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La novela de la política

La política es una representación, pero cuando los políticos se quitan la máscara se convierte en relato. A lo largo de las últimas semanas he tenido la ocasión de constatarlo a raíz de la moción de censura presentada por PSOE y Ciudadanos en Murcia, con la subsiguiente moción en Castilla y León y la convocatoria electoral de Madrid.

Mi análisis parte de un vídeo, el de Isabel Díaz Ayuso anunciando la disolución de la Asamblea de Madrid el pasado diez de marzo. Afirma convocar las elecciones del cuatro de mayo, obligada y contra su voluntad, “por el bien de Madrid y de España”, y yo, como zaragozano, me pregunto: ¿cuál es el bien que me procuran a mí las elecciones madrileñas? Entiendo que, bajo el prisma de la presidenta, sean en bien de Madrid; pero, ¿en bien de España? ¿Por qué…? Se produce en mi interior un vacío, un silencio que trato de rellenar con alguna respuesta, sin hallarla… A continuación, vuelvo a ver el vídeo por segunda, por tercera, por cuarta vez; y percibo esa dualidad: por un lado, actúa en bien de España y, por otro, afirma: “Quiero que sepan que, si no convoco elecciones, pudieran haber derrocado nuestro gobierno”.

"Yo la palabra 'derrocar' siempre la he relacionado con los reyes, sin que ahora pueda justificar tal relación con diccionario alguno"

Es justo en ese punto donde termina la representación y comienza la narración, el relato: los hechos. En realidad, viene a decirnos, «mi puesto peligra». A veces, entre frase y frase, en los puntos y aparte de su discurso leído, el labio superior de la presidenta se arquea hacia arriba y muestra el colmillo izquierdo. Son solo fracciones de segundo, pero quien así lo desee puede verlo en el vídeo que está colgado en la web de ABC.

Curiosamente, la etimología de la palabra “derrocar” no proviene de la política. «Derrocar», en origen, era tirar a alguien desde un lugar alto y peñascoso. Viene del prefijo “de”, que significa dirección de arriba abajo, y del vocablo rocca, que en latín vulgar equivalía a peñasco o piedra grande. Fue más tarde cuando el diccionario incorporó su sentido político, el de derribar, arrojar a alguien de sus cargos o responsabilidades.

Yo la palabra «derrocar» siempre la he relacionado con los reyes, sin que ahora pueda justificar tal relación con diccionario alguno. Quizá sea la fuerza de la letra erre, o tal vez que los castillos y palacios donde moraron los monarcas se construyan en piedra proveniente de grandes rocas. El caso es que Díaz Ayuso tiene algo de reina. Todavía recuerdo la misteriosa primera foto de su gobierno, aquella en que ella aparece adelantada, dando la espalda al resto de sus consejeros, todos ellos en pie y en posición de firmes, en torno a una mesa blanca como el resto de la estancia. El salón diáfano remite a la realeza, con una decimonónica araña de cristal colgando del techo. La luminaria, con su minúscula luz amarillenta, parece fuera de lugar en el gran salón donde todo resplandece… Es como si el rey Arturo hubiera muerto y ella, Ginebra, con su vestido glauco de gasa, de muselina real, hubiera de hacerse cargo de dirigir la Tabla Redonda. Todo es deslumbre, todo es irrealidad en medio de la munificencia, de la majestad del momento. Pero la reina Ayuso, cuyo derrocamiento desean los enemigos de la libertad, luchará sin cuartel contra el cierre de la hostelería, contra la subida de impuestos, contra el adoctrinamiento político en las escuelas…

"Se aventura una larga lucha, un juego de tronos con la díscola, la descarada reina Ayuso"

En cambio, en la Región de Murcia no hay lugar a la representación, porque la tragedia murciana es puro relato, novela dura donde las haya, con cruce de acusaciones de corrupción; mercadeo de cargos públicos para evitar derrocamientos; sillones que se conservan o se pierden, traidores y traicionados, llamadas telefónicas, reuniones a puerta cerrada en salones más oscuros que aquel de Madrid. El fulgor del salón madrileño que ocupaba la reina Ayuso se ve amenazado por las astucias de otra realeza sin corona: la de la reina Arrimadas, que conspiraba en la sombra con el rey Sánchez. La representación de este último consiste en regenerar la vida pública, en abrir los ventanales de los palacios para airearlos y que la brisa de la transparencia se lleve el tufillo de tantas bacanales y orgías. Sánchez es el monarca de todos, y todos sus súbditos somos iguales. Por este motivo se aventura una larga lucha, un juego de tronos con la díscola, la descarada reina Ayuso, que ha osado convocar elecciones y nadie sabe cómo terminará la lid.

Pero el final es lo de menos, porque todos afirman actuar por el bien de España: por tu bien y por el mío, querido lector. Desde luego, a mí lo que más me divierte estos días es leer en las páginas de los periódicos la novela de la política.

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