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La tierra como salvación

La tierra como salvación

Si a Rousseau le hubiesen pedido un ejemplo para ilustrar de qué hablaba cuando hablaba del buen salvaje probablemente señalaría a alguien parecido a Isak, el protagonista de esta novela. Isak sabe sacarle el máximo partido a la tierra, sabe cavarla, sembrarla y luego cosecharla. De esa manera va haciendo suyos parajes vírgenes cercanos a Suecia por los que pululan de vez en cuando algunos lapones. Vive con lo justo y vende en el pueblo lo que le sobra. Al principio es poco lo que necesita y por eso tarda en tener animales. Mientras tanto, levanta una casa con la madera que tiene a su alcance. Cuando sabe que va a poder comprar animales levanta una cuadra. Nunca da un paso en falso. No aspira a más de lo que puede afrontar. Sabe siempre lo que tiene que hacer. No es un hombre que dude ni que divague, ni mucho menos es un hombre que se meta en la vida de los demás. Es un hombre bueno.

El mal viene siempre de fuera, del pueblo pero, sobre todo, de la ciudad. Allí recala una temporada su mujer, Inger, y ya no vuelve a ser la misma. Algo parecido le sucede a su hijo mayor, Eleseus. El pequeño Sivert es distinto, pero es que nunca ha salido de la granja. Es más como su padre. Sabe lo que tiene que hacer: trabajar la tierra. Sabe que a su padre le ha ido bien así: “La tierra lo salvó. Si Isak hubiera vivido en el pueblo, el gran mundo tal vez hubiera influido algo en él.” A quienes trabajan la tierra la vida les va bien. Sólo deben temer las consecuencias de convivir con los contaminados. Es lo que le sucede a Aksel, el vecino de Isak, y tan parecido a él, con Barbro, esa mujer que va y viene de la ciudad y que tantos disgustos le causa. La mujer que trabaja la tierra es también la que se salva. Es lo que sucede con Inger antes de pasar por la ciudad. Pero pocas trabajan la tierra y, por lo tanto, la mayoría acaba siendo fuente de problemas.

"En este western ártico el terror no lo traen ni los indios ni los mexicanos. Los escasos lapones que se dejan ver por sus páginas son poco más que presencias intrigantes y de mal agüero."

Pero no sólo las mujeres se sienten atraídas por los encantos de la ciudad. También algunos hombres, aquellos que no trabajan la tierra. Es lo que sucede con Brede Olsen, otro de los vecinos, que tiene tierras pero no les saca partido, tan pendiente está de los asuntos del pueblo. O con Aronsen, el comerciante que un día se aposta cerca de la granja porque augura un buen negocio con la inminente explotación minera de los montes cercanos. Lleva con él a un ayudante, Andresen, que acaba heredando sus propiedades después de la inesperada bancarrota y al que redime, una vez más, la tierra. Sivert, el hijo de Isak, le enseña a cultivarla y Andresen acaba haciéndolo con gran éxito.

En este western ártico el terror no lo traen ni los indios ni los mexicanos. Los escasos lapones que se dejan ver por sus páginas son poco más que presencias intrigantes y de mal agüero y los colonos noruegos se limitan a evitarlos. En este mundo de granjas solitarias y autosuficientes, y de tierras arrebatadas al silencio, la gran amenaza es el pueblo, con sus enigmáticas autoridades, sus tentadores ocios y sus objetos banales: “cepillos de dientes, tapetes de mesa ya bordados, y hasta pequeños pájaros en un alambre que dicen pío pío cuando se les aprieta en el lugar indicado”. Y la única defensa, cavar la tierra.

 

Autor: Knut Hamsun. Título: La bendición de la tierra. Editorial: Nórdica. Edición: Amazon, Fnac y Casa del libro