En Punta Brava solo hay dos estaciones: la del trabajo y la de la falta de este. Allí se sobrevive así, del turismo y los ricos de La Capital que compran terrenos, construyen sus chalets, abren pizzerías y montan festivales; y de la caridad de los Heredia, algo agarrados con el dinero, pero siempre dispuestos a dar trabajo a la gente del pueblo en tiempos de necesidad.
Ahora, Lautaro vive del verano, como todos. Construye, reforma y arregla. Forma parte del grupo mayoritario de habitantes de Punta Brava junto a Federico, el cocainómano lector, con sus mejores y peores momentos; Víctor, el ecorrevolucionario mantenido que nunca saca un proyecto adelante; Sasa, su único verdadero amigo, el único al que confiar secretos; Sandra, Natalia, Benito… Todos los que se han acostumbrado al fluir de turistas.
Hay otro grupo, el de los dueños de todo, los que construyen su propio camino con su dinero, influencias o principios. Leandro Heredia, el «que nació asesinando a su madre, como decían las viejas del pueblo, […] una mala bestia criada entre peones, acostumbrado al cuero, la sangre, el grito y la imposición»; el viejo Heredia, cada día más perdido en su propia mente, incapaz de mantener a raya a su hijo; el vasco Mendizábal, propietario del supermercado del pueblo, custodio de secretos, artífice del destino de Punta Brava si así lo desea; el Gaucho Azul, recadero de los poderosos, un resto de otro tiempo en medio de flashes y veraneantes.
Y, cómo no, están los «otros», los que vinieron y se quedaron más allá del verano, como Esteban, ¿el actor?, que no le hace caso a nadie, que conduce su Mustang rojo descapotable sin molestar; o Paula Puig, la belleza de La Capital, pura elegancia que no cayó en las redes de Leandro Heredia, algo que este nunca le perdonará.
La combinación de estos tres grupos lleva a una tensión que nunca explota, que permanece en el aire y acosa a los habitantes de Punta Brava y al lector, que sigue de cerca cada señal de mal augurio. La novela está plagada de amenazas, yeguas pura sangre encabritadas, accidentes de tráfico, un Land Rover que nunca se sabe si se convertirá en una tumba, la lucha contra un turismo descontrolado, borracho y drogadicto.
Esa tensión provocada en el exterior está íntimamente ligada a una interior, una psicológica mostrada a través de Lautaro, quien, a pesar de negarse a sí mismo sus propias emociones y deseos, no puede evitar expresarlos. Su resignación, su desconsuelo, aparecen en los momentos menos esperados y de formas poco habituales. No hay envidia en su mirada cuando contempla a los «otros» pasearse en su Mustang rojo descapotable; ni hay miedo cuando ve los tentáculos del vasco Mendizábal extenderse por el pueblo. Para él, solo hay una moto que se ha convertido en condena y una Ford F 100 blanca que puede recordarle lo que era la libertad.
Nuestro consuelo sorprende a cada capítulo de una forma sutil, acostumbrando al lector a la violencia, a los momentos de íntima, pacífica o tortuosa soledad, a instantes cargados de emoción que despiertan empatía hacia los personajes más despreciables. Para mí, ha sido leer el otro punto de vista del dominguero que encuentra todo cerrado en Canto yo y la montaña baila; los rumores sobre los extraños de Majareta; los sueños de infancia de El fino arte de crear monstruos.
La novela de Rafael Coiro Font es un vistazo a las inseguridades de los más fieros; a los silencios de los que afirman que no tienen nada que decir; a los sueños de quienes tienen, pero no quieren; a las parejas que se odian y se reconcilian y no se aman y, aun así, tienen momentos de profundo cariño.
—————————————
Autor: Rafael Coiro Font. Título: Nuestro consuelo. Editorial: Comba. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: