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La peligrosa idea de Darwin

La peligrosa idea de Darwin

Joven lector que tan pacientemente nos sigues, La peligrosa idea de Darwin es el título de un conocido libro de Daniel Dennet, filósofo y divulgador norteamericano especializado en biología evolutiva. Si hemos cometido la impudicia de apropiárnoslo es porque representa exactamente lo que aquí más nos interesará destacar de la figura del padre de la teoría de la evolución, como podrás comprobar si nos acompañas hasta el final de esta nota. Vamos a ello.

Y empezaremos por decir que todo lo que rodea a Darwin es extraordinariamente atractivo. La ciencia, como todo en la vida, necesita héroes, figuras capaces de enmarcar su genialidad –algo por definición excepcional- con cualidades humanas capaces de aproximarlos al común de las personas. Ahí tenemos a Arquímedes, ejemplo del sabio ensimismado, al que siempre se recuerda saltando desnudo de la bañera al grito de ¡eureka!, o haciéndose matar en la invasión de Siracusa por negarse a dejar sin resolver el problema geométrico que había trazado en la arena del jardín. Y a Galileo, símbolo de la desigual lucha entre la ciencia y el fanatismo religioso –valga la redundancia-, saliendo con la cabeza baja de las covachuelas de la Inquisición mientras musitaba eppur si muove. O a Marie Curie, paradigma de la abnegación, guardando en los bolsillos de su bata de laboratorio las muestras radioactivas que terminarían matándola. Y, en fin, a Einstein, cuya popularidad mediática, como ahora se dice, llegó a niveles que hoy solo alcanzan las estrellas del rock o del deporte.

(Un excurso interesado: el lector inquieto habrá caído en la cuenta de que los anteriormente mencionados son luminarias de la ciencia, pero ¿qué pasa con la tecnología? ¿por qué no hay ingenieros famosos? ¿a qué se debe que no se conozca al inventor del teléfono móvil, o de las centrales nucleares, o de internet?. Tema interesante que dejamos ahí aparcado para retomarlo a la menor oportunidad).

"El lector interesado sin duda se recreará en otros aspectos de la vida de Darwin, indispensables para conocer la génesis y el desarrollo de la idea."

Volvamos a Darwin. Como es bien sabido, este señor tan aseado, cuya imagen más reproducida le representa con una venerable barba, es el autor de un libro sobresaliente en la historia del conocimiento humano. Nos referimos, claro, a El origen de las especies, obra de 1859, donde se expone lo que conocemos como teoría de la evolución: todos los seres vivos han evolucionado a lo largo de generaciones mediante un proceso adaptativo causante de la biodiversidad, al que denominó selección natural.

El origen…, en un lenguaje muy llano, no exento de valor literario, lo cuenta con suma elegancia y precisión. Un resumen zarrapastroso sería el siguiente:

—De una manera natural, las poblaciones de las distintas especies tienden a aumentar. Pero los individuos de cada una deben competir entre sí, y con los miembros de otras especies, por los recursos, siempre limitados, a consecuencia de lo cual se produce una lucha por la supervivencia.

—Por otro lado, las características de los individuos a veces cambian, con pequeñas modificaciones, que son hereditarias (Darwin no podía saber la causa, hoy la conocemos: variaciones en el genoma).

—Estos cambios pueden mejorar o empeorar la capacidad del individuo para encajar en su medio ambiente. Los individuos mejor adaptados tendrán más probabilidades de sobrevivir y reproducirse, perpetuando estos rasgos favorables en las generaciones siguientes. Los menos, tenderán a desaparecer. Se produce así el proceso (natural) de selección.

—Finalmente, cuando estas variaciones, que se van acumulando con el tiempo, son suficientemente distintivas respecto del patrón inicial, una nueva especie se habrá formado.

