Benito Pérez Galdós, consagrado como el gran novelista realista de finales del XIX, generó sentimientos encontrados entre la generación literaria inmediatamente posterior (modernistas y autores del 98). Muchos jóvenes escritores lo veneraron al comienzo como a un maestro honorable, buscando su consejo o respaldo; sin embargo, conforme afirmaron su propio estilo, algunos lo percibieron como un obstáculo o representante de un pasado que deseaban superar.
Este tono reverente era generalizado entre los escritores del 98 y aún del 27 (el caso de Cernuda) y correspondía a la alta estima en que lo tenía: pocas años antes, Valle había elogiado sin reservas la genialidad de Galdós. Al reseñar la cuarta serie de Episodios nacionales, proclamó: “Me inclino ante el maestro, que, sin ningún demonio familiar y sólo con los sentidos perecederos crea la obra inmortal”. En otras reseñas de comienzos de siglo, Valle-Inclán calificaba las nuevas novelas históricas de Galdós de “admirables” y celebraba “la poderosa visión del maestro”, capaz de “resucitar toda una sociedad” en sus páginas.
No obstante, esa admiración inicial dio paso a la fricción y la crítica mordaz tras un desencuentro personal. En 1912, Galdós —quien era director artístico del Teatro Español— no programó el estreno de El embrujado, la nueva tragedia de Valle-Inclán. Este rechazo supuso un agravio para don Ramón y marcó el comienzo de su distanciamiento. Los estudiosos coinciden en que la negativa a estrenar El embrujado fue el detonante del “exagerado y totalmente injusto menosprecio” que Valle mostró públicamente hacia Galdós a partir de entonces. En Luces de Bohemia (1924) llegó a caricaturizarlo con el apodo despectivo “Don Benito el Garbancero”, comentario puesto en boca de un personaje bohemio para ridiculizar el estilo “pedestre, vulgar” atribuido al novelista. Asimismo, cuando le preguntaron su opinión sobre Galdós en un homenaje, Valle soltó un exabrupto irónico, preguntando: “¿Cree usted que la fotografía puede sustituir al arte?”, aludiendo desdeñosamente al realismo galdosiano. A pesar de estas pullas públicas, se sabe que Valle-Inclán seguía admirando en privado la obra novelística de Galdós —sus propias novelas históricas El ruedo ibérico beben en buena medida de la guía del autor de Doña Perfecta—, lo cual subraya la ambivalencia de su postura: reverencia íntima y gratitud inicial frente a rebeldía y desdén externo en años posteriores.
Miguel de Unamuno: alumno fervoroso y crítico implacable
También Miguel de Unamuno pasó de la admiración al enfrentamiento intelectual con Galdós. En sus años formativos, Unamuno lo veía como un faro literario e incluso reconocía ser “un humilde discípulo” suyo. En 1905, tras publicar Vida de Don Quijote y Sancho, Unamuno —perturbado por la fría recepción de la obra en Madrid— buscó ansiosamente la aprobación del maestro canario, llegando a confesarle en carta que su libro “tan mal ha caído en el cotarro literario madrileño” y deseaba conocer el parecer de don Benito. Unamuno recurría a Galdós con frecuencia en busca de consejo y apoyo. Un caso notorio ocurrió en 1912, cuando don Miguel aspiraba a ver representada su tragedia Fedra. Galdós dirigía entonces el Teatro Español, y Unamuno le envió una carta reverente rogándole que aceptase estrenar la obra, dirigiéndose a él con estas palabras: “Ya sabe usted, mi querido maestro y amigo, que soy un profesor de lengua y literatura griegas […] este es un ensayo de renovación de los viejos temas”. En la misma misiva reconocía la experiencia teatral de Galdós y se mostraba deseoso de aprender de él, convencido de que el autor de Electra sabría valorar aquel intento de tragedia moderna. Estos gestos muestran a un Unamuno joven que veneraba a Galdós como autoridad literaria y buscaba su aval para sus propias incursiones creativas.
Sin embargo, con el tiempo Unamuno viró hacia una postura crítica y distante respecto a Galdós. A medida que desarrolló su propia visión novelística y filosófica, empezó a encontrar limitaciones en la obra galdosiana. Tras la muerte de Galdós en enero de 1920, Unamuno sorprendió al público con comentarios muy duros durante los homenajes póstumos. Si bien inicialmente publicó en prensa algún artículo de reconocimiento, pronto señaló defectos importantes en las novelas de don Benito. En un artículo del 5 de enero de 1920 (en El Liberal), afirmó que en la narrativa galdosiana “apenas hay […] una robusta y poderosa personalidad individual”, insinuando que sus personajes carecían de la hondura psicológica de otros autores. Añadía Unamuno que de esas novelas tal vez pudiera extraerse “alguna psicología elemental y poquísimo complicada”, criticando la superficialidad en la caracterización. Un mes después, en un discurso pronunciado en el Teatro Bretón de Salamanca, redobló sus críticas, llegando a declarar que “el drama no fue el fuerte de Galdós”, desacreditando la faceta teatral del maestro con más de 27 estrenos con éxito (irónicamente, la misma en la que años antes había buscado su guía). Estas palabras desataron una fuerte polémica pública —se consideraron ingratas hacia el recién fallecido novelista—, pero Unamuno no se retractó.
Es más, en declaraciones posteriores llegó a opinar que el mayor mérito de Galdós había sido su incansable laboriosidad, llegando a sostener provocativamente que sus novelas eran inferiores a las de Vicente Blasco Ibáñez o Emilia Pardo Bazán. Este vuelco radical ilustra la compleja mezcla de admiración y rechazo: Unamuno empezó idolatrando a Galdós (leyéndolo con devoción e imitándolo en ciertos aspectos, El amigo Manso y Niebla), pero terminó viéndolo como un rival a superar, criticando su estilo “de calle, de cafés y de redacciones” y su falta de trascendencia espiritual. Años más tarde, ya en el exilio, Unamuno releería a Galdós y se reconciliaría en parte con su legado —confesó haber encontrado en aquellas páginas el “rumor de la mar” que antes echaba en falta—, pero en el momento crucial marcó distancias con aquel a quien inicialmente consideró su maestro.
Azorín: del entusiasmo juvenil al distanciamiento
Una figura representativa de esta ambivalencia es José Martínez Ruiz, Azorín, miembro destacado de la Generación del 98. En su juventud, Azorín manifestó un entusiasmo ferviente hacia Galdós, a quien tenía por modelo e inspiración. Buena prueba de ello es la carta manuscrita (en la imagen) que Azorín envió a Galdós el 6 de diciembre de 1911, donde lo saluda como “mi querido y admirado maestro” y le agradece “cordialísimas” el envío de un ejemplar de su último Episodio nacional —añadiendo que planeaba leerlo de inmediato y escribir un artículo al respecto—. En sus primeros años como crítico, Azorín prodigó elogios a la obra de Galdós. De hecho, el “primer Azorín” (cuando militaba en ideas anarquizantes y krausistas a comienzos del siglo XX) veía en Galdós al guía de la regeneración española. Tras el estreno del drama Electra (1901), que causó enorme impacto social por su mensaje anticlerical y modernizador, Azorín proclamó entusiasmado que en esa obra “contempla el símbolo de la España rediviva y moderna”. Exhortó a todos a celebrarla como una nueva fe laica: “Saludemos a la nueva religión. Galdós es su profeta; el estruendo de sus talleres, sus himnos; las llamaradas de las forjas, sus luminarias”. En escritos de esa época, Azorín defendía la importancia de Galdós en la creación de una conciencia nacional española, afirmando que aquel “hombre vejado injustamente” había revelado España a los propios españoles y dado vida y unidad a ideas dispersas. Claramente, para la generación joven Galdós representaba entonces un faro y un aliado en la lucha por modernizar la literatura y el país.
Con el paso de los años, sin embargo, la actitud de Azorín se enfrió y tomó cierta distancia. A diferencia de Valle-Inclán o Unamuno, Azorín nunca atacó directamente a Galdós —de hecho, siempre mantuvo hacia él un respeto fundamental—, pero conforme avanzaba la segunda década del siglo XX se hizo patente un distanciamiento silencioso. Un indicio elocuente es que cuando Galdós falleció en 1920, Azorín (al igual que otros compañeros de generación) guardó silencio público. A pesar de sus loas previas, no publicó ningún artículo de homenaje ni se pronunció en los tributos al autor de Fortunata y Jacinta. Lo mismo hicieron Pío Baroja y Ramiro de Maeztu, quienes tampoco acudieron ni escribieron nada en memoria de Galdós en esos días. Esta omisión sorprendente —contrastando con la devoción que le profesaron en sus inicios— sugiere que Azorín y varios noventayochistas, para 1920, veían ya a Galdós como una figura del pasado, quizá superada por los nuevos rumbos literarios que ellos mismos encabezaban. Aun así, Azorín nunca dejó de reconocer la grandeza de Galdós: años después volvería a insistir en la vigencia de sus novelas y en la necesidad de “salvar” su legado para la posteridad, reivindicándolo como un clásico imprescindible de España. La trayectoria de Azorín refleja por tanto más evolución que enfrentamiento: de discípulo apasionado que busca la aprobación del maestro, pasó a ser un escritor consagrado que, con discreción, dejó atrás la sombra tutelar de Galdós para forjar su propio nombre —aunque sin negarle jamás su lugar eminente en la literatura nacional—.
En conjunto, la joven generación modernista / noventayochista trató a Galdós como una figura institucionalizada cuya influencia debían negociar: unos continuaron respetándolo siempre (Machado, por ejemplo, mantuvo estima hacia Galdós), otros simplemente lo ignoraron al final de su vida, y no faltaron quienes lo atacaron abiertamente. De hecho, muchos de esos novelistas jóvenes sabemos que veían a Galdós como un gigante que seguía ocupando el lugar central —“acaparando la popularidad”— que ellos sentían corresponderles. En un sentido casi freudiano, Galdós encarnó para ellos al “padre” literario al que primero se alaba y del que luego hay que emanciparse. Primero fue faro y maestro, luego símbolo del pasado frente al cual definirse. Esta ambivalencia generacional, documentada en cartas, artículos y anécdotas, demuestra el enorme peso de Galdós en las letras españolas: incluso quienes lo desafiaron o desdeñaron públicamente, no escaparon a su influjo y terminaron por reconocer —tácita o explícitamente— la grandeza de su legado.


Menuda erudiciôn. Tiene usted, profesora, horas y horas de Galdôs a sus espaldas. Y de nota, incluso mucho. Deberîan ya darle algûn premio gordo, o al menos reconocimiento à su inmensa labbor literaria,