En 2006 Halit Yozgat fue asesinado en el locutorio que regentaba en la ciudad de Kassel, en Alemania. Tenía 21 años, era de origen turco y profesaba la fe musulmana. Dos tiros a quemarropa bastaron para que se desplomase detrás del mostrador, dos tiros que le disparó alguien a quien la policía nunca llegó a atrapar. Se reconstruyó la escena del crimen, además del crimen mismo, con la ayuda de Andreas Temme, casi diez años después, durante el juicio que se llevó a cabo. Andreas Temme no era la única persona que había en el locutorio en aquel momento, solo la única que dijo no haber visto, oído u olido nada. Aunque salió a la luz que era un agente de los servicios de inteligencia alemanes y pese a que su declaración ante el juez fue calificada de incomprensible por la policía, no hubo investigaciones posteriores ni sobre Temme ni sobre los servicios de inteligencia. Dio igual que aquel asesinato se relacionase con otros que podrían haber sido cometidos por un grupo neonazi. Tampoco importó demasiado que la cifra de posibles asesinados por parte de ese grupo sobrepasase la decena. El curso de aquel juicio y del callejón sin salida adonde habían llegado las investigaciones solo cambió cuando la organización Forensic Architecture intervino.
A Forensic Architecture, en el caso de Halit Yozgat, no le interesaba tanto incriminar a Andreas Temme como demostrar la inconsistencia inaceptable de sus declaraciones. No le importó que algunos grupos de izquierda sugiriesen que quizás Temme había actuado como un lobo solitario y él había asesinado a Halit Yozgat sin seguir otras directrices salvo las suyas. Con anterioridad, el proceder de Forensic Architecture se había basado en la presentación de varios testimonios, tejiendo con ellos argumentos difíciles de desestimar, en casos relacionados con Siria, Palestina, Israel o la antigua Yugoslavia. En esta ocasión, sin embargo, reconstruyeron el escenario del crimen en un centro artístico de Berlín, además de utilizar material filtrado por medios desconocidos, entre otras cosas un vídeo con la reconstrucción que hizo Temme para la policía de sus movimientos en el locutorio antes y después del asesinato, o las declaraciones de otros cuatro testigos. Los miembros de Forensic Architecture que intervinieron en aquella instalación, utilizaron sensores hiper sofisticados solo para demostrar la imposibilidad de que Temme no hubiese oído, visto u olido nada anómalo mientras estuvo en el escenario de los hechos. Cuando les preguntaron cuáles eran sus verdaderos objetivos, su respuesta fue categórica: «no estamos aquí para probar la culpabilidad o inocencia de Temme en el asesinato de Halit Yozgat, únicamente queremos poner de relieve lo inaceptable que resulta que haya un sistema judicial y social que acepte un testimonio como el suyo sin hacer todo lo posible para destapar sus posibles mentiras».
Genocidios, el libro coordinado por Júlia Nueno Guitart, supone una nueva intervención de Forensic Architecture, esta vez centrada en el uso de la inteligencia artificial por parte del ejército israelí para identificar blancos humanos en la franja de Gaza con su artillería y su fuerza aérea. Por encima de los cimientos sobre los que se sustenta el libro, que busca ensayos de genocidios (como los perpetrados en Namibia, Turquía, Birmania, Camboya o Ruanda a lo largo del siglo XX) para establecer algo parecido a patrones de exterminio y a través de ellos posiciones hegemónicas relacionadas con el colonialismo y el imperialismo, lo que sorprende en sus páginas es el profundo análisis de los mecanismos mentales, intelectuales y creativos que se utilizaron y se siguen utilizando cuando se quieren perfeccionar las formas de exterminio de un pueblo sobre otro. Con esto me refiero a que si la pretensión del humanismo occidental, con sus artes y sus academias, con sus consejos de sabios, sus premios Nobel y sus genios probados e ignorados, se suponía que sería la mejora de la raza humana, el saldo final de ese gran despliegue cultural es bastante desolador porque deja a las claras nuestra tendencia a infligirnos dolor unos a otros y de buscar cada vez con mayor ahínco formas de destrucción masiva. De poco vale, al parecer, aprender del legado judío porque seguiremos escuchando, de boca de gente supuestamente instruida, expresiones denigrantes hacia los judíos. Insultaremos a los árabes, si nos da por ahí, o lo harán nuestros representantes políticos, nuestras generaciones jóvenes y personas a quienes suponíamos responsables porque debían haber aprendido de nuestro legado y del legado de aquellos a quienes insultan, pero no fue así. Algo le está dando la razón a los versos del poeta William Butler Yeats: «las cosas se desmoronan;/ el centro ya no se sostiene».
