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La mafia del mar

Reproducimos este texto de Jorge Fernández Díaz. Publicado en La Nación, fue recogido en 2010 en La hermandad del honor, libro editado por Planeta Argentina.

Lola tenía 91 años, estaba paralizada por la artrosis y sus familiares le inventaban todo el tiempo e-mails y cartas donde Pablo Valls, su nieto aventurero, contaba peripecias laborales y apócrifas en un lejano astillero de Brasil y le mandaba besos y abrazos. Cuando Lola empeoró y se vieron obligados a darle morfina contra el dolor, ella tuvo paradójicamente un momento de lucidez. Fue cuando les dijo:

—Se ahogó. Yo sueño que Pablo se está ahogando. Pablo se ahogó.

La abuela finalmente murió, y Christian Valls, el padre de Pablo, supo que ya no había ningún impedimento para decir la verdad. Para que los periodistas argentinos publicaran su inquietante historia de naufragio y misterios.

El padre de la víctima es un técnico aeronáutico que fabricó más de sesenta embarcaciones y que tiene una microempresa dedicada a confeccionar cascos para policías, militares y motociclistas civiles. Hace 42 años que vive en una vieja casa de Liniers al Sur. Pero tuvo siempre predilección por la naturaleza, el paracaidismo y otros deportes de riesgo. Tuvo también dos hijos varones, y cuando eran chicos los tres jugaban a nadar hasta el horizonte. Salían de la playa dando brazadas y después de dos horas y media de buen ritmo llegaban a un punto en el que ya no veían la línea de la tierra. Recién entonces regresaban.

"Ésa era la clase de hombre indomable en que se había transformado, un tipo que medía los riesgos pero los corría, y que necesitaba de vez en cuando una inyección de adrenalina para seguir viviendo a pleno."

Pablo Valls había cumplido los 37 años, tenía la misma  profesión de su padre y era además profesor de Natación y Guardavidas, un título que le había extendido la Cruz Roja Internacional. En la costa atlántica había salvado más de cien vidas. Era alto, atlético y rubio como un vikingo, trabajaba de skipper profesional trasladando barcos y vivía en el Mariana I, un velero que tenía amarrado en el puerto de San Isidro. Conocía al dedillo el oficio del mar y sus amigos le decían “El Perro” porque, como Patán, se reía entre dientes.

Pablo y Rodolfo Otero, su instructor en la escuela naútica

Pablo y Rodolfo Otero, su instructor en la escuela náutica

Riguroso y obsesivo por el trabajo a bordo, pasó las navidades de 2002 acondicionando el velero. Se había jugado el bigote con un camarada hacía unos meses, cuando llevaban dos barcos a Mar del Plata y enfrentaban una tormenta. Por VHF, Pablo le dijo que se afeitaba si lograban atravesarla. Y así fue. Ésa era la clase de hombre indomable en que se había transformado, un tipo que medía los riesgos pero los corría, y que necesitaba de vez en cuando una inyección de adrenalina para seguir viviendo a pleno. Su padre, acostumbrado a todo, le pidió sin embargo que lo llamara desde un locutorio de La Paloma, adonde se dirigía en su primera escala.

—Sólo para saber que llegaste bien, le recalcó.

Pero Pablo temía dejar el velero solo porque en esos puertos siempre hay hurtos, de manera que pasaron veinte días sin noticias y sin que el padre se extrañara demasiado.

La preocupación empezó alrededor del 15 de febrero, cuando Christian llamó a los amigos y se dio cuenta de que nadie sabía nada.

—No te preocupes —le decían—. Debe estar con una novia, en una playa panza arriba.

Pero Christian ya tenía mal pálpito y armó una cadena de avisos a través de radioaficionados. El 8 de marzo el tripulante de otro velero avistó en la bahía de Santa Lucía el mástil de un barco hundido. La Prefectura de Uruguay envió dos embarcaciones y un helicóptero. Un buzo bajó en busca de algunas respuestas y de un cadáver. Se trataba efectivamente del Mariana I, pero no había ningún cuerpo por ningún lado. Un vecino de amarras de Pablo le avisó al padre.

—Es duro lo que te tengo que decir—le anticipó—. El barco está hundido, pero el Perro no aparece.

Valls viajó de urgencia a Uruguay pensando que era prácticamente imposible que su hijo se hubiera ahogado. Era un experto en navegación, un nadador de aguas abiertas, el velero yacía recostado a siete metros de la superficie y hubiera sido relativamente fácil para Pablo bracear catorce kilómetros hasta la costa. Valls iba preocupado pero no devastado. Estaba acostumbrado de alguna manera a los peligros. A los 19 años un amigo, jugando con una pistola, le había metido un balazo de 9 milímetros en la frente: el proyectil había recorrido el cráneo sin tocar el cerebro y Christian se había salvado de milagro. Y luego había sobrevivido a dos naufragios con la racionalidad intacta y con un espíritu sano y positivista. Tenía un temple especial, una cierta compostura de hidalgo moderno. La inspección del Mariana I, sin embargo, lo dejó alelado. En la dársena naval, en proximidades de la Terminal del Buquebús y luego de inexplicables dilaciones en el operativo dereflotamiento, el barco destrozado y barroso colgaba para la ocasión. El Mariana I tenía un enorme boquete en un costado. Algo lo había embestido en medio del océano.

Pablo navegando en el Marina I

Pablo navegando en el Marina I

Luego Valls conseguiría realizar una fina pericia. Una y mil veces revisaría con su ojo experto, y con ayuda de otros especialistas, los hechos y sacaría las deducciones del caso. El velero de Pablo había sido chocado en la aleta de babor por una embarcación un poco más pequeña. El golpe provocó dos orificios unidos por una gran quebradura en la línea de flotación y cerca de la popa. Fue tan fuerte el impacto que arrancó el tanque de combustible y el agua empezó entrar a gran velocidad. Las bombas de achique no habían servido, aunque Valls notó que estaban encendidas.

—Eso demuestra que Pablo no quedó atontado por el golpe —me explica—. Incluso se ve que intentó detener el agua amarrando el gomón para usarlo de parche, una técnica que él mismo enseñaba. Pero por alguna razón no tuvo tiempo de inflarlo.

Valls habla de manera didáctica, sin dramatismo, pero con un evidente dolor lleno de pudores. Estamos en Liniers pero nos sentimos en medio del mar, aquel día negro en que cambió la historia.

—Mi hijo trató de enviar un mensaje de auxilio (mayday, mayday) porque vimos que el VHF estaba todavía encendido y a máxima potencia de transmisión. Venía navegando a motor y con poco viento. Estamos seguros de esto porque traía la vela genoa enrollada, la mayor a tope y el timón de viento automático desconectado. Las luces de navegación estaban apagadas y las luces de los instrumentos permanecían encendidas. Eso sugiere el amanecer. Pablo navegaba hacia el Este, con el sol de frente.

"Se mezcló entre los pescadores y se fue enterando de que junto con honestos trabajadores del mar hay exconvictos dispuestos a todo, delincuentes del agua que rapiñan y viven de fechorías diversas."

La colisión fue violenta, pero el barco del “Perro”no chocó con un tronco o una piedra; fue embestido por una de esas chalanas que utilizan los pesqueros artesanales o tal vez por un velero de cubierta baja, que prácticamente le incrustó el ancla que llevaba fija en la proa. Y aquí comienzan los verdaderos enigmas. ¿Por qué faltaba de a bordo un televisor y estaban cortados a cuchillo sus cables? Ese televisor era inservible después de un mes de hundido: nadie en su sano juicio querría robarlo de la dársena. Tuvo que haber sido robado antes de que el Mariana I se hundiera. ¿Un miembro de la tripulación de la chalana saltó a cubierta del barco de Pablo y lo redujo a punta de pistola? ¿O se trató de un simple accidente? ¿Por qué si Pablo estaba vivo y lúcido después del impacto, y junto al barco que lo embistió, no pudo salvarse? ¿Cayó al agua y quien lo chocó no quiso ni socorrerlo? ¿Se ahogó nadando hacia la costa? ¿Pudo ahogarse un nadador olímpico en aguas tranquilas y templadas, a plena luz del día? ¿O se trató de un abordaje a la fuerza, un asalto en medio del mar seguido de asesinato? Cuando Christian Valls, ahora quebrado por el dolor, regresaba a Buenos Aires, un funcionario argentino llamó a su celular y le dijo:

—Hablen en el nivel más alto. Hay algo de este asunto que no cierra.

En Uruguay les pidieron al padre y al hermano del “Perro” que no fueran a los medios, que no ventilaran el asunto. Pero todo empezaba a oler mal y Christian fue a la radio y a la televisión, y habló del expediente y mostró las contradicciones y dio indicios sobre un hundimiento seguido de pillaje y silenciamiento.  En muchas ocasiones regresó a la costa uruguaya el padre consternado. Se mezcló entre los pescadores y se fue enterando de que junto con honestos trabajadores del mar hay exconvictos dispuestos a todo, delincuentes del agua que rapiñan y viven de fechorías diversas. Hacía algunos años, Valls se había enfrentado con uno de ellos en el Delta: mientras dormía en su propio barco escuchó que se acercaba sigilosamente en la noche un bote y que un asaltante trepaba a cubierta. Valls sacó su pistola plateada y le apuntó a la cabeza, y el sujeto se tiró al bote y salió arando en la oscuridad.

—En esas zonas negras de la costa hay mano de obra desocupada dispuesta a cualquier cosa y protegida por gente del poder, me dice.

Jura que pusieron varios palos en la rueda de su investigación, que desaparecieron muchos efectos personales de Pablo y objetos de a bordo, que se perdieron evidencias y que la causa está llena de lentitudes sospechosas y conspiraciones de silencio. Y no sé qué pensar: si es un padre dolorido y obsesionado que no puede aceptar la muerte de su hijo, o si tiene simplemente razón y Pablo Valls fue blanco de piratería con algún tipo de protección oficial. Me cuenta muchas anécdotas con nombre y apellido que son incomprobables para un periodista y que yo no puedo reproducir. Pero de pronto le creo con las entrañas cuando me dice:

—Yo sé que ellos saben lo que pasó.

