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La negra provincia de José Avello

La negra provincia de José Avello

Ocurre que algunas obras señaladas pasado el tiempo como grandes creaciones apenas obtienen reconocimiento cuando ven la luz. Hoy todo el mundo admite la condición magistral de La Regenta (nuestra mejor novela del XIX, aunque el gran novelista sea Pérez Galdós), y sin embargo tardó tres lustros en conseguir la segunda edición (si bien en el medio tuvo una curiosa salida en el Folletín del periódico barcelonés La Publicidad). Viniendo a tiempos más cercanos, recordaba aquí mismo hace unas fechas el olvido de la Vetusta orensana, otra gran novela a la manera decimonónica, La catedral y el niño, de Eduardo Blanco Amor. Y lo mismo ha ocurrido con otros casos posteriores. Sin apurar la memoria, me vienen a la mente Historias de una historia, de Manuel Andújar, gran fresco de la guerra civil, o Ladrón de lunas, de Isaac Montero, extraordinario examen de la perversión moral anidada en la victoria de los golpistas de 1936. En esta nómina de injustas desatenciones ocupa un lugar destacado Jugadores de billar, magnífico retrato colectivo contemporáneo que apareció en 2001 y ha permanecido en el mayor de los olvidos hasta hoy, en que lo recupera la editorial asturiana Trea con visos de auténtica novedad. El crítico Santiago Martín dijo ya hace un tiempo que su primer editor, Alfaguara, abandonó a su suerte el libro y añadió su sospecha de que “de inmediato debió de arrepentirse” de haberla publicado, “por alguna razón”.

"La novela de Avello tiene además un nexo circunstancial, aunque determinante, con la de Leopoldo Alas: ambas presentan la crónica plural de un mismo lugar, Oviedo"

No he mencionado por casualidad los títulos citados en el párrafo anterior. Todas son narraciones corales y panorámicas. Todas tienen ese aroma envolvente del relato clásico. Todas indagan en el sustrato moral de una sociedad en un amplio trecho de su devenir histórico. Parece como si nuestros lectores, cada vez más perdidos en una literatura floja y de consumo, fueran refractarios a las reflexiones a fondo acerca de los condicionantes éticos y los comportamientos colectivos. La novela de Avello tiene además un nexo circunstancial, aunque determinante, con la de Leopoldo Alas: ambas presentan la crónica plural de un mismo lugar, Oviedo, que Avello nombra con su topónimo real y Clarín bautizó como Vetusta. Entre sendas épocas novelescas, la Restauración y los años ochenta del pasado siglo, existe un nexo. Lo recalcan las varias veces que el libro de Avello menciona a los marqueses de Vegallana. La poderosa familia de los Almar había reivindicado dicho marquesado y la presunta heredera del título, Covita, tenía a su esposo por un grandísimo majadero, “al igual que su antepasada”. Trasparente coincidencia y llamativa reiteración como para no ver la intencionalidad del dato. Es imprudente establecer relaciones muy genéricas entre textos literarios, pero no me parece excesivo asegurar una continuidad entre Clarín y Avello sobre la idea subterránea de que éste quiere revalidar el dicho popular “de aquellos polvos, estos lodos”. Me parece que una transversalidad temática enlaza ambas novelas.

La trama de Jugadores de billar gira en torno a un grupo de amigos que practican ese juego en largas jornadas en el café Mercurio. La relación de varios de ellos se remonta al colegio y la adolescencia: Álvaro Atienza, Floro Santerbás, Rodrigo de Almar y el anónimo narrador. La amistad con otro, Manolo Arbeyo, se data en la universidad. Cada uno de estos personajes está marcado por fuertes notas distintivas. El jorobado, maligno y autodestructivo Atienza es profesor sin ambiciones en la Facultad de Matemáticas y heredero de una fábrica de lozas y porcelanas en irremediable decadencia. El gordo Santerbás, niño en extremo mimado por su madre y su tía, licenciado en Filosofía y Letras, es un zángano redomado que apenas echa unas escasas horas en la zapatería familiar. Rodrigo de Alvar ejerce de profesor de dibujo en la Escuela de Artes; homosexual clandestino, guapo, atlético, pintor aficionado, pertenece a la plutocracia local y tras una etapa de crápula en Madrid, ha regresado a Oviedo, donde lleva una vida confortable al amparo de su rica familia. El periodista Arbeyo —nada ejemplar, por cierto— tuvo reconocimiento como colaborador de la prensa local y ahora ha resucitado su prestigio al denunciar turbios manejos empresariales.