Genocidios, que es el último volumen de la colección Interespecies que Jorge Carrión dirige para Galaxia Gutenberg, explora la masacre de Gaza a través de tres planos: el histórico, el tecnológico y el social. Va más allá, en ese sentido, del propio genocidio, insistiendo en el borrado de un posible futuro para los gazatíes supervivientes. Observa cómo el ejército israelí optimiza sus recursos y premia a quienes fabrican objetivos y métodos de destrucción innovadores, sin pensar en si las víctimas serán civiles inocentes y mucho menos en las posibles consecuencias a medio y largo plazo de la destrucción de viviendas e infraestructuras, dejando así pocas posibilidades a los supervivientes de sus bombardeos. Todo lo que antes generaba ingresos y ayudaba a fabricar productos de primera necesidad entre los palestinos de la franja fue barrido. Se destruyeron campos de cultivo, canalizaciones de agua, carreteras, hospitales, autobuses y otros vehículos de gran capacidad, universidades, colegios, institutos y seis de cada diez edificios. Tiendas, panaderías y supermercados. Entre los escombros, da igual si queda algo en pie porque el acceso será muy difícil y las condiciones de salubridad de la zona serán escasas o ninguna.
En el párrafo inicial del libro Los hundidos y los salvados, Primo Levi transcribe lo que le decían los soldados de las SS a los prisioneros de los campos de exterminio: «De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, aun así no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas». En una mesa redonda celebrada hace ya unos cuantos años, Claude Lanzmann y Jean-Luc Godard se enfrascaron en una acalorada discusión. El primero aseguraba que no solo no quedaban filmaciones de lo que había sucedido en las cámaras donde se gaseó a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial sino que además esas filmaciones nunca se habían hecho; y el segundo afirmaba lo contrario, por supuesto. Uno y otro enseñaban los dientes para alejar a cualquier posible intruso de «su Holocausto», como si la cuestión únicamente les perteneciese a ellos. Da igual quién de los dos tenía razón, lo importante en este caso es que ninguno de ellos fue prisionero en un campo de exterminio, pese a lo cual sus opiniones al respecto parecían ser las de comisarios culturales que no admiten réplicas de ningún tipo, algo que suele suceder cuando los juegos intelectuales se superponen a la experiencia. Jorge Semprún poco antes de morir reconocía que dentro de poco los últimos testigos del Holocausto habrán muerto y se instaurará la Historia, y en adelante a las víctimas no las velarán los supervivientes sino una serie de personajes que confían la verdad de los hechos a la exactitud de las cifras y las fechas, al carácter pseudo científico y no al epistemológico de toda verdad.
Un libro como Genocidios demuestra cómo el paradigma ha cambiado con respecto a los crímenes contra la humanidad, que ya difícilmente pueden ocultarse porque casi cualquiera, con simplemente un teléfono móvil, puede documentarlos. Ahora no hay escasez o ausencia de imágenes, ahora el problema es la cantidad ingente que puede haber y la necesidad de discriminar entre las existentes, porque en muchos casos no resulta fácil decir cuáles son reales y cuáles no. Pero no solo eso. Además, las imágenes, incluso cuando son reales, es necesario saber interpretarlas, saber leerlas, antes de sacar conclusiones a partir de ellas. Eso explica el uso de mapas, imágenes satelitales, gráficos, dibujos, redes y rastros oculares y auditivos, como acompañamiento de los distintos textos que integran el libro, para autentificar todo lo que se cuenta en sus páginas. Algunos de los resultados que se despliegan se han utilizado ya como material probatorio en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en la Corte Penal Internacional y en la Corte Internacional de Justicia. Aunque ahora mismo el genocidio en Gaza parezca haberse dormido, la lectura de este libro tiene un extraño efecto: hace que uno sienta como si estuviese siendo escrito al dictado del presente. Sus frases e imágenes, sin embargo, no pretenden ser «la verdad», tan solo intentan ser «el proceso para llegar hasta ella».
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Autora: Júlia Nueno Guitart. Título: Genocidios. Una lectura forense. Traducción: Teresa Bailach. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.


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