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La Madre del Cordero y Juan Eslava Galán

Detalle de la portada de La Madre del Cordero

Hay gustos que merecen palos, lo sé. Una de mis aficiones confesables consiste en catalogar esas iglesias horrendas y postconciliares que tanto proliferan en el paisaje urbano español.

Iglesia de san Lamberto en Miralbueno (Zaragoza)Entregado a esa instructiva actividad, el verano pasado viajé al pintoresco pueblecito zaragozano de Miralbueno para visitar la iglesia de san Lamberto cuya horripilancia me había alabado mucho un colega que comparte mis aficiones. Llegado al templo, recordé a Federico Tedeschini, el nuncio papal enviado por Pío XI a esta tierra de María Santísima. En todas partes representaba la misma comedia: impartidas las bendiciones, cuando ya se despedía de las autoridades y el chófer lo esperaba, gorra en mano, con la portezuela del automóvil abierta, se volvía como transido de espiritualidad hacia el templo del que acababa de salir y exclamaba como para sí: “¡Qué bellamente se eleva a Dios!”

¿Se atrevería el nuncio a repetir ese truco ante los adefesios arquitectónicos de la actual edilicia religiosa? Desde luego que no.

Dispuesto a apurar el cáliz hasta las heces (uno es así de masoca) me dispuse a examinar el templo por dentro. Aguardé a que los invitados de una boda terminaran de posar con los recién casados, entre rociadas de arroz sintético que rebotaban sobre los chaqués y las pamelas y cuando despejaron el campo camino del comedero, ascendí por la escalinata y penetré en el sagrado recinto.

"¿Cómo hemos llegado a esto, me decía, cómo hemos evolucionado de las bellas iglesias románicas, góticas, barrocas, neoclásicas a estos esperpentos?"

Aparte del Santísimo, cuya presencia viva delataba una lamparilla roja sobre el altar mayor, el templo se encontraba desierto. Tomé asiento en uno de los bancos traseros y medité melancólico sobre la mudanza de los tiempos. ¿Cómo hemos llegado a esto, me decía, cómo hemos evolucionado de las bellas iglesias románicas, góticas, barrocas, neoclásicas a estos esperpentos? ¿Cómo no se va a espantar la clientela, que cada vez hay menos fieles? Natural que el laicismo avance incontenible y que la civilización cristiana-occidental se vaya al carajo.

En ello estaba cuando se abrió la puerta a mi espalda e ingresó en el templo una familia con dos hijos adolescentes, gente sencilla, chanclas, tejanos y camisetas ilustradas. En la del padre ponía: “Si me encuentran, devuélvanme al bar”  y en la de la madre, deformado el rótulo por unas potentes protuberancias mamarias, alcancé a leer: “No me cantan los sobacos porque la SGAE cobraría por ello”.

–¡Papá, papá, mira: Sleepy Hollow, el jinete sin cabeza! –gritó el niño señalando a la imagen del santo titular que mantenía la compostura desde la hornacina presidencial.

–Hostia, pues es verdad –observó el progenitor–. Mira, Jenniffer –le señaló a la esposa–, ese santo lleva la cabeza debajo del brazo.

–¡Gore total! –comentó la susodicha haciendo estallar una pompa de chicle.

San Lamberto

Dieron una vuelta por la iglesia en plan turista y marcharon.

La imagen que tanto les había llamado la atención no era otra que la de san Lamberto, el titular de la parroquia, que se representa en forma de campesino vestido a la antigua que, efectivamente, porta su cabeza bajo el brazo. Sostiene la piadosa leyenda que a san Lamberto lo decapitó su amo por negarse a abjurar de su fe cristiana. El santo recogió su cabeza y con ella bajo el brazo siguió caminando tras sus bueyes hasta la tumba de los mártires de Zaragoza donde fue sepultado.

De nuevo a solas con mi mismidad medité sobre esa carencia cultural de las nuevas generaciones: hacemos turismo cultural para convencernos de que somos cultos, lo que entraña visitar iglesias y catedrales y  arrobarnos ante la belleza de los frescos románicos, de los lienzos renacentistas, de los retablos barrocos, de las imágenes de bulto talladas en sillerías, canecillos y retablos, de las prodigiosas arquitecturas que conforman el edificio… Sí, cumplimentamos debidamente el circuito de las personas cultas, pero apenas entendemos lo que las imágenes  representan.

