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Las tentaciones de San Antonio, de Antonio Sánchez Jiménez

Las tentaciones de San Antonio, de Antonio Sánchez Jiménez

Las tentaciones de San Antonio: Aventura austral (Reino de Cordelia), es una novela de Antonio Sánchez Jiménez (Toledo, 1974) cuenta una aventura asombrosa que ocurre en siglo XVI, en la que Manuel de Maliaño emprende una expedición en busca de las islas del rey Salomón, quimera que despierta la sonrisa de los que asisten a los preparativos en la capital peruana.

El autor es doctor en Literatura Española por la Universidad de Salamanca y Brown University (Rhode Island), y especialista en la obra de Lope de Vega. Ejerce como catedrático de Literatura Española en la Université de Neuchâtel, Suiza.

Zenda publica el epílogo al libro escrito por su autor.

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Epílogo

Mareado lector:

En desagravio por haber soportado esta balumba de adelantadas, aborígenes y chivos danzantes, querría hacerte algunas confesiones para que, al menos, tengas algo en que apoyarte. La literatura es en esencia mentirosa, sobre todo cuando más verdadera (o sincera) parece. Pero, por mucho que mientan, las novelas suelen traer cierta apariencia de verdad que se consigue deformando arteramente los hechos. Como todas, la mía incurre en estos vicios. Comencemos a enumerarlos, como hacía el pregonero de Arisgotas: ¡ha sonado la hora de las revelaciones!

La historia de la mujer que llegó a ser adelantada, almiranta del mar del Sur y gobernadora de las islas del rey Salomón es en parte cierta. La realidad llamó a esa mujer doña Isabel Barreto; a su marido, don Álvaro de Mendaña. Don Álvaro armó dos expediciones a los mares del Sur en busca de las dichas islas. La primera partió de Lima en 1567 y descubrió (para los europeos) las islas Salomón, amén de otra serie de islas. Algunas ni siquiera merecían ese nombre: eran modestos atolones, melancólica habitación de lagartos y petreles. Don Álvaro los visitó todos con igual ilusión y declaró a los animales isleños súbditos de Su Majestad Católica. El viaje le ocupó unos dos años, tras los que regresó al Callao por la ruta del galeón de Manila. Don Álvaro no tenía otra cosa que ofrecer a sus acreedores que collarcitos de conchas y promesas grandiosas. Tardó veinticinco años en convencer a alguien para que le financiara una segunda expedición.

Ese alguien fue su mujer, una rica dama limeña llamada Isabel Barreto. Esta segunda expedición tuvo lugar en 1595 y también resultó desastrosa. Llevaba cuatro naves, una de ellas, la Almiranta [1], mandada por un caballero que llevaba el improbable nombre de Lope de Vega [2]. Don Álvaro consiguió llegar de nuevo a las deseadas islas, que regía sabiamente el cacique Malope, el Malote de mi novela. Obviamente (es tradición), al pobre Malope lo mataron los peruleros. En cuanto a Lope de Vega, pereció en el viaje (su nave se perdió). También don Álvaro murió, y otros muchos, con lo que doña Isabel heredó el título de su marido: adelantada del mar Océano y gobernadora de las islas del rey Salomón. Adelantada, sí, pero en medio del Pacífico y con una tripulación levantisca. Doña Isabel la dominó con mano de fierro. Un ejemplo: los cronistas cuentan que les escatimaba el agua a sus hombres, pero que la usaba para lavarse la ropa. Ella cruzó el océano fresca como un nardo; sus hombres, resecos como pergaminos. Fuera como fuere, doña Isabel consiguió salvar una nave y llegar a Manila. Allí escaseaban las europeas y no tardó en casarse de nuevo. Al poco, regresó al Perú con su flamante marido, un gallego apocado a quien atormentaba (decía él) el fantasma de don Álvaro de Mendaña.

Los detalles de la segunda expedición, la más interesante (por lo desastrosa), se pueden hallar en las crónicas de Pedro Hernández de Quirós. Algunos de los episodios de mi novela se inspiran en los memoriales de este experto navegante e infatigable quejica a quien algunos entusiastas aclaman como descubridor de Australia.

El sobrenombre de Armada del Mar del Sur que cita el imprescindible estudio de González López (el del epígrafe) procede, a fin de cuentas, del libro de Pérez-Mallaína y Torres Ramírez (La Armada del Mar del Sur, 1987). Sin embargo, se refiere a una armada, esto es, a una flota de guerra, no a una expedición, por lo que nos tomamos ahí cierta licencia. De modo semejante, el (pueril) interludio sobre el convento de Santa María Magdalena combina hechos reales con insinuaciones ridículas. Podría haber añadido una curiosa cita de Léonce Argand, que abunda en ellas. Se encuentra en una carta a Marguerite Guizot del 29 de octubre de 1833 (¡cien años antes de la fundación de la Falange Española!). En ella, el viajero francés cuenta cómo reaccionaban al pasar frente a la Magdalena los barberillos y arrieros que él frecuentaba:

Al preguntarles yo por qué no seguían tocando su guitarra y cantando, como solían, y qué tenía aquella plaza que les hiciera callar, siguieron haciéndose cruces, muy asustados. Me aseguraron que aquel lugar estaba maldito.

Comprobarán los lectores que los demonios son muy socorridos. ¡Gajes del oficio!, que diría don Manuel.

En cuanto a la historia del lastre que trajo a Lima la nave de don Jusepe Salas, se basa en la carta de concesión del marquesado de Santiago de Surco al dicho caballero [3], así como en esta sátira llamada «De la Armada de don Álvaro de Mendaña», de Mateo Rosas de Oquendo (Biblioteca Nacional de Lima, Ms. 1490):

Si de aclarar el desastre
todavía os queda sed,
pregunte vuestra merced
dónde fue a parar el lastre,
o por qué quedó en chitón
entregar todo aquel oro
(fuera o no fuera de moro)
a la santa Inquisición.

En lo que respecta al resto de documentos y libros citados en la novela, algunos son auténticos. Otros, fantásticos, parcial o totalmente. Dejemos a los ociosos averiguar cuáles.

En el texto también acechan préstamos. M. P. Shiel (The Purple Cloud) me dejó sus «floating tombs», su «liquid churchyard» [4], sus «Cyclopean cathedrals». Borges («El soborno», en El libro de arena), e, indirectamente, Clea Gerber, su «broma cósmica». La irrealidad de las gavias y la idea del gaviero soñador sale, como muchos reconocerán, de la sin par Moby-Dick. De modo semejante, la escena de la tormenta toma imágenes de Los pilotos de altura, de Baroja, pero bien podía haberlas encontrado en Virgilio, en Pedro de Oña, en Lope de Vega [5]; tal vez incluso (por evocación) en Rimsky-Korsakov. En cuanto a las costumbres del rey don Gualterio, algunas son las de Atahualpa [6]. Ni siquiera el gran Nietzsche está a salvo de este saqueo: de su Zaratustra saco la idea de la mordedura del djinn.

Más: de gustosa lectura y feraz inspiración fueron Extremo Oriente y Perú en el siglo XVI (1992), de Fernando Iwasaki, y El miedo en el Perú (2005), de Claudia Rosas Lauro. Revelador fue «Yo doro Grial», del último libro de Rodrigo Olay (Vieja escuela): es el relato de esa fantasía griálica lo que me gustaría haber escrito. He hecho al respecto lo único que estaba en mi mano: espigar algunos de los versos de Olay para mis epígrafes, con lo que los capítulos adquieren, o así lo espero, la sensación de caza fantasmagórica que quiero dar al libro, sensación que también se podría encontrar, creo, en «The White Stag», de Ezra Pound. Sin embargo, la inspiración principal se la debo, de nuevo, a David González López, quien llamó mi atención sobre un pasaje de El arte mágico, de André Breton. En él, el muñidor del surrealismo comentaba un grabado de Schongauer (reproducido por Israhel van Meckenem) que representa a san Antonio atormentado por sus diablos. Breton sostiene que «respecto a la tropa infernal, Antonio juega el papel de un “provocador” indeciso, de una singular pasividad: se diría un mago abrumado por el exceso de alucinaciones evocadas por él mismo».

En cuanto a material antártico, nada mejor que La melancolía del hielo (2010), de Javier Guijarro. Reúne dos virtudes aparentemente opuestas: la capacidad evocativa y la precisión.

Y, aparte de por sus escritos, tengo perpetua deuda, por sus paseos limeños y anécdotas (incluyendo la de la legión arcangélica), con el sabio José Salas, con el poeta Jorge Wiesse, con la virreina doña Martina Vinatea. Por su atenta lectura y sugerencias, con Linda Campbell.

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[1] Durante el Siglo de Oro, la nave principal de una expedición o armada se llamaba la nao Capitana; su segunda, la Almiranta. La nao capitana es también el título de una novela de Ricardo Baroja.

[2] En esos mismos años, en España, el otro Lope de Vega regresaba a Madrid de su exilio en Alba de Tormes.

[3] Archivo Histórico de la Nobleza, Archivo de los marqueses de Salas de Surco: carta de concesión del marquesado de Santiago de Surco, 4.6.1599.

[4] En La Filomena, Lope de Vega llamó al río Estrimón «sepulcro transparente» de Orfeo («La Filomena», canto I, v. 74).

[5] Santiago Fernández Mosquera ha dedicado al motivo un bello estudio: La tormenta en el Siglo de Oro: variaciones funcionales de un tópico (Madrid, Iberoamericana, 2006).

[6] Lo comprobarán quienes consulten los textos que reúne Porras Barrenechea en Los cronistas del Perú, libro del que alguien dijo (hiperbólicamente) que era el único que merecía la pena leer en castellano.

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Autor: Antonio Sánchez Jiménez. Título: Las tentaciones de San Antonio. Aventura austral. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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