Inicio > Libros > No ficción > Leer sin red
Leer sin red

A pesar de su subtítulo, este libro no es un mapa exhaustivo ni una historia ordenada de la poesía americana, ni siquiera una teoría de «lo americano», ni tampoco se presenta como una intervención explícita en las disputas historiográficas o críticas en torno al canon. Su visión es oblicua y, por ello, también más exigente. Dobry escribe desde una convicción que no adopta la forma de tesis demostrativa, sino la de «procedimiento» de lectura; algo que emerge en el acto mismo de esa lectura cuando ciertas obras de ciertos autores lo enfrentan a interrogantes sin la mediación tranquilizadora de categorías prefijadas; obras que le permiten pensar en planteamientos críticos que aún siguen abiertos.

El libro no intenta responder a la pregunta clásica de ¿quiénes son los grandes poetas de América?, sino a otra menos tranquilizadora: qué obras han sido capaces de poner en crisis una idea previa de lo americano cuando se las lee sin garantías canónicas. El resultado es un recorrido irregular, con capítulos de extensión muy desigual y ausencias llamativas que pueden desconectar al lector acostumbrado a la lógica de los manuales. Pero esa irregularidad no es un descuido, forma parte del método empleado y así lo reconoce el propio autor, algo que no solo determina la estructura del libro, también explica su potencia y su vulnerabilidad. América en sus poetas no se organiza a partir de un corpus representativo ni de un principio de jerarquía. Dobry no selecciona autores porque deban estar ni porque su ausencia resulte escandalosa desde otras perspectivas. Pero este modo de proceder explica una de las primeras resistencias que el ensayo puede suscitar en el lector: la sensación de arbitrariedad. ¿Por qué estos poetas y no otros? ¿Por qué están ausentes figuras ineludibles como Neruda o Huidobro? ¿Por qué la desigualdad de la extensión y densidad de los capítulos? Dobry no esquiva estas preguntas porque en realidad no las aborda frontalmente, las desactiva, por eso no las responde en los términos habituales. La exclusión de nombres mayores no obedece a un gesto provocador ni a una voluntad de corrección del canon, sino a una lógica más estricta: esos autores, precisamente por su centralidad y por el grado de sedimentación crítica que los rodea, resultan menos productivos para el tipo de lectura que persigue el ensayo. Y es aquí donde se perfila con toda claridad la hipótesis implícita en el libro (esa orientación crítica que se revela a posteriori, esas tramas que se hacen visibles «en» la lectura): no pretende ofrecer una imagen completa ni representativa de la poesía americana, ni fijar una identidad continental a partir de un repertorio de nombres ilustres, ni mucho menos decirle al lector cómo ha de leerse una obra —él mismo explica que su ensayo está escrito para sugerir «sustratos, asociaciones y direcciones no siempre evidentes», no para dictar cómo se debe interpretar un poema—. Persigue algo más modesto y a la vez más arriesgado: dar cuenta de una forma de leer.

"Avanza allí donde la lectura se vuelve productiva y se detiene cuando esa productividad se agota, obligando al lector a abandonar la expectativa de equilibrio propia del discurso académico tradicional"

Si bien su proposición, al renunciar al sistematismo, deja fuera zonas muy poco exploradas (Brasil, El Caribe), las ausencias de esas figuras canónicas no pueden discutirse porque el estudio elude deliberadamente la perspectiva historiográfica. El libro oscila entre una cierta noción histórica de América (colonial, lingüística, política) y una noción abstracta como espacio de modernidad no europea, sin resolver del todo la tensión entre ambas ya que ni siquiera se pretende. Ahora bien, la apuesta del libro no está libre de riesgos. Al renunciar a formular de manera explícita una tesis o marco teórico fuerte, Dobry deja en manos del lector la tarea de reconstruir la coherencia del conjunto. Esta decisión, que refuerza la concepción del ensayo como experiencia y no como demostración (es decir, ofrece al lector la posibilidad de utilizar también el método de Dobry) puede resultar exigente e incómoda. La libertad del enfoque, cuando no se explicita su regulación interna, corre el riesgo de confundirse con arbitrariedad; pero digamos también que el propio autor se cura en salud en el prólogo del libro. Lo que nos ofrece es la honestidad de una lectura consciente de su parcialidad y dispuesta a asumirse como método. Desde esta perspectiva, la desigualdad entre capítulos deja de ser un defecto para convertirse en un síntoma de esa forma de leer. Su autor no escribe extensamente sobre un poeta porque lo considere más importante, sino porque esa obra en concreto a la que se refiere le permite abrir preguntas o tensionar categorías heredadas. El criterio, por tanto, no es valorativo ni representativo, es operativo. América en sus poetas avanza allí donde la lectura se vuelve productiva y se detiene cuando esa productividad se agota, obligando al lector a abandonar la expectativa de equilibrio propia del discurso académico tradicional.

"Para Dobry, Poe inaugura una autonomía estética que emancipa el poema de toda función moral o pedagógica; abandona el didactismo y consolida el poema como entidad sin transitividad. Whitman, en cambio, lo politiza"

Los veintitrés capítulos tratan de veintiún autores (Lugones, Ashbery y Kamenszain tienen doble capítulo) y se ordenan cronológicamente según la fecha de nacimiento de los poetas, desde Poe hasta Raimondi, pero ese orden funciona únicamente como un andamiaje externo. No se busca una progresión histórica ni una narración de influencias o escuelas. El libro se articula como una constelación de ensayos breves que dialogan entre sí de forma lateral, no por filiación, configurando un campo de tensiones que Dobry determina por resonancia poética o problemática. Su procedimiento recuerda más a una lógica de montaje que a una historia literaria. Lo decisivo no es la continuidad, sino el choque, el desplazamiento, la aparición de un conflicto allí donde no se lo esperaba, como reconoce el propio autor: «Lo significativo suele encontrarse donde no se lo busca». De ahí que Dobry no trate de confirmar lo que sabemos, sino crear condiciones para que aparezcan otro tipo de cuestiones que él mismo acaba desmontando; por ejemplo, que hablar de una identidad poética americana presupondría tres cosas problemáticas: que existe un sujeto colectivo previo (América), que ese sujeto puede expresarse de forma relativamente homogénea, y que la poesía sería el vehículo privilegiado de esa expresión. Su postura quiere mostrar cómo cada obra es una solución provisoria a un conjunto de tensiones (herencia colonial, lenguas impuestas-lenguas heredadas, autonomía estética o posicionamiento político); de ahí que su posición más radical sea metodológica, en el sentido de que no vale la pena preguntarse qué es la poesía americana. La interpelación que habría que plantearse es qué hace cada poema —ni siquiera cada autor a lo largo de su obra— con los conflictos que lo atraviesan.

"El neobarroco americano se presenta como un movimiento de alcance transnacional vinculado al exilio por la dispersión forzada por las dictaduras"

La relación de las poéticas de Poe y Whitman queda traspasada desde sus inicios por una tensión entre autonomía y «politicidad». Para Dobry, Poe inaugura una autonomía estética que emancipa el poema de toda función moral o pedagógica; abandona el didactismo y consolida el poema como entidad sin transitividad. Whitman, en cambio, lo politiza, funda una épica democrática donde el poema aspira a encarnar la idea de comunidad. Dobry no intenta conciliarlos, al contrario, muestra que la poesía americana se desarrolla en la tensión irresoluble entre autonomía y representación colectiva, tensión que reaparecerá bajo distintas formas a lo largo del libro. En este sentido, una de sus aportaciones más sólidas es la relectura del modernismo, especialmente de Rubén Darío. Sostiene que el modernismo es el momento inaugural de la autonomía formal en lengua española, condición necesaria de toda vanguardia posterior. También señala cómo Enríquez Ureña situó en el modernismo el advenimiento de una autonomía literaria y emancipación formal en Hispanoamérica. Subraya que la asimilación de influencias es el modo específicamente americano de producir novedad. En Lugones y Vallejo se ve que la vanguardia americana no es un programa homogéneo, sino esa zona de conflicto —referida anteriormente— donde conviven impulso experimental (incluyendo el feísmo de la fase final del primero) y sus recaídas reaccionarias. Sobre Vallejo dice literalmente: «Trilce es un caso único por la potencia significativa y simbólica de su inestabilidad, de su vibración ajena a la unicidad y lo fijado. En este sentido, Trilce elabora una política de la poesía, y no al revés».

El neobarroco americano se presenta como un movimiento de alcance transnacional vinculado al exilio por la dispersión forzada por las dictaduras. En Perlongher se muestra la fractura interna entre teoría, poesía y experiencia, a lo que se une el rechazo de París (es decir, del posestructuralismo) en favor de una deriva americanista. En el capítulo dedicado a Zurita resalta el carácter monumental de su poesía vinculándolo al bombardeo del 11 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile. Lo presenta como un poeta donde lo político irrumpe no como poesía comprometida, sino como forma que atraviesa el poema mismo y su expansión material más allá de la página.

"Tal vez su mayor acierto sea dejar en el aire esta pregunta: ¿qué se espera hoy de la crítica cuando decide tomarse en serio la experiencia de leer?"

La conclusión que se impone tras la lectura del libro no es complaciente y exige abundantes conocimientos previos. No es un ensayo para orientarse ni para confirmar ideas preconcebidas; cada capítulo abre cuestiones que rara vez se clausuran. La coherencia del conjunto no está formulada de antemano, debe ser reconstruida por el lector a partir del recorrido. Esta libertad ensayística implica un riesgo evidente: que el método se confunda con el capricho, pero Dobry no pretende resolver los dilemas que plantea, sino mantenerlos abiertos y mostrar que toda ordenación —además de una ficción— es siempre parcial y provisional. Y hay algo más importante, obliga a replantearnos qué se espera hoy de la crítica literaria. Su respuesta —implícita, no enunciada como programa— es clara: la crítica no debe cerrar, ni aislar, ni representar, ni garantizar una forma de «saber», sino abrir, problematizar, producir una experiencia de lectura capaz de incomodar incluso a quien la practica.

América en sus poetas es un gran libro que deja al lector a la intemperie, tal vez un poco incómodo, pero a cambio le ofrece algo mucho más valioso: la demostración de que leer sin red sigue siendo, incluso hoy, una forma legítima y muy fructífera de pensamiento crítico. Que esa apuesta resulte plenamente convincente, o no, dependerá del lector. Pero una vez reconocida la coherencia interna y la honestidad del método, resulta difícil negar que el libro asume, con lucidez y sin coartadas, el riesgo que implica pensar la poesía en un tiempo poco dispuesto a aceptar la intemperie del ensayo. Más aún cuando su autor despliega una escritura brillante y una dicción exquisita (qué gusto da leer a quien bien sabe escribir). Tal vez su mayor acierto sea dejar en el aire esta pregunta: ¿qué se espera hoy de la crítica cuando decide tomarse en serio la experiencia de leer? Leer sin red y caminando encima de un alambre.

—————————————

Autor: Edgardo Dobry. Título: América en sus poetas: Una cartografía lírica del continente. Editorial: Taurus. Venta: Todos tus libros.

5/5 (5 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios