La indiferencia es peligrosa. Puede convertirte en una persona cínica y falsamente fría y frívola, o en un ser apático con tendencia a la depresión. Y con esto me refiero a un tipo de indiferencia gruesa y general por la vida, no a la inteligente posición de no perder un minuto con gente abiertamente inútil, pusilánime o estúpida.
Tampoco este año salió ninguna novela mía seleccionada entre las mejores del año en Babelia: lo sé porque me pasaron la lista, pero repasarla entera se me hacía pesado, porque los nombres eran los de siempre. Es bonito destacar, y creo que algún autor y autora lo merecía, pero el bostezo reinaba en mí y fui incapaz de leer todo aquello.
En las redes y prensa también se hablaba de los premios literarios. Que si estaban amañados, que si éste y aquél vendían o no, que si las estadísticas de GFK eran reales o indiciarias nada más… De nuevo, la tibieza. Ni frío ni calor. Todo era un juego repetido en el que la falta de información y conocimiento promocionaba la proliferación de mentes blandas que no llegaban al fondo de cada uno de los asuntos importantes.
No faltaba, tampoco, el debate sobre los libros literarios y los comerciales, los que valían la pena y los que no. ¿Sería mejor dejarlo todo en manos de la IA, que al menos construía las frases tal y como mandaba la RAE? Oraciones perfectas, aunque careciesen de la musicalidad, carisma y densidad propias del mundo real.
Tratándose de época navideña, crecieron también las opiniones tipo cuñado/a, que por lo general disponen de una argumentación contundente e inspirada en razonamientos de terceros. En este sentido, las adaptaciones audiovisuales de trabajos literarios recibieron toda clase de opiniones, y reconozco que, aún imperturbable, alcé una ceja al leer críticas feroces contra la adaptación de La asistenta, cuando el libro «era una maravilla». ¿Qué quieren que les diga…? A mí el libro me pareció entretenido, sin alardes narrativos, estilísticos ni de lenguaje, pero entretenido. El argumento era un poco Deus ex machina y en alguna parte no es que fuera improbable, sino imposible, pero qué diablos… Aquí hemos venido a divertirnos. Di que sí, Freida McFadden… Deseo de verdad que disfrute de su éxito.
Entre tanto, y desde una sombra discreta y deliberadamente buscada, me complace saber que aún dispongo de humanidad e interés por las cosas: cada mensaje recibido de un lector emocionado es un regalo, y todo lo que se desliza y desparrama desde los caminos de lo previsible hacia lo inesperado llama mi atención.
La semana pasada observé a una mujer sentada en un café. Cabello largo y oscuro, mirada fija, perdida y llena de dureza. Me hizo sentir curiosidad inmediata por saber cuál sería su historia y qué pensamientos serían los que atravesaban su semblante. El estupor me sobrecogió cuando tras medio segundo me di cuenta de que era yo misma frente a un espejo, y me alivió saber que no me había convertido en alguien impasible y perdido, porque en mi cabeza se dibujaban nuevas historias que quemaban la indiferencia.


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