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Lia Piano: “El humor era básico para contar esta historia de libertad”

Lia Piano: “El humor era básico para contar esta historia de libertad”

Foto: Stefano Goldberg

Lia Piano, la hija menor de Renzo Piano, el célebre arquitecto italiano, y directora de la Fundación Renzo Piano en París, publica su primera novela, Planimetría de una familia feliz (Seix Barral), mezcla de realidad y ficción, una novela repleta de recuerdos felices de su infancia, de los que nos habla para Zenda desde la Fundación en París.

Lia reparte su tiempo entre la capital francesa y Génova. Durante la entrevista mezcla italiano y francés y sus ojos sonríen cuando habla de su niñez. Lia cuenta qué le animó a escribir esta historia sobre su excéntrica familia y una infancia poco al uso, y explica por qué combina recuerdos verdaderos con otros ficticios.

¿Por qué se animó a escribir esta historia familiar tan parecida a su vida de niña? 

"La novela surgió cuando tuvimos que vaciar la casa de nuestra infancia. Escribir fue mi manera de despedirme de ella"

—La novela surgió cuando tuvimos que vaciar la casa de nuestra infancia. Escribir fue mi manera de despedirme de ella. Era una casa muy grande, un lugar fantástico en el que viví de niña rodeada de animales, unos padres diferentes, un jardín maravilloso, muchos libros y mucha libertad.

Era la hija de un gran arquitecto, pero para usted sería solamente su padre, supongo.

—Para sus hijos nuestro padre era solo eso, un padre, aunque ya desde niña fui consciente de la importancia de su trabajo. Por eso en la novela le hago quedarse dos años en casa con nosotros construyendo un velero, porque la realidad es que no paraba. Crecimos considerando la normalidad como algo aburrido y monótono. Eso ocurría en la casa de los demás. La nuestra era ruidosa y divertida.

Y con muchísimos libros.

—¡Una cantidad enorme de libros! Como cuento en la novela, una biblioteca que era como un Scalextric a diferentes alturas, llena de libros. Ahí conocí la magia de la literatura.

Durante mucho tiempo el título de la novela fue Nitroglicerina. ¿Por qué?

—Era un título explosivo, lo sé, y me costó abