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Lectores de Múltiples Libros Anónimos

Lectores de Múltiples Libros Anónimos

Algunos años leo más libros que otros, dependiendo de mis circunstancias, a pesar de que leer libros ha sido siempre una de mis prioridades. Aún a veces me sorprendo cuando alguien me dice que no tiene tiempo de leer —alguna gente se sorprende a su vez cuando les digo que yo no tengo tiempo para ver la televisión, y mira que me sabe mal porque a algunos programas sí me gustaría dedicarles algo de atención— pero enseguida me recupero: es cuestión de prioridades, todo es cuestión de prioridades.

Como empecé a dar tumbos por el mundo desde muy joven, no poseo una biblioteca fija. Durante al menos unos años sí me empeñé en que ¡los libros se vienen conmigo!, un engorro indescriptible, hasta que se me ocurrió la genial idea de hacer una lista de todos los que recordaba haber leído. Solo entonces estuve preparada para, una vez leídos, dejarlos en libertad. Más de veinte años después, continúo con mi lista, que a veces repaso cuando alguien me pregunta qué he leído o qué recomiendo. Y veo que en 2006 leí la mitad de libros que en 2005; fue el año que nació mi primer hijo. En 2008 leí la mitad que en 2006, o sea: un cuarto de lo que leí en 2005; fue el año que nació mi segundo hijo. Pero en 2003 leí muchísimo.

Recuerdo ese año con cariño. Fue uno de los raros en que mi recién estrenado futuro ex-marido y yo decidimos intentar echar raíces en algún sitio. El arraigo no duró más de un año pero en ese tiempo disfruté de un trabajo fabuloso en Perth. Una de las maravillas de mi nuevo puesto era que vivíamos a cuarenta y cinco minutos en coche, una hora y cuarto en autobús. A mi marido le costaba creer que yo prefiriera tomar el autobús cada día; en Australia, donde las distancias son tan largas y todo el mundo «necesita» un automóvil propio para desplazarse, hay gente que no ha usado jamás el transporte público. Pero yo soy de Barcelona y levantarme a las seis de la mañana para tomar el autobús significaba que al final de cada día habría disfrutado de dos horas y media de lectura, además de las que dedicaba en casa.

"Siempre tengo cuatro o cinco libros empezados que voy leyendo a la vez y además en diferentes idiomas; he intentado corregir este mal hábito, pero no lo consigo."

Un día, sin embargo, entró en el autobús una conocida. No fue necesario fingir que no la había visto porque no había levantado la vista de mi libro. Pero ella sí me reconoció a pesar de mi cabeza gacha, y se sentó a mi lado. Nos saludamos y entablamos una conversación que resultó interesantísima para mí. Siempre me ha fascinado el hecho de que puedas conocer a una persona durante meses y años y no llegar nunca a ahondar más allá de la superficie, hasta que te encuentras con ella en un contexto diferente y de repente te conviertes en su padre confesor. Habló casi todo el tiempo ella y me dio muchas ideas que todavía conservo en algún rincón de la memoria. Además, tocó varios temas. Entre ellos, me habló de su padre, divorciado de la madre desde hacía muchísimos años, solitario, incomprendido. Me dijo que tenía problemas mentales, algo que se percibía en el mismo momento en que una entraba en su casa, pues tenía libros por todas partes, muchos de ellos abiertos, ya que ¡los estaba leyendo!

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Reaccioné a esta información abriendo los ojos como pelotas de golf aunque mi perplejidad no se debía al descubrimiento de que alguien leyera de forma tan rara, sino a que se considerara de locos leer varios libros a la vez. Ella interpretó mal mi mirada y reconozco que no me atreví ni a rechistar cuando sentenció: «La gente normal empieza un libro, lo lee, lo termina y luego lee otro». Reconozco también que mis amigos me han llamado y me llaman loca y que no me importa no ser normal, aunque no es por el hecho de que yo también lea así. Sí, lo confieso, me llamo Carmen y soy miembro de Lectores de Múltiples Libros Anónimos. Siempre tengo cuatro o cinco libros empezados que voy leyendo a la vez y además en diferentes idiomas; he intentado corregir este mal hábito, pero no lo consigo.

