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Las nupcias de Iunia Paeta

Foto: Pedro Huerta

Mansión de Lucius Iunius Paetus, actual Domus de la Fortuna, Cartagena, año 3 d. C.

Apenas había pegado ojo. Según la tradición, su madre la había obligado a vestir para dormir una túnica recta y una redecilla azafranada, tejidas de arriba a abajo por artesanos que debían estar de pie, para evitar la mala suerte. Su nodriza le había traído una tisana relajante con la que conciliar el sueño. No había surtido efecto. 

La tarde anterior habían acudido al templo a la Tríada Capitolina en el foro. Habían depositado ante la imagen de Juno sus vestiduras ribeteadas con la franja púrpura, propias de los niños, la bulla y la lunula, que colgaban de su cuello con amuletos para protegerla del mal de ojo, y sus pupae, esas muñecas que la acompañaron en su infancia. Atrás quedaban sus años de niñez protegida por el distante y férreo cariño de su pater, Lucius Iunius Paetus, prohombre de Colonia Vrbs Iulia Nova Carthago. Atrás aquellos estíos, que le parecían lánguidos pero que rebosaban de vida, en la villa familiar del Caput Paludis, a lomos de dos mares. Sus paseos con Pater mientras éste le señalaba las últimas innovaciones que había introducido en la factoría de salazones y garum de la familia, explotada por un liberto de confianza. Las puestas de sol sobre el Mar Pequeño en la Cala del Pino, en el que las aguas se vestían de oro viejo mientras su hermano cogía berberechos que se comían crudos allí mismo.

"Iunia ocultó su turbación abstrayéndose en un bellísimo cisne, que intentaba levantar el vuelo, asustado por un satirillo"

Iunia suspiró al recordar cómo Pater la llamó a su tablinum dos años atrás. Le gustaba ese despacho, decorado con fastuosos frescos con aves, pequeños sátiros y escenas bucólicas, pero casi nunca entraba. Ahí Pater tenía su biblioteca y recibía a sus clientes más significados. No le gustaba que los niños merodearan por allí.

Junto a Pater se hallaba Salvius, otro de los prebostes de Carthago Nova, que poseía una domus a varias calles de distancia, subiendo hacia el anfiteatro. Pater la hizo sentarse. Sin ninguna contemplación le informó de que habían acordado que, cuando tuviera 15 años, se casaría con el primogénito de Salvio, del que le separaban tres lustros y que servía como tribuno en territorios cántabros, antes de regresar a la urbe y presentarse a las elecciones a duoviri.

Iunia ocultó su turbación abstrayéndose en un bellísimo cisne, que intentaba levantar el vuelo, asustado por un satirillo. El artista había plasmado a la perfección los detalles del animal y del fauno. Pater había contratado un taller de pintores de la misma Italia para dar relevancia del poder de su familia en esa colonia de Hispania, cuyos ciudadanos tenían todos los derechos romanos gracias al divino Julio César, confirmados por su heredero, Augusto, a quien los dioses guardaran. Con el cisne voló también su infancia. 

Salvius le puso en el anular de la mano izquierda el anillo de oro que la comprometía con su vástago, farfullando algo de que de ahí nacía un nervio que llevaba directamente al corazón. Entregó a Pater un cofrecillo con la dote y estamparon sus sellos en un documento que había elaborado su secretario, antes de dirigirse al triclinium, en el que se había dispuesto un banquete. No volvieron a dirigirle la palabra. Éstos fueron sus sponsalia.

"Habían tenido que mirar con muchísima atención la fecha para las nupcias, pues eran infinidad los días funestos en los que sería sacrílego casarse"

Anoche las esclavas decoraron las puertas y ventanas de la mansión con coronas de flores de verbena, mejorana y azahar. Antes de que cantara el gallo su ornatrix la despertó y la llevó a las termas de la casa para tomar un baño purificador. Le dieron un masaje con esencias, entre las que pudo identificar el olor del espliego y del romero. En el triclinium se les unieron Mater y Virginia Secunda, una amiga de la familia, que actuaría como pronuba o madrina, por ser univira, al haberse casado una sola vez.

Habían tenido que mirar con muchísima atención la fecha para las nupcias, pues eran infinidad los días funestos en los que sería sacrílego casarse. Le encantaba mayo: la naturaleza estallaba en todo su esplendor, pero ese mes estaba consagrado a los difuntos y era impensable casarse en él. Habían tenido que aguardar a la segunda quincena de junio, dedicado a Juno, diosa protectora del matrimonio. Ella prefería el Ante diem undecimum Kalendas Iulias, porque armonizaba con el solsticio de verano, pero era nefas: coincidía con el aniversario de la derrota de Trasimeno, donde más de 15.000 legionarios fueron masacrados por las tropas de Aníbal hace más de dos siglos. Los gritos de su familia habrían sido escuchados en el Hades si se hubiera atrevido a tal sacrilegio.

La pronuba dio instrucciones a la ornatrix para que la peinara haciéndole las seis trenzas rituales, anudándolas con cintas de lana, mediante las que se recordaba a las vestales, que se peinaban así en las ceremonias más señaladas. Usó una punta de lanza, regalo de su suegro: se la había arrebatado a un astur al que abatió cerca del monte Medulio. Una vez peinada, ciñeron su túnica con el alambicado Nudo de Hércules con el que simbolizar la indisolubilidad de los esponsales. La cubrieron con un velo azafranado y la calzaron con unos zapatos del mismo color. Fue coronada con una diadema de azahar.

Así ataviada la encaminaron al atrium. Pater sacrificó un cordero, cuyas entrañas fueron examinadas por un auspex, a fin de ver si los dioses aprobaban las nupcias. La piel del animal recién sacrificado fue limpiada y dispuesta en el banco en el que se iban a sentar los novios.

"Salvio se levantó, tomó un puñado de sal y la vertió sobre el ara que presidía la ceremonia"

Cuando el sacerdote dictaminó que ninguna mácula en el hígado del animal impedía los esponsales, hicieron entrar a su prometido, a quien sentaron a su lado y cubrieron con su mismo velo. Los lares de los Paeti no debían fijarse en él: después de la cena les iba a arrebatar a una de los suyos y se la iba a llevar a otro hogar. No convenía que los dioses familiares lo reconocieran y se malquistaran con él. 

Salvio se levantó, tomó un puñado de sal y la vertió sobre el ara que presidía la ceremonia. En la siniestra llevaba una porción de espelta que también derramó sobre el altar para implorar prosperidad a su nuevo hogar. Le ofreció a Iunia sendos puñados de ambas cosas y ella lo imitó en sus acciones. La pronuba les dio a comer el pan farreus, mientras unía sus manos. La prometida apenas pudo susurrar el secular “Ubi tu Caius, ego Caia”. ¿Ya estaba? ¿Eso era todo? Su nuevo esposo le quitó el velo y selló el matrimonio con un beso, al que la concurrencia saludó con un FELICITER tres veces coreado.

Al menos, Salvio era apuesto y se mostró muy atento con ella durante la cena nuptialis, el gran banquete con el que su padre agasajó a los muchos invitados. Habían tenido que colocar triclinia en todas las estancias de la domus para acomodar a los convidados. Los más ilustres fueron aposentados en el triclinium principal y el tablinum, mientras que libertos e invitados de menos alcurnia fueron dispuestos en las estancias que se abrían al peristylium, el jardín porticado de la parte trasera. Iunia cumplimentó a todos los invitados según su importancia. Cada vez que pasaba por el vestíbulo acariciaba con los ojos la inscripción que su abuelo mandó confeccionar con teselas en el suelo, FORTVNA PROPITIA, para desear suerte a los habitantes de la morada y a sus visitantes.

Los cocineros de la familia y los que envió su suegro de refuerzo se habían esforzado en la culina, en el semisótano que daba al cardo, en preparar los mejores manjares. Habían plantado también unos asadores de metal en los que daba vueltas un ternero y los pinches se afanaban en asar los pescados criados en los viveros de la familia. Todos alabaron la calidad del garum, con el que adobaron muchos platos: se notaba que los Paeti confeccionaban uno de los mejores de los garum sociorum, conocidos en todo el imperio.

"Iunia sintió mariposas en el vientre: llegaba el momento de abandonar el hogar ancestral de los Paeti"

Cuando los cocineros presentaron una enorme morena y dos lampreas cocinadas en su sangre, estallaron sonoros aplausos, multiplicados cuando trajeron un jabalí de cuyo vientre salieron pajarillos vivos al trincharlo.

Pater se ufanaba por entre los triclinia cual pavo real, recibiendo los parabienes y las sportulae, saquitos en los que los invitados habían depositado dinero o algún objeto como regalo para los esposos.

A punto de cumplirse la hora undécima, Salvio desapareció. Iunia sintió mariposas en el vientre: llegaba el momento de abandonar el hogar ancestral de los Paeti. Ya no era uno de ellos: pertenecía a los Salvii y a su nueva casa habría de dirigirse. Al ver levantarse a los amigos más íntimos de su esposo, corrió a abrazarse de su madre. Del abrazo la arrebataron los colegas de Salvio entre las risotadas y el aplauso de la concurrencia: con este fingido secuestro se rendía tributo al ancestral rapto de las sabinas por Rómulo, el fundador de Roma y sus compinches. Éstos habían arrebatado sus hijas, esposas o madres a los sabinos, que habían acudido desarmados como era tradición a una fiesta, invitados por los romanos, para forzarlas a casarse con ellos, en la noche de los tiempos, cuando Roma no era más que un poblado de follacabras, fugitivos y facinerosos. Desde entonces, en homenaje al Padre Rómulo, todas las bodas tenían el punto culminante en el “rapto” de la esposa del hogar paterno.

Iunia se despidió con el alma en las lágrimas de su madre, su nodriza y sus hermanos. Arrulló el umbral de la casa que la había cobijado hasta ahora y fijó su mirada borrosa en la inscripción del mosaico que mandara hacer su abuelo. FORTVNA PROPITIA.

"Cuando enfilaron su calle, unos esclavos comenzaron a arrojar a la multitud que se había congregado nueces, como símbolo de fertilidad y fortuna"

Al punto se formó la comitiva para realizar la deductio, la marcha que conduciría a la recién casada a su nuevo hogar. La encabezaban flautistas y cinco hombres que llevaban teas resinosas para alumbrar el paseo. Tras ellos caminaban los padrinos con la pronuba y tres niños cuyos padres estuvieran aún vivos, los amphitales: una llevaba un huso, una segunda una rueca y un tercero, una antorcha encendida de pino albar. Estaban preciosos, con sus vestiduras de lujo, ribeteadas por la orla púrpura que caracterizaba a los niños de la alta sociedad, y coronados con diademas de azahar y verbena. Tras ellos avanzaba Iunia seguida por una tumultuosa barahúnda que lo mismo cantaba con voz ebria versos fesceninos, tan picantes que causaban el rubor en las mejillas de la novia por su obscenidad, que entonaba himeneos en honor al dios protector del matrimonio. Thalassio e Hymenaeus estaban continuamente en la boca de todos. Príapo también acudía a sus sucias lenguas con demasiada frecuencia, sobre todo cuando se referían a lo que el marido tendría que hacer con ella cuando estuvieran solos en la intimidad de su lecho.

El trayecto hasta la casa de Salvio era corto: se hallaba en un cardo paralelo, subiendo al anfiteatro, a un par de manzanas de su hogar. Cuando enfilaron su calle, unos esclavos comenzaron a arrojar a la multitud que se había congregado nueces, como símbolo de fertilidad y fortuna.

En la puerta de la vivienda Salvio le entregó un copo de lana y un cuenco de aceite. Iunia mojó la lana en el recipiente y untó las bisagras y el quicio de la puerta para que ésta se abriera sin ningún chirrido, invocando así fortuna para los esposos y fertilidad para la mujer. El marido cogió a su esposa en brazos y cruzó el umbral con sumo cuidado de no tropezar. Hubiera sido un pésimo augurio si lo hubiera hecho.

"Su esposo la hizo entrar en el dormitorio. En el centro del mismo se erguía un gigantesco falo clavado en el suelo"

En el interior la depositó con suavidad en el suelo y cogió de un esclavo una lucerna encendida y un cuenco con agua para ofrecerlo a la nueva domina de la domus: era el símbolo mediante el que se la convertía en señora absoluta del hogar junto a su marido. Iunia depositó un as en las manos de Salvius y se dirigió al larario de su nueva familia. Colocó allí otro as e hizo la primera ofrenda a sus nuevos dioses. Entregó a un esclavo otro as para que fuera al altar de los lares protectores de las encrucijadas del barrio y lo depositara allí en su nombre.

Su esposo la hizo entrar en el dormitorio. En el centro del mismo se erguía un gigantesco falo clavado en el suelo. Iunia se levantó las vestiduras y fingió frotarse sobre el colosal miembro a fin de invocar la facilidad para quedarse preñada. Su ornatrix ayudó a Salvius a deshacer el complejo nudo de Hércules y dejó solos a los novios, tendida ella en el lectus genialis, rezando al Genius protector de los Salvii.

Al día siguiente, ya convertida en matrona y ataviada con la stola, Iunia, rebosante de felicidad, hizo ofrendas a sus nuevos lares y penates y recibió los obsequios de su amado. Pasada la ora sesta los parientes y amigos más íntimos acudieron a celebrar un banquete más familiar que el del día anterior, la repotia o reboda.

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Desde 2008 Sagunto, según unos, Arse para iberos y griegos, Saguntum para los romanos, se ha convertido en un faro para los amantes de la Antigüedad. Ese año se fundó frente al coqueto Museo arqueológico, en la subida al castillo y al malhadado teatro romano, la DOMVS BAEBIA SAGVNTINA: un puñado de entusiastas profesores de secundaria de latín, griego o cultura clásica, agrupados en la Asociación LUDERE ET DISCERE crearon allí una aula didáctica de Cultura Clásica, a la que desde entonces han acudido millares de jóvenes, de España y otros países, a aprender divirtiéndose con algunos de los variados talleres que los profesionales de la asociación ofertan. He acudido varias veces con mis estudiantes murcianos a vivir la experiencia se sentirse un legionario, vistiendo y empuñando todo el armamento de un miles de época imperial, o a participar en una boda romana, por ejemplo, bajo la exquisita guía de Charo Marco y Amparo Moreno, manantial de sabiduría, perfectamente documentadas y capaces de transmitir una pasión por lo que hacen que contagia a quienes tienen la fortuna de acudir a su luz.

Uno de los documentos que la Asociación LUDERE ET DISCERE pone desinteresadamente a disposición de los amantes del Mundo Clásico es AETATES HOMINIS, en el que dan un repaso a las etapas vitales del hombre en la Antigua Roma, con un exhaustivo estudio de las fuentes, contado de manera muy didáctica y amena. En este documento me he basado para narrar todo lo relacionado con el matrimonio.

Cartagena, una de las ciudades europeas con más Historia a sus espaldas (fue poblada por iberos, cartagineses, romanos, visigodos, bizantinos, mahometanos y cristianos) sufrió durante mucho tiempo la incuria de las clases gobernantes y de la sociedad que las eligió. Varias veces derruida por motivos bélicos, durante el siglo XX su patrimonio histórico fue olvidado, cuando no arrumbado. La ciudad cantonal sufrió una nueva época negra con la crisis industrial de los años 80, de la cual la salvó precisamente el descubrimiento por casualidad en 1988 del hasta entonces desconocido teatro romano. Desde entonces la sociedad cartagenera despertó de su letargo secular y exigió a sus dirigentes, locales y autonómicos, que sacaran a la luz los monumentos hasta entonces durmientes bajo toneladas de escombros o edificaciones ruinosas, y los pusieran en valor. Los últimos lustros han significado el renacimiento de esta ciudad con el teatro romano como buque insignia. Una serie de espacios arqueológicos, en el que brilla con luz propia el Barrio del Foro y su recién inaugurado Museo, ofrece al amante de la memoria la oportunidad de patear lugares besados por Clío, Musa de la Historia. Bajo un edificio construido en la Calle Duque se ha musealizado la conocida como Casa de la Fortuna, una domus de la que se conservan varias estancias, alguna con deliciosos frescos, así como un pedazo de calzada a la que daba su entrada principal. En ella he situado la vivienda de los Paeti, una de las familias más influyentes, mecenas de la erección del teatro, mayormente patrocinado por Augusto y su familia. Cerca del anfiteatro, yaciente hoy bajo la plaza de toros y en proceso de excavación, en un sótano del barrio universitario se ha excavado la Casa de Salvio, cuyos suelos y frescos podemos ver en el Museo Arqueológico Municipal. Por desgracia esta domus no se puede visitar hoy en día.

En honor a estas dos eminentes familias cartageneras de época imperial he llamado así a mis protagonistas.

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NOTA: La primera parte de este artículo vio la luz en el diario LA VERDAD en agosto del 2019 gracias al aliento del periodista Manuel Madrid.

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