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La literatura como terapia

La literatura como terapia

Cuatro obras recientes muy distintas entre sí: ¿novelas, memorias, ensayos, testimonios? ¿Ficción, no-ficción? ¡Qué más da! A menudo abusamos de las etiquetas, como si la clasificación, siempre convencional, fuera la clave. Digamos en principio que el nexo más evidente es la reciente aparición de todas ellas en el mercado editorial español, como traducciones o como obras originalmente escritas en castellano. Autores: dos hombres y dos mujeres. O, también, dos españoles y dos extranjeros. Concretemos, pues: Tinta invisible, de Javier Peña; El nombre del padre, de la francesa Vanessa Springora; El jardinero y la muerte, del búlgaro Gueorgui Gospodinov, y Otra versión de ti, de Inés Martín Rodrigo. Discernir el fondo común entre todas ellas no pretende ser un mero ejercicio retórico sino una propuesta para detectar algunas líneas esenciales de la narrativa actual e incluso una cata significativa en la sensibilidad de nuestra época.

1. El poder de la literatura. Para empezar, entendamos literatura en sentido amplio, lo más lato posible. Literatura es todo, me atrevería a escribir, y enseguida trataré de justificarlo. Literatura es fabulación, pero también análisis, reflexión, poesía, memoria, confesión, biografía y hasta toda suerte de divagaciones, porque todo entra, todo cabe en las páginas de un libro, aunque luego se etiquete de modo unilateral: “novela”, por ejemplo, que es la más común. Pero a duras penas puede encubrirse que las delimitaciones tradicionales ya no tienen sentido. No pretendo descubrir el Mediterráneo: más que interpretación personal, es simple constatación, al alcance de cualquiera que hojee cualquiera de los libros que nos ocupan.

"La literatura no solo interpreta el mundo, sino que inventa el mundo en el que se ubica el ser humano. La vida humana, o es expresable, o no es vida"

La mentalidad positivista dictaminó que solo mediante el conocimiento científico podemos conocer y transformar el mundo. Como todo dogma, incluso aunque no se impugne globalmente, genera sus insatisfacciones. La realidad del ser humano es tan compleja que no puede reducirse a fórmulas, experimentos y meros datos empíricos. La literatura ofrece una alternativa. Ahí entra en juego su mencionada condición proteica como una de sus mejores bazas. Con la literatura podemos ir más allá, tensionar los límites de la racionalidad estricta. «Jugar con las palabras», se dice a veces, de modo un tanto despectivo. Pero las palabras, escribe Martín Rodrigo, son nuestro «asidero a la realidad». La literatura no solo interpreta el mundo, sino que inventa el mundo en el que se ubica el ser humano. La vida humana, o es expresable (e interpretable), o no es vida. De ahí que necesitemos traducir la vida: eso es literatura. Una brújula, un escudo, una catarsis.

2. El vacío tras la pérdida. No es casual, mucho menos caprichoso, ese último concepto, porque la dimensión catártica de la literatura es la vertiente que domina esta reflexión. Hora es ya de explicitar lo que para muchos puede constituir el sustrato común más evidente de las cuatro obras: la muerte de un ser querido. Más concretamente, el padre o la madre del autor o protagonista de la narración. La distinción entre autor y protagonista se disuelve en tres de los libros que nos ocupan: Springora, Gospodinov y Peña escriben en primera persona y hablan sin tapujos de sus padres respectivos. Martín Rodrigo elabora más su previsible carga autobiográfica, poniendo sus sentimientos en boca de dos personajes, Andrea y Candela. La muerte puede parecer superficialmente el común denominador de estas obras. Lo es solo como detonante. En realidad no se habla tanto de la muerte (ni del fallecido) como de la vida (el vacío) que el óbito deja al doliente.

"La sinceridad de la que hacen gala todos estos autores no solo apela a la razón sino a los sentimientos, no solo induce a la reflexión sino que conmueve, a poco que se tenga una mínima empatía"

Me atrevería a usar la expresión de nuevo existencialismo: la vida, vivida e interpretada por un yo celoso y hasta orgulloso de su subjetividad, que hace de sus vacilaciones y sufrimientos el centro del universo. Porque el universo es su universo. No lo digo en términos peyorativos, sino como pura constatación. Todas las obras están escritas en primera persona, por un yo que no hurta al lector ninguna de sus cuitas, abriéndose en canal. Han quedado obsoletas las tradicionales veladuras dictadas por el pudor. El desgarramiento interno y hasta las lágrimas parecen impregnar muchas de estas páginas. Aunque tamizada a veces por artificios estéticos, la sinceridad de la que hacen gala todos estos autores no solo apela a la razón sino a los sentimientos, no solo induce a la reflexión sino que conmueve, a poco que se tenga una mínima empatía. Dicho de otro modo, leemos y nos sentimos reflejados en el espejo de las páginas.

3. Escribir para comprender. Si el mundo es, por encima de todo, mi mundo, no es difícil colegir que el mundo se viene abajo cuando un acontecimiento determinado nos perturba o nos hiere. Una pérdida, por ejemplo. La pérdida de lo que más queremos. Se produce una conmoción, nuestros sentidos se nublan, la razón se embota. «No entiendo nada», solemos decir. O bien, «nada tiene sentido», haciendo universal una apreciación particular. En la búsqueda de explicaciones, en la búsqueda de sentido, nuestro último (¿único?) recurso son las palabras. «Escribo para entender, para entenderme y que me entiendan», leemos en la novela de Martín Rodrigo. Gospodinov es aún más contundente: «a mí solo me salva la escritura». Y de este modo hallamos, si no la salvación, sí un alivio: «el lenguaje insufla vida», sostiene Javier Peña.

Comprender no es hallar la verdad. Recuérdese lo dicho acerca de la subjetividad orgullosa de este nuevo existencialismo. No interesa tanto la verdad común como la verdad que a mí me sirve y, sobre todo, la verdad que a mí me salva. Una vez más, debo subrayar que esto no es tanto elucubración como fidelísima exégesis. Véase la forma en que se expresa Springora: «¿Por qué no tendría yo derecho a acomodar un poco la verdad? He elegido ser la que habla y da testimonio, la que cuenta la historia». «Siempre que recordamos, mentimos», escribe por su parte Martín Rodrigo. Se comprenderá ahora mejor lo antes dicho sobre los límites difusos entre ficción y no-ficción. La verdad es mi verdad y tengo todo el derecho a contarla a mi manera. En este proceso de comprensión no se trata tanto de adaptar el yo a la realidad, sino de seguir el proceso inverso. La literatura, dice Peña (siguiendo a Nabokov) no nació cuando un chico gritó que venía el lobo porque había visto al animal, sino cuando dio el grito sin que ninguno lo persiguiera.

"Se establece un universo, que no es el físico, ni tampoco el virtual, sino un universo de palabras, de imágenes, de metáforas compartidas que nos vinculan al pasado y nos proyectan al futuro"

4. Somos relatos, somos historia. Congruente con todo lo dicho, el ser humano aparece no como fría razón sino como urdidor de relatos. Entiéndase, no tanto por capricho o recreo (que también) sino por pura necesidad. Las historias son portadoras de sentido y, por tanto, nuestra salvación. O, al menos, sanación. En última instancia, el relato trasciende al ser humano, que solo se halla a sí mismo insertándose en él: «todo individuo, lo quiera o no, es depositario de una historia que no le pertenece y de la que solo conocerá los contornos, una historia desdibujada por el tiempo y remodelada por el oscuro funcionamiento de la memoria y por lo que le han contado» (Springora).

De este modo se establece un universo, que no es el físico, ni tampoco el virtual, sino un universo de palabras, de imágenes, de metáforas compartidas que nos vinculan al pasado y nos proyectan al futuro. Ser escritor, dice Peña, «no solo significa escribir historias, sino habitar un mundo de historias. Imagino que ser lector es lo más parecido». La literatura, escribe el mismo autor en otro momento, «nos vincula milagrosamente con personas que escribieron sus historias en otro momento y otro lugar». Así, como mantenía Toni Morrison, «somos capaces de sobrepasar la letra escrita y leer la tinta invisible que el autor ha dejado en la página». Es lo mismo que defiende Gospodinov: «Sobreviven solo las historias (…) Tal vez por eso narramos».

5. La literatura como tabla de salvación. He titulado esta reflexión La literatura como terapia. Estoy casi seguro de que algunos de los autores aquí convocados me rectificarían o, al menos, me matizarían. Si trata de ser terapia, literalmente hablando, la literatura fracasa porque a lo máximo que puede aspirar es a confortar, aliviar, ser bálsamo. Por eso propongo en estos compases finales una formulación intermedia: la literatura como la tabla de salvación a la que se agarra el náufrago. Todos naufragamos en un momento u otro y todos, por consiguiente, necesitamos ese auxilio. A algunos les servirá y quizá puedan salvarse, al menos de forma provisional.

No podemos aspirar a más. Ya es bastante. En especial, en las fases desdichadas o momentos luctuosos que describen las narraciones que hemos examinado. «La literatura, de nuevo, al amparo de la vida» (Martín Rodrigo). «Sin las palabras, sin las historias, la vida era mera supervivencia» (Javier Peña). «Transformaba el final en palabras para que fuera soportable» (Gospodinov). En las mentiras e impostura de su padre encuentra Springora una verdad que le ilumina sobre su procedencia y hasta su mismo ser, ser quien es y llamarse como se llama. Verdad y mentiras, siempre entrelazadas. La novela de la vida de todos. La literatura, necesaria.

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