No he encontrado ningún estudio científico que demuestre que las personas que leen varios libros a la vez tengan una mente desordenada o desequilibrada. Al contrario, estoy esperando el día en que uno de esos estudios realizado en alguna prestigiosa universidad concluya que las personas que leen varios libros a la vez muestran una mayor actividad cerebral y por tanto reducen considerablemente el riesgo de padecer enfermedades degenerativas como el Alzheimer. Es como saber idiomas. Cuantos más hablemos, escuchemos, leamos y escribamos, más ejercitamos el cerebro. Las personas que solo hablan un idioma y solo leen un libro —ya es algo— no lo comprenden y tienden a pensar que confundirían las tramas y las diferentes palabras y gramáticas. En mi experiencia, nada es más lejos de la realidad. Yo necesito leer varios libros a la vez, porque si leo solo uno, se termina muy rápido y al cabo de pocas semanas ya no me acuerdo de qué iba. Pero si tengo varios empezados y voy saltando de uno a otro, obligo a mi cerebro a concentrarse más y recordar en qué punto nos quedamos y qué pasó antes de reanudar la lectura.

"El cerebro humano no está diseñado para leer como lo está para el desarrollo del lenguaje hablado, por ejemplo. Es algo a lo que se ha tenido que adaptar desde que aparecieron los primeros jeroglíficos. "

Según algunas personas que se están dedicando a estudiar los nuevos hábitos de lectura, esta falta de fidelidad a un solo libro está directamente relacionada con las nuevas tecnologías. Es más, algunos neurocientíficos advierten con preocupación y alarma que estamos desarrollando cerebros digitales y que la manera en que saltamos de una información a otra en internet, leyendo solo unas líneas de cada artículo o echando solo un vistazo al título o las fotos, a trompicones de una página a otra deteniéndonos solo en palabras sensacionalistas, sin comprometernos a leer nada de forma lineal, está afectando a la manera en que leemos una novela.

Dicen que esta manera alternativa de leer compite con la lectura profunda que llevamos elaborando desde milenios. Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva de la Universidad de Tufts (cerca de Boston) y autora del libro Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain —es lamentable que en la versión española se hayan cargado a Proust y el calamar y lo hayan traducido así: Cómo aprendemos a leer. Historia y ciencia del cerebro y la lectura— declara que «la manera superficial con la que leemos durante el día nos afecta cuando tenemos que leer algo con más profundidad». Se suman a ella otros científicos y amantes de las letras que abogan por un retorno a la costumbre de leer con lentitud. También se investigan las diferencias entre leer en digital y leer en papel, y algunos ya han concluido que la comprensión lectora es más eficaz si se lee en papel.

El cerebro humano no está diseñado para leer como lo está para el desarrollo del lenguaje hablado, por ejemplo. Es algo a lo que se ha tenido que adaptar desde que aparecieron los primeros jeroglíficos. Por eso, leer es una tarea difícil que a unos cuesta más que a otros y que no debería imponerse, ni a todos por igual, a la misma edad, como se hace en el sistema educativo occidental actual.

"Hace años que no termino todo lo que empiezo porque ya he aprendido a no perder el tiempo y porque hay millones de libros por leer y no todos son buenos."

Continúan diciendo los entendidos que antes de internet, el cerebro leía mayoritariamente de manera lineal: una página detrás de otra y sin saltarse líneas. Internet lo cambió todo. Con tanta información, hipertextos, vídeos e interactividad, el cerebro busca atajos para poder con todo, por eso escaneamos, buscamos palabras claves y desplazamos el ratón arriba y abajo con frenesí. A esto se le llama lectura no lineal. Algunos investigadores creen que este tipo de lectura se está imponiendo a las otras maneras de leer, a la lectura profunda que mencionaba más arriba. Aunque esto se aplica solo a la gente que lee libros, claro, que se ve que somos muy pocos; el resto no ha leído nunca de manera profunda.

