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La tumba imprevista, de Fernando Beltrán

La tumba imprevista, de Fernando Beltrán

Porque había llegado a aquel cementerio buscando tan sólo la lápida del inmortal Bécquer, y tropecé de paso y ya casi al marchar con el nicho de la mortal Cecilia, cuando los enterradores de San Lorenzo me informaron con orgullo que además del insigne poeta reposa allí mucha gente de renombre, y me hablan para así constatarlo de Raimundo Fernández Villaverde, sin que exciten mi curiosidad un ápice, más allá de esa calle madrileña con Corte Inglés incluido y tráfico a cántaros; de un tal Mariano Fernández, «es otro de libros…», me dicen, al que hago los honores; del torero Marcial Lalanda, el del famoso pasodoble, al que pido me conduzcan sin demora y a porta gayola, totalmente excitado; y Cecilia, claro, «a la que más gente visita».

«¿La cantante?», pregunto inocente, «La del ramito de violetas», insisto, intentando aguzar su memoria.

«No, no, qué va, la del poeta que moría de amor…, ese, cómo se llamaba…, desde luego la tumba por la que más gente pregunta, sobre todo argentinos, mejicanos…».

"Porque el azar acababa de conducirme donde yacían los restos de la famosa La amada inmóvil que leí febril en mi adolescencia y a la que cantó y por la que se desgarró tras su muerte, en versos sin consuelo, el poeta mejicano Amado Nervo"

«La del poeta que moría de amor…», han dicho, e imaginen mi suerte definitivamente echada, porque creía un segundo antes que mi excursión concluiría tras el rastreo de Bécquer y la plaza que como interino ocupó durante años en un hueco a ras de suelo de aquel cementerio, y ahora caía de nuevo a plomo sobre la tumba de otro reclamo, y con coartada literaria una vez más, o en ello insistían mis anfitriones, espoleados por mi interés, guiándome hacia un nicho enigmático al que mi fantasía prestaba alas imaginando la heroína de algún tango famoso, o la musa de algún músico allende… O Dios sabe. Los cementerios visitados están llenos de grandes resucitados. Pero nada a la altura de la lapidaria sentencia que estaba a punto de convertir un nombre más de tan infinita nomenclatura de finados en auténtica piedra preciosa: Cecile Louise Dailliez. ¡Bendita seas!

Porque el azar acababa de conducirme donde yacían los restos —si las musas tienen restos, que esa es otra historia—, de la famosa La amada inmóvil que leí febril en mi adolescencia y a la que cantó y por la que se desgarró tras su muerte, en versos sin consuelo, el poeta mejicano Amado Nervo, nacido para más coincidencia en 1870, el mismo año en que murió Bécquer, como si el destino acabara de proporcionarme un relevo inesperado desde la tumba más buscada horas antes, a la encontrada ahora, abrupta, eterna, absolutamente desconocida, poesía pura. Y la primera, por cierto, de mi periplo en donde yacía un cadáver real, de carne y hueso, si las musas tienen huesos.

Las musas muertas, me refiero. Y es literal la cita, porque así la incluyó el propio poeta al subtitular La amada inmóvil con la leyenda Versos a una muerta, para luego volar a ras de tierra y calendario:

«EN MEMORIA DE ANA, encontrada en el camino de la vida el 31 de agosto de 1901. Perdida para siempre el 7 de enero de 1912».

Los datos que leí horas después en casa, desencajado aún, feliz perdido, certificaban el extraordinario hallazgo.

"Y así fue, ya que la joven francesa y el autor de uno de los versos más repetidos de la historia, Si tú me dices ven, lo dejo todo, serían inseparables"

«¿Ana…?», se preguntarán, «¿no era Cecilia?» Y al final como siempre en la vida, ni la una ni la otra, o ambas al tiempo, mejor dicho, porque Anne Cecile se llamaba precisamente la muchacha con la que Nervo se tropezó en una calle del barrio latino de París, de la que se enamoró perdidamente al instante, y con la que sostuvo allí mismo, y al comienzo de sus requiebros intentando citarse otro día con ella, la conversación que ya ha pasado a la historia universal del amor:

Le advierto que «no soy mujer de un solo día… Y entonces, de cuánto tiempo es usted», preguntó altivo y guasón el laureado. «De toda la vida».

Y así fue, ya que la joven francesa y el autor de uno de los versos más repetidos de la historia, «Si tú me dices ven, lo dejo todo», serían inseparables. E invisibles también, porque el llamado «vate del amor» llevó al suyo del brazo cada vez que viajaba al extranjero durante su estancia como canciller en Madrid, pero la tuvo el resto del tiempo escondida, sin apenas salir de casa; «sigilo», lo llamaban, ni siquiera supieron de ella sus vecinos de la calle Bailén donde murió al fin para ser enterrada al otro lado del río Manzanares, y con remordimiento tardío del autor, dando entonces fe de ella en esa agónica La amada inmóvil que leí muy joven sin que pudiera imaginar jamás que una amada que creí de carne y humo, como todas las musas, pudiera existir de verdad, incluso estar enterrada en Madrid, al otro lado del río, allí donde su amor desde su balcón alcanzó aún para escribirle:

«Todo en ello encantaba, todo en ella atraía, / su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…»

«¡GRATIA PLENA!»

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La tumba encontrada, de Fernando Beltrán

La tumba sola, de Fernando Beltrán

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