"Jugadores de billar abarca, pues, el amplio espectro social de una ciudad moderna: ricos, clase media, sectores humildes, con ausencia significativa de un proletariado que nada pinta en una urbe comercial y de servicios"

A los protagonistas se suma una amplia selección de personajes que dan vida al retrato urbano colectivo, aunque limitado. Están las mujeres que se relacionan con los tipos principales, con suficientes perfiles diferenciadores e intensas historias particulares. El plano social se completa con una familia acaudalada y, en el otro extremo, con gentes modestas que a pesar de su escaso papel poseen rasgos peculiares y despiden magnetismo, una gran seducción inventiva (los dueños del café Mercurio, un fugaz mendigo, un trabajador marroquí de la fábrica de loza). En el terreno de la acción narrativa, aporta el autor otro par de buenos tipos, un tal Borja Molina, tenebroso ejecutivo de una gestora empresarial, y Vicente el Ciclista (apodo debido a su cojera), un vago y sablista, de oficio “hacer recados”.

Jugadores de billar abarca, pues, el amplio espectro social de una ciudad moderna: ricos, clase media, sectores humildes, con ausencia significativa de un proletariado que nada pinta en una urbe comercial y de servicios. Pero esa amplitud resulta solo una imagen verista global, algo requerido por la verosimilitud novelesca, porque el núcleo reside en una clase media polarizada en las actividades profesionales y liberales. Ya se ve en el escueto informe anterior sobre los protagonistas y lo corroboran otros allegados: de modo sobresaliente Adelina, la pareja de Floro, bibliotecaria e hija de un afamado oftalmólogo local; la universitaria Mari la Gorda; Carmina, la mujer del periodista, y Verónica, la compañera de Atienza, empleadas en la oficina de Borja.

"Este es un sentido básico de Jugadores de billar: crónica generacional desolada, amarga, implacable del grupo que accedió a la madurez social, política e institucional en la Transición"

Estamos ante un retrato de clase, de una clase social sin valores y principios, indolente e inútil, entregada al sexo, el alcohol y la droga. Enlaza en esto Avello con los más acerados testimonios antiburgueses de la promoción realista. Recuerda, incluso en el detalle de una fiesta, el testimonio de degradación de un grupo privilegiado del Juan García Hortelano de El gran momento de Mary Tribune. Lo evoca y lo prolonga con un añadido fundamental: un relevo generacional. Si Hortelano retrataba los comportamientos de gentes del medio siglo, Avello se fija en representantes de la promoción siguiente, la generación del 68, los que llegan a la madurez en los amenes de la dictadura, y a la que el propio autor, nacido en 1943, pertenece. Este es un sentido básico de Jugadores de billar: crónica generacional desolada, amarga, implacable del grupo que accedió a la madurez social, política e institucional en la Transición. La trayectoria política de los protagonistas lo confirma: se ve cómo pasan de un gauchismo juvenil, con militancia pecera incluida, al confort de la socialdemocracia asentada en el poder y de ahí al escepticismo, la desfachatez, la delincuencia. Al fin, el fracaso marca el rumbo de esas vidas señoritiles, desvergonzadas, criminales. En este sentido, Avello ofrece un reportaje inflexible de la Transición, con presencia expresa de sus grandes males, en particular el afán inmoderado de dinero que afecta a varios personajes. Un chanchullo urbanístico, medular en la trama novelesca, ejemplifica su desoladora consecuencia actual, el imperio de la corrupción. En Avello se reconocen los mismos impulsos éticos y políticos que por entonces movían a Rafael Chirbes, paradigmático fustigador después de la especulación inmobiliaria.

Esta línea principal de Jugadores de billar se engarza con otra que termina de proporcionarle su sentido completo. Los manejos para convertir la fábrica de loza en una selecta urbanización tienen su propia historia, que se remonta a los días tremendos de la sublevación franquista. Los horrores de aquellas fechas, las venganzas, los asesinatos, el fanatismo falangista, el miedo o el sojuzgamiento de los vencidos constituyen una pintura de maldades no por conocida menos impactante. Sobre todo por la minuciosidad con que se recuentan aquellos terribles episodios. De hecho, una de las cuatro partes de la narración se focaliza en el duro reverdecer de esa historia de ignominias. Como señaló uno de nuestros nuevos novelistas sociales, Isaac Rosa, el relato de Avello supone una excepción en el rescate de un tema poco tratado en nuestra literatura e historiografía, “el expolio que los vencedores realizaron sobre los vencidos, el saqueo, la apropiación de los patrimonios y empresas de los derrotados, de los exiliados, recurriendo a la denuncia, falsa incluso a veces, o hasta el asesinato, legal o no, aprovechando la confusión y la sospecha generalizada en los momentos del final de la guerra”.