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Cuando leemos una novela, no vamos en busca de información, sino que leemos cada una de las palabras por igual y no nos saltamos páginas. ¿Es verdad o no? En mi caso, aseguro que sí, que cuando leo novelas y libros en general —en contraste con artículos de periódico— continúo leyendo de manera lineal, a pesar de que internet está muy presente en mi vida. También leo de manera lineal los artículos interesantes y bien escritos que encuentro gracias a internet. Pero observo a mucha gente que no lee libros así, que se salta páginas y capítulos si no le atrapan la atención. Según Andrew Dillon, un profesor de la Universidad de Texas que también estudia el tema de la lectura, los hábitos diarios de clicar y saltar de un lugar a otro nos están cambiando el cerebro. Ya ha quedado demostrado que el cerebro humano es la máquina más compleja que existe y su plasticidad no tiene fecha de caducidad.

A mí esta manera de leer —también la he oído llamar «leer en diagonal»— no deja de sorprenderme, porque yo, de jovencita, libro que empezaba libro que terminaba, y me parecían todos buenísimos, desde los clásicos del siglo XIX hasta los contemporáneos de aventuras y misterio. Y además los leía enteros y siempre en orden, menos Rayuela, que no me convenció porque me quedé con la sensación muy verdadera de no haberlo leído todo. Hace años que no termino todo lo que empiezo porque ya he aprendido a no perder el tiempo y porque hay millones de libros por leer y no todos son buenos. Sé que no podré leer ni siquiera todos los buenos, así que abandono sin remordimiento los que no me cautivan desde el principio. Achaco esta transición en mis hábitos de lectura a la edad: también de muy joven leía un libro tras otro, no muchos a la vez. Y es que creo que con la madurez y ya muchas lecturas a la espalda, nos volvemos más críticos y el cerebro no acepta cualquier porquería. En internet hay contenido valioso pero también mucha basura, y por eso hay que ir saltando de un lugar a otro y, al menos en mi caso, descartando lo malo.

Aun así, cuando leo libros, aunque sea para documentarme, los sigo leyendo de pe a pa, por eso de que ¡no vaya a perderme algo importante! Y no me salto páginas. De hecho, yo solo leo como una saltimbanqui algunos blogs y artículos de periódico que no me son del todo interesantes. Pero no es algo nuevo: mucho antes de internet ya hojeaba y ojeaba el periódico; no lo leía. Y la gente que lee algunos libros así también lo hacía antes de internet. Mi madre siempre me ha contado, por ejemplo, que cuando mi abuela ya era mayor leía el principio de las novelas y el final, porque de lo del medio ya se hacía cargo o prefería imaginárselo. Una amiga, ávida lectora, también siempre ha tenido la costumbre de ahorrarse «las partes aburridas» de las novelas, y yo le pregunto: «¿Cómo sabes cuáles son, o cuándo vuelven las partes divertidas?»; yo necesitaría que el autor me avisara así: ahora viene una parte rollo, dentro de tres páginas vuelve lo bueno. Soy lectora lenta y solo recuerdo una ocasión en que por curiosidad me repasé un superventas en dos días, a hurtadillas en la oficina; tan rápida y superficial era la trama que me saltaba líneas y no me perdía nada.

Sean cuales sean nuestros hábitos, los estudiosos de la lectura recomiendan que seamos conscientes de la manera en que leemos. Si has notado que te cuesta leer una novela, que sientes el impulso de saltarte páginas o no consigues concentrarte en ella, quizá hayas estado inadvertidamente entrenando a tu cerebro a no prestar largos períodos de concentración a la lectura. O quizá es que te haces viejo, como yo, y cada vez nos cuesta más encontrar algo que después queramos recomendar desde un tejado y a los cuatro vientos.