La hoguera pública de las vanidades en redes sociales tiene nueva víctima. Y no es que ¡La novia!, adaptación apócrifa de La novia de Frankenstein realizada por la actriz, guionista y directora Maggie Gyllenhaal, no evite meterse en territorio complicado. Al contrario. La película rinde homenaje al cine expresionista y gótico en clave de relato feminista actual, pero también retuerce tipos (del cine de terror clásico al thriller criminal de los 70, de los clásicos de Universal a Bonnie & Clyde) de una forma probablemente ofensiva para cualquier académico de dichos géneros. El film de Gyllenhaal hace poco por evitar su naturaleza superficialmente gravosa, convirtiendo la fiesta en un delirio nocturno a medio camino entre la histeria de Baz Luhrmann en Moulin Rouge y otro reciente fracaso de Warner, Joker: Folie à deux.
Resulta por eso digna de alabanza la vocación suicida del estudio, que ha roto una racha ganadora inyectando más de 80 millones de dólares en un film plagado de estrellas, realizado al modelo y heredando parte del equipo técnico (desde la fotografía de Lawrence Sher hasta la música de Hildur Guðnadóttir) del mayor fracaso comercial que se le recuerda de los últimos años, Joker 2. Resulta que, al igual que la protagonizada por Joaquin Phoenix y Lady Gaga logró enervar a los fans del cómic o del indisimulado homenaje a Scorsese de la primera parte, la aquí presente ¡La Novia! se ha encontrado de bruces con falta de un target comercial definido… y la falta de paciencia y necesidad de comentarios despechados del espectador actual.
¡La novia! pasa por ser un film divertidamente punkie, aunque incapaz de escamar las conciencias de unos tiempos adocenados, por mucho que quiera. Pero su descaro resulta refrescante, como también las interpretaciones de su pareja protagonista. Mientras Christian Bale se las arregla para inyectar verdad a un personaje inicialmente paródico y Jessie Buckley hace lo propio con una sensual y mórbida novia sacada de las fantasías eróticas de Tim Burton, el film —que, efectivamente, carece de verdadero y genuino “sense of wonder”— se despliega como una superproducción de estudio puede hacerlo. Técnicamente, su aspecto de videoclip gótico, a medio camino del burlesque y el expresionismo alemán, resulta irreprochable, pese a que la inexperiencia de Gyllenhaal en este tipo de empresas se nota.
Pero el film, que dista mucho de la perfección, de alguna manera también se beneficia de esa ingenuidad. Pese a su atrayente comienzo, con la futura novia cayendo a cámara lenta por las escaleras, su provocación es tan vieja como un videoclip de Kiss. Participar de la broma, por tanto, es en esta ocasión imprescindible, y la película a menudo lo pone difícil, con importantes bajones de ritmo y una narrativa demasiado reiterativa, e interpretaciones que a diferencia de las anteriores se revelan incapaces de poner el dedo en la llaga de lo kitsch (y aquí miramos directamente a Penélope Cruz).
Pero a la vez, estamos a una obra comercial capaz de proponer nuevas formas y ambientes, incapaz de reescribir normas como probablemente desearía, que no sabe bien cómo contar lo que quiere contar, pero de todas formas entrañable en su desequilibrio y locura pulp. Hay que alabar en el panorama actual desbarres como ¡La novia!, potencial cine de culto del futuro, que ha unido a los críticos de las pussy riot y el 8M por su supuesto mensaje feminista con la académica palanca de vigilantes culturales.



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