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La ridícula idea de volver a verte

La ridícula idea de volver a verte

Hola, Rosa:

Necesito que leas este correo del tirón. Tienes tres minutos. No te detengas hasta el final.

Hemos coincidido hace unas horas. En un concierto. No me has mirado, aunque como pasa con los que sois conocidos, los que os conocemos tenemos la sensación de que es recíproco. Te he reconocido por el tatuaje de la salamandra que llevas en el brazo, ese que has tatuado también en una página de tu libro. Tu libro, el culpable, ese libro rémora que llevo pegado al estómago desde que lo leí, y que se alimenta de los despojos de mis enzimas gástricas.

"Te he seguido entonces hasta la salida, bastante contrariada por tu desplante. También hasta el cruce, y hasta el bar donde has tomado una caña"

Al terminar el concierto me has rozado indiferente con los flecos de tu fular rojo cuando ibas por la segunda vuelta al cuello. Rosa, con el tiempo que has pasado en mis manos, en mi bolso y en mi estantería ¿y no te has dignado siquiera a cruzar tus ojos con los míos? Con los momentos que hemos vivido juntas y todas las confidencias que has compartido conmigo ¿y ahora actúas así, con ese desdén?

Te he seguido entonces hasta la salida, bastante contrariada por tu desplante. También hasta el cruce, y hasta el bar donde has tomado una caña. Bueno, y hasta el chino donde has comprado tres Happydent de clorofila. Y hasta el portal de tu casa —bonita y maciza puerta, por cierto—.

Son las 3 de la mañana y acabo de llegar a casa. He localizado tu correo electrónico en el libro. El libro culpable. Me lo has puesto a huevo, Rosa, y ahora tendrás que leerme como te he leído yo a ti. Y tendrás que oír mis confidencias igual que he oído yo las tuyas.

Verás, llevo tiempo dándole vueltas a la ridícula idea de volver a ver a alguien. No se lo puedo pedir a mis amigos ni a mi familia porque me van a decir que se me va la olla; que no lo he superado; que ya va siendo hora; que han pasado tres años; que es agua pasada…

Pero él se está borrando por trocitos de mi cabeza, como se borran de la mano las calcomanías del parque de atracciones. Y necesito que me ayudes a recomponer las piezas olvidadas.

"Si no me ayudas, Rosa, desaparecerán de golpe mis recuerdos, como desaparecen las antenas del caracol al intentar tocarlas"

Los dientes, Rosa; por ejemplo, los dientes. Ahora le imagino riéndose a carcajadas con dientes de caballo, porque es uno de los muchos vacíos que tengo de su cara. Y son esos malditos dientes de caballo —amarillos y enormes— los que mi cabeza pinta en ese hueco olvidado, y los que me persiguen en cada carcajada que rememoro.

Si no me ayudas, Rosa, desaparecerán de golpe mis recuerdos, como desaparecen las antenas del caracol al intentar tocarlas.

Así que, Montero, necesito que hagas conmigo lo que hiciste con Marie Curie.

Sí, sí, ya sé que pones una bibliografía extensísima en tu libro y todo ese rollo, que dices que has leído sus memorias y su biografía y que esas son tus fuentes; pero yo sé que has contactado con ella por otras vías. Que sabes demasiadas cosas íntimas de su vida con Pierre. Y sé también que tu libro es cosa de brujería. Vamos, que te marcaste una de espiritismo para contactar con la Curie. Y por eso, necesito que mañana por la noche, a las 22:35 h seas mi médium para hablar con uno de mis muertos. Porque, Montero, perdóname pero tienes algo de chamana.

Ya tengo la ouija sobre la mesa

Mira, tengo preparada una lista de cosas que me gustaría preguntarle por si me pongo muy nerviosa en el último momento, para no perder el hilo:

  1. Descripción detallada de sus dientes.
  2. ¿Puedes hablar? Si puedes, ¿podrías imitar al pato Donald como hacías cada noche?
  3. ¿Comes mandarinas? ¿Y huevos fritos con patatas?
  4. ¿Puedes hacerme cosquillas en los pies?
  5. ¿Hace frío? ¿A veces llueve?
  6. ¿Duermes? ¿Vives en una casa? ¿Hay persianas?
  7. ¿Me quieres? ¿Te acuerdas de mí?

Mmmmm… ¿Se te ocurre alguna más, Rosa? ¿Qué le preguntarías tú?

"Espero que no hagas la tontería de no venir porque si no, me temo que tendremos que hacer la ouija en las escaleras de tu portal"

Venga, no pongas esa cara, que no quiero que seas como Oda Mae Brown en Ghost y que mi muerto te posea y que bailemos juntas I need your love. Solo quiero que me des la mano, que se la demos a Marie Curie y que hablemos con él. Y que muevas la moneda por mí porque me va a temblar mucho el pulso y no voy a dar pie con bola, y en lugar de decir D U E R M E S soy capaz de mover mal los dedos y escribir M U E R D E S. Menudo lío si te ataca y tengo que explicarle a la policía por qué está Rosa Montero malherida en mi salón. Que he visto en las películas que a veces se pilla conexión con el espíritu equivocado —generalmente violento y rencoroso—, y también que el wifi con el más allá funciona de aquella manera.

Recapitulando, Montero, nos vemos entonces esta noche a las 22:35 h en mi casa, en la Carretera de Canillas 182, bajo B. He visto en Google Maps que desde tu casa andando tardas 43 minutos. También puedes venir en Metro y hacer transbordo en la línea 5, en Diego de León. O bueno, yo que sé, en Cabify o en taxi. Qué más me da. Ven como te dé la gana, pero ven. Espero que no hagas la tontería de no venir porque si no, me temo que tendremos que hacer la ouija en las escaleras de tu portal. Y créeme, aguardaré allí toda la vida hasta encontrarte.

P.D.: Por favor, contacta antes con Curie para que te diga si conoce alguna fórmula para hacer opaca la transparencia de los espectros.

P.D.1: Imprime una copia de mi lista e incluye lo que quieras 😉

P.D.2: Tengo cervezas y Happydent de clorofila.

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Título: La ridícula idea de no volver a verte. Autor: Rosa Montero. Editorial: Seix Barral, 2013. Venta: Casa del Libro, Fnac y Amazon