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La tumba del dictador

La tumba del dictador

Con motivo de la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos y su traslado a Mingorrubio, la prensa recordó que los cementerios del norte de Madrid albergan los restos de diversos dictadores latinoamericanos, entre ellos el del infame Leónidas Trujillo, que tan certeramente retrató Mario Vargas Llosa en La fiesta del chivo. Este asunto no tiene casi nada de literario pero, paradójicamente, sí guarda relación con una “sabrosa” anécdota referida al mundo editorial, de la que fui partícipe.

"Pensé que tal vez habíamos cargado demasiado las tintas al calificar a Pérez Jiménez y pedí permiso para investigar lo sucedido"

Uno de los “ilustres” cadáveres del norte de Madrid corresponde al dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez, de nefasta memoria. Al igual que bastantes otros, tras ser expulsado del poder en su país se instaló con la fortuna que había atesorado durante su mandato en una gran mansión de la lujosa urbanización madrileña de La Moraleja. Corrían los años finales del siglo pasado y yo era, a la sazón, director editorial de obras de referencia de Espasa Calpe y, por tanto, responsable entre otras de la edición de los suplementos de actualización de la célebre enciclopedia Espasa.

Una tarde fui llamado urgentemente al despacho del director general, donde se había reunido una especie de “gabinete de crisis”. Los abogados del exdictador amenazaban a la editorial con una demanda millonaria por las “injurias” vertidas contra su “augusta” persona en una biografía que habíamos publicado en el último suplemento de la enciclopedia. Cuando fui interpelado por el director general me temí lo peor: el jefe del equipo de redactores de dichos suplementos era el catedrático de la Universidad Pompeu i Fabra Bernat Muniesa, que a mí me constaba que era una persona de ideología muy izquierdista, y pensé que tal vez habíamos cargado demasiado las tintas al calificar a Pérez Jiménez. Pedí permiso para investigar lo sucedido y volví a mi despacho dispuesto a llamar a Muniesa, pero antes de ello tuve la feliz idea de consultar otras enciclopedias prestigiosas, como la Británica, la Larousse, etc. Lo primero que constaté es que en nuestro texto todas las afirmaciones sobre la nefasta gestión política del dictador venezolano estaban universalmente avaladas. Pero además se daba la circunstancia de que nuestro texto era, con diferencia, el más “suave” en sus consideraciones. Pertrechado con las correspondientes fotocopias regresé al despacho del director general convencido de que lo correcto sería remitir dichos documentos a los abogados del exgeneral y dar por terminado el incidente. Pero el abogado de la empresa tenía otra opinión: había que evitar a toda costa la querella judicial. Lo que siguió fue una visita al casoplón de Pérez Jiménez para entrevistarnos con sus abogados y una vergonzosa “bajada de pantalones”. Aquella no fue la primera vez ni sería la última en que viví un episodio semejante.

"Yo creo que el multimillonario Marcos Pérez Jiménez, como el dictador del relato, también quiso librar su última batalla. Por fortuna no fue sangrienta"

Las noticias de prensa sobre los enterramientos de dictadores hispanoamericanos en el norte de Madrid me trajeron el recuerdo de aquella anécdota, e inmediatamente la relacioné con uno de los excelentes relatos de Georges Simenon: La escala del Buenaventura. Narra la historia de un hombre desaliñado que juega todo el día a la máquina tragaperras del único hotel de la capital de una isla caribeña. Un día, tras la llegada de un crucero turístico, un viajero —al parecer también de tendencias ludópatas— espera ansioso a que aquel hombre deje la máquina para ocupar su lugar. El hombre lo ha advertido, y no piensa dejar de jugar; pero pasado un rato tiene sed y se muere por ir a la barra a por una menta con hielo. Cuando advierte que el turista no está a la vista va rápidamente a por su bebida, pero cuando regresa ve que el turista ya está frente a la máquina echando una única moneda y ganando el premio gordo. El hombre se abalanza sobre él rechinando dientes y le agrede, hasta que consiguen llevárselo a rastras. Cuando la situación se tranquiliza la mujer del turista comenta algo sobre la avaricia de ese hombre desastrado. Uno de los parroquianos condesciende a darle una explicación: no se confunda, señora, ese hombre es millonario, la máquina tragaperras es suya, el hotel es suyo, media isla es suya. Es el antiguo dictador de una república centroamericana expulsado de su país, que vive aquí un retiro de oro. No juega a la tragaperras por el premio, sino por vencer a la máquina, que es única lucha que el destino todavía le permite entablar en su declive.

“Nada, señora, nada… Pedro jugó partidas terribles… Ganó… Fue muy poderoso, cubierto de condecoraciones; los reyes lo llamaban primo, y él se veía en la obligación de ahorcar a la gente, de vivir día y noche rodeado de guardias… Ganó, pero luego perdió… Desde entonces juega contra la máquina…”.

Yo creo que el multimillonario Marcos Pérez Jiménez, como el dictador del relato, también quiso librar su última batalla. Por fortuna no fue sangrienta, y el único damnificado fue un sencillo editor, que hubo de edulcorar infamemente la biografía de un exdictador senil que, evidentemente, jamás se había arrepentido de sus crímenes.

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