El lector interesado sin duda se recreará en otros aspectos de la vida de Darwin, indispensables para conocer la génesis y el desarrollo de la idea: los antecedentes y precursores del pensamiento evolutivo, entre los que estaba su propio abuelo; el viaje del Beagle, la convivencia con el capitán Fitz-Roy; la estadía en las Galápagos, los picos de los pinzones, la lectura de Malthus, sus escrúpulos religiosos, la publicación de su obra con la consiguiente exposición pública, los ataques furibundos, el reconocimiento final.

"Esta es la idea peligrosa de Darwin: la evolución no tiene finalidad. Por eso, ni la religión ni la explotación del hombre por el hombre y de los recursos del planeta pueden justificarse alegando causas naturales."

Todo lo cual constituye una de las páginas señeras de la historia del conocimiento. Que, además, desborda ampliamente los límites de la biología y las ciencias naturales para incidir, de una manera peligrosa —estabas, joven lector, advertid— en la visión que el ser humano tiene de sí mismo. En efecto, nada más propio de nuestra infinita vanidad que creer que el hombre, y todo lo que le rodea, es especial. Así ha sido siempre: Dios nos había creado a su imagen y semejanza —da risa—, y por eso el firmamento giraba alrededor de la Tierra, puesta además a nuestra disposición para usar sin tasa de sus recursos, como entidades superiores que somos respecto a animales y plantas.

Esta visión, de origen sin duda religioso, y después firmemente arraigada en los peores registros de la condición humana, es la que la teoría de la evolución ha dejado arrumbada para siempre. Desde Darwin, hemos de considerarnos tan animales como el resto de los animales y, lo que es más importante, no podemos situarnos a la cabeza de ninguna clasificación, porque el desarrollo evolutivo ocurrido a lo largo de los millones de años de vida en el planeta no tiene ninguna finalidad.

Esta es la idea peligrosa de Darwin: la evolución no tiene finalidad. Por eso, ni la religión ni la explotación del hombre por el hombre y de los recursos del planeta pueden justificarse alegando causas naturales. Somos fruto del azar (los cambios genéticos son aleatorios) y la necesidad (una vez producidos, necesariamente han de acomodarse a las condiciones ambientales). Que el homo sapiens haya aparecido sobre la Tierra es una simple casualidad, que podría no haber ocurrido. Para el universo que nos rodea, una cosa o la otra es indiferente.

"Fitz-Roy debe, pues, considerarse un mártir de la ciencia meteorológica, y es paradójico que muriera tan tristemente mientras su compañero de cabina tuvo un solemne funeral de Estado."

Una última nota que nos devuelve al tan a menudo absurdo devenir humano: Fitz-Roy, antes mencionado, era el capitán del Beagle en el viaje en que se cimentaron las ideas de Darwin. Compartían camarote y la travesía fue larga, así que debieron conocerse muy bien. Cuando se presentó El origen de las especies, Fitz-Roy, a la sazón persona religiosa, se sintió traicionado y personalmente ofendido, por lo que participó, Biblia en mano, en alguna sesión académica de las muchas que se celebraron para criticarlo. Mientras tanto, hizo carrera en la Marina británica y, por su experiencia en la zona de peor clima del mundo —Cabo de Hornos y alrededores— fue nombrado responsable de la meteorología en el Almirantazgo, donde hizo un extraordinario papel sentando las bases de lo que sería esa ciencia en el futuro. Sin embargo, tras un mal año donde sus previsiones fracasaron estrepitosamente, entró en depresión y acabó suicidándose.

Fitz-Roy debe, pues, considerarse un mártir de la ciencia meteorológica, y es paradójico que muriera tan tristemente mientras su compañero de cabina tuvo un solemne funeral de Estado. A la espera de que los hombres del tiempo de todas las televisiones le declaren su santo patrón laico, nosotros preferimos recordarlo en la figura de la montaña que lleva su nombre, la más hermosa de toda la Patagonia.

Próximo capítulo: Genes

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