reales o indiciarias nada más… De nuevo, la tibieza. Ni frío ni calor. Todo era un juego repetido en el que la falta de información y conocimiento promocionaba la proliferación de mentes blandas que no llegaban al fondo de cada uno de los asuntos importantes.

No faltaba, tampoco, el debate sobre los libros literarios y los comerciales, los que valían la pena y los que no. ¿Sería mejor dejarlo todo en manos de la IA, que al menos construía las frases tal y como mandaba la RAE? Oraciones perfectas, aunque careciesen de la musicalidad, carisma y densidad propias del mundo real.

"La semana pasada observé a una mujer sentada en un café. Cabello largo y oscuro, mirada fija, perdida y llena de dureza"

Tratándose de época navideña, crecieron también las opiniones tipo cuñado/a, que por lo general disponen de una argumentación contundente e inspirada en razonamientos de terceros. En este sentido, las adaptaciones audiovisuales de trabajos literarios recibieron toda clase de opiniones, y reconozco que, aún imperturbable, alcé una ceja al leer críticas feroces contra la adaptación de La asistenta, cuando el libro «era una maravilla». ¿Qué quieren que les diga…? A mí el libro me pareció entretenido, sin alardes narrativos, estilísticos ni de lenguaje, pero entretenido. El argumento era un poco Deus ex machina y en alguna parte no es que fuera improbable, sino imposible, pero qué diablos… Aquí hemos venido a divertirnos. Di que sí, Freida McFadden… Deseo de verdad que disfrute de su éxito.

Entre tanto, y desde una sombra discreta y deliberadamente buscada, me complace saber que aún dispongo de humanidad e interés por las cosas: cada mensaje recibido de un lector emocionado es un regalo, y todo lo que se desliza y desparrama desde los caminos de lo previsible hacia lo inesperado llama mi atención.

La semana pasada observé a una mujer sentada en un café. Cabello largo y oscuro, mirada fija, perdida y llena de dureza. Me hizo sentir curiosidad inmediata por saber cuál sería su historia y qué pensamientos serían los que atravesaban su semblante. El estupor me sobrecogió cuando tras medio segundo me di cuenta de que era yo misma frente a un espejo, y me alivió saber que no me había convertido en alguien impasible y perdido, porque en mi cabeza se dibujaban nuevas historias que quemaban la indiferencia.

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