Vemos sin ver, miramos sin entender.

¿Por qué esta santa sostiene unas tenazas? ¿Por qué esta otra lleva en la mano una palma y se apoya en una rueda dentada rota? ¿Por qué este santo se señala una llaga en la rodilla izquierda y la da a lamer a un perro?

Ni idea.

¿Qué significan el sombrero y las borlas del escudo de este obispo?…

Ni idea.

¿Por qué esta cruz tiene dos travesaños derechos y uno torcido?

Ni idea.

"¿Existió una santa tutelar de las prostitutas? ¿Por qué san Isaac es el patrón de los ventrílocuos y santa Verónica la de los establecimientos reprográficos? ¿Quién es el patrón de los narcos mejicanos?"

¿Qué diferencia una iglesia de una catedral? ¿Por qué se representa al Espíritu Santo por una paloma, una de las criaturas más crueles y sucias de la avifauna mediterránea, aparte de singularmente salaz? ¿Por qué el evangelista San Juan se muestra unas veces imberbe y otras barbado? ¿Existió una santa tutelar de las prostitutas? ¿Por qué san Isaac es el patrón de los ventrílocuos y santa Verónica la de los establecimientos reprográficos? ¿Quién es el patrón de los narcos mejicanos? ¿Qué leyenda piadosa se oculta tras la expresión “el coño de la Bernarda”?

El templo está lleno de símbolos que no entendemos. Apeamos la historia sagrada de nuestro curriculum escolar y al alejarnos de ese mundo que puebla nuestras iglesias  ya no sabemos leerlo, ni mucho menos interpretarlo.

“Muchos profesores de historia del arte muestran su inquietud por la falta de conocimientos de religión que hay entre los jóvenes, debido solo en parte a la corriente laica que ha restado fieles a las materias que tratan los orígenes del cristianismo. Porque una cosa es el laicismo y otra muy distinta la ignorancia sobre aspectos de cultura general imprescindibles para comprender muchos porqués de nuestra sociedad” (1). En el nivel universitario la situación no mejora: “en clase no cabe hacer muchas alusiones a conceptos o personajes de la Biblia, pues los estudiantes no las entienden”. (2)

El cristianismo desarrolló un mundo de símbolos rico y variado que nuestros ancestros, aunque analfabetos (y precisamente por serlo) sabían descifrar correctamente. Para ellos una iglesia era un libro mudo que contaba historias. El cristiano que penetraba en ella sabía interpretarlas, a veces con ayuda del clero erigido en mediador entre Dios y los hombres.

Consciente de esa carencia concebí la idea de pergeñar una guía de los personajes e historias  de la Biblia y de los símbolos y ornamentos cristianos para uso de los damnificados de la LOGSE y de la ciudadanía interesada en general. En eso consiste este libro intitulado La Madre del Cordero que aquí presentamos.

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  1. Rafa Julve, “La ignorancia religiosa desazona a los docentes de historia del arte”, El Periódico, 20, abril, 2009, p.22.
  2. Amando de Miguel, Los españoles y la religión, Debolsillo, Barcelona, 2006, p.203.

La Madre del CorderoSinopsis: ¿Qué diferencia una iglesia de una catedral? ¿Por qué se representa el Espíritu Santo mediante una paloma? ¿Por qué al evangelista san Juan se le muestra unas veces imberbe y otras con barba? ¿Cómo distinguimos a san Judas Tadeo de Judas Iscariote? ¿Hubo una santa tutelar de las prostitutas? ¿Qué determina el grado de santidad de una reliquia? Juan Eslava Galán nos guía por el arte religioso español más importante y nos enseña a interpretarlo y a disfrutarlo.

Título: La Madre del Cordero. Subtítulo: Curiosidades y secretos de la simbología cristiana. Editorial: Planeta: Páginas: 400 páginas. Edición: Papel y ebook