Pablo Valls

Pablo Valls

“Ellos” son ciertas autoridades navales de la otra orilla. Dos años estuvo caminando esa costa, recabando información sobre la mafia de los puertos, hablando con gente del asunto. Y un día se topó con el concepto “shock amnésico postraumático”, y consultó a un psicólogo y a una psiquiatra para tratar de entender los alcances y formas de ese diagnóstico. La psiquiatra le contó una anécdota terrible y le activó la esperanza:

—El esposo de mi prima iba en tren por Europa. Se fue a tomar el fresco y en una curva cayó a la nieve. Estuvo perdido y fue dado por muerto. Tenía amnesia. Y dos años después recuperó la memoria y reapareció.

Tal vez Pablo está vivo en tierra, sin memoria ni identidad, pensó Christian, con los nervios crispados. Puso pegatinas y posó en calles populosas junto a un póster con la cara de su hijo. Y recorrió todos los hospicios de Uruguay buscando un rostro entre muchos. En aquellos tiempos, soñaba a repetición que el “Perro” estaba sentado en un catre, y había un pasillo con baldosas rojas y cremas, y unos ventanales. En una ocasión, mientras visitaba el Hospital Pasteur de Montevideo, vio en Psiquiatría el mismo pasillo, las mismas baldosas, el mismo ventanal y a un chico de espaldas, con el pelo largo y rubio.

—Se me salía el corazón del pecho—me cuenta—.Me acerqué y le toqué el hombro…Y nada que ver. No era Pablo. Lo repite: No era Pablo.

Se acostumbró Christian Valls a convivir con la ausencia, a echarlo de menos con toda intensidad, a recordarlo de chico, a abrazarlo en sueños.

—Tal vez el hijo de un empresario poderoso se lo llevó por delante y se dio a la fuga, y es por eso que taparon todo, pensaba.

Y al rato se decía que su hijo podía aparecer en cualquier momento. Su hijo era fuerte y podía volver. Podía hacerlo.

El 26 de enero de 2003 le dio otro vuelco el corazón: apareció un cadáver en un arroyo de la bahía de Montevideo. Le mostraron las fotos. Estaba descompuesto y desfigurado, pero era rubión y atlético, y tenía barba y bigote. Es castaño, opuso el padre negando con la cabeza. Le dijeron que el agua de río modifica el color del pelo.

—Pero salió afeitado de Buenos Aires, replicó Christian.

—El pelo crece después de muerto, le refutaron.

—Pero no tanto, yo también leí criminalística —se enojó Valls—. La contracción de la muerte puede producir un pequeño vello pero nunca una barba de quince días como es ésta.

"Quizá la vieja abuela de Pablo, a quien mantenían viva con mentiras piadosas, entrevió la verdad verdadera en esa epifanía final"

Aun así había varias coincidencias y comenzó a pensar lo que no quería. Que finalmente tal vez se tratara de Pablo. Autorizó que le tomaran al cadáver una muestra del fémur para chequear si tenían el mismo adn. Pero los resultados fueron negativos. Tantas cosas extrañas habían ocurrido en Uruguay, que Christian pidió una contraprueba con un perito argentino. El juez ordenó que el cadáver no fuera cremado hasta tanto se realizara el nuevo análisis, pero dice Valls que no le hicieron caso. El cuerpo fue destruido, sin dilaciones ni ceremonias, en un crematorio.

—¿Te das cuenta? —me pregunta—. Demasiadas cosas raras, demasiadas ganas de cerrar rápido la puerta.

Pienso que tal vez tenga razón. O que a lo mejor se trata de la clásica indolencia burocrática de los sudamericanos. Por momentos Christian Valls siente que todo está claro, que conoce la cara de los asesinos. Y por momentos, se entrega a la idea fatalista de pensar que Pablo nunca volverá a casa y que no tendrá ni siquiera un cuerpo para darle sepultura. Durante seis años fue el detective de un caso que está oficialmente clausurado. Pero no quiere rendirse. Antes de despedirme toma un pequeño papel amarillo y escribe una cita clásica de Sherlock Holmes: “Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que pueda parecer, es la verdad”.

Pero quizás la verdad no sea tan cartesiana como parece. Quizá la vieja abuela de Pablo, a quien mantenían viva con mentiras piadosas, entrevió la verdad verdadera en esa epifanía final, cuando tomó la mano de Christian Valls y, como si le estuviera pidiendo que lo aceptara de una vez por todas, le dijo antes de morir:

—Se ahogó. Yo sueño que Pablo se está ahogando. Pablo se ahogó.

Llueve sobre Liniers.

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Título: La hermandad del honor. Autor: Jorge Fernández Díaz. Editorial: Planeta Argentina. Páginas: 360.