"Desde el comienzo lo advierte: no va a hablar de él mismo. Y lo puntualiza más tarde: aunque sea el cuarto jugador, ha decidido borrarse de la historia"

Cierto este mérito e intención, pero Avello va todavía más lejos de rescatar una materia postergada. El asunto se suelda bien anecdóticamente con la trama novelesca reciente, mas no supone unos antecedentes más o menos relevantes del presente. Si así fuera, podría considerarse un material pegadizo de un relato que tiende a la invención caudalosa. En realidad apunta mucho más lejos: de qué modo el envilecimiento moral provocado por la guerra planea en la actualidad. Todavía no se puede escribir la historia de nuestro país sin contar con ese hilo conductor que impide liquidar de una vez el pasado, que unos y otros —y ahora me refiero a la vida civil, no a la literatura— hilvanan según sus intereses. Los enfrentamientos a cuenta de la llamada memoria histórica tienen ahí su raíz. Misión de un escritor es hacerlo palpable.

La abundancia de materia requiere la amazónica dimensión de Jugadores de billar. También justifica su composición tradicional: un presente novelesco algo dilatado que discurre a lo largo de las cuatro estaciones del año cuenta los ires y venires de los billaristas mientras se recupera su historia cercana y pretérita. Lo refiere un narrador en primera persona que, según él mismo explica, tiene un papel un tanto notarial. Desde el comienzo lo advierte: no va a hablar de él mismo. Y lo puntualiza más tarde: aunque sea el cuarto jugador, ha decidido borrarse de la historia. Diríamos que el juez que sentencia no puede estar contaminado por la instrucción del caso. Solo quiere comprender. Sin embargo, no se atiene a esa pregonada función y actúa como un narrador omnisciente, que todo lo sabe, dice cosas que no puede conocer de primera mano y se mete con desenvoltura (y con frecuencia con desparpajo humorístico) en la mente de los personajes.

"Avello revela una capacidad de observación extraordinaria tanto de interiores como de exteriores, de la vida material como de las dolencias del alma"

Resulta difícil justificar esta transgresión del punto de vista. Tal planteamiento se debe a una libérrima concepción del fluido narrativo que salta por encima del requisito de limitar su papel porque le arrastra la voluntad de explicar, tras comprender, el complejo mundo social y mental que muestra en su relato. Así, y aun en primera persona, mezcla en una poderosa corriente informativa lo que sabe, lo que ha oído y lo que cree que pasa. Sin pararse en barras. Una inclinación fortísima de Avello hacia la narratividad le induce a este planteamiento del que forma parte el relato de un puñado de excelentes escenas que casi tienen un valor autónomo, aunque se hilvanen en la historia principal: la potencia de narrador nato del autor se comprueba en el pasaje que refiere una excursión campestre juvenil, continuada con terrible peripecia de una violación seguida en el tiempo de un ominoso sojuzgamiento; en una excursión a Irlanda que revela desavenencias conyugales; en la dura y atroz relación de Álvaro con Verónica, objeto de su malsana obsesión. Situaciones magníficas en su composición literaria dentro de una clave de severidad expositiva que encuentran un notable contrapeso en los pasajes humorísticos, de gran guiñol casi, del tarambana Floro con Dorita en la trastienda de la zapatería.

Avello revela una capacidad de observación extraordinaria tanto de interiores como de exteriores, de la vida material como de las dolencias del alma. Su novela está llena de perspicaces apuntes sociales y morales. La prosa revela cada poco la intuición, novedad y precisión de un adjetivo. Un mundo compacto de miserias y frustraciones, personales y colectivas, de idealismos en almoneda y de puras venganzas, se va delineando paso a paso. Por su reflejo múltiple y vivaz de una negra provincia, Jugadores de billar alcanza la categoría de novela extraordinaria, una de las mejores desde la Transición.

Coda. El Premio Nacional de Narrativa de 2001 se lo llevó la escuálida novela del joven Unai Elorriaga Un tranvía en SP. La crónica del fallo en ABC del 9 de octubre de 2002 firmada por Trinidad León-Sotelo recoge la opinión de Josefina Aldecoa: “el libro ganador es muy original y distinto, precioso, con técnica narrativa muy interesante. No es un libro lineal e indaga en el pensamiento de los personajes. Atrae. Agarra”. Quede este dato para la historia. También la opinión de Andrés Sorel: la novela de Elorriaga le había, “literalmente, maravillado”. Jugadores de billar quedó relegada a finalista.

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Autor: José Avello. TítuloJugadores de billarEditorial: Trea ediciones. VentaAmazonFnac y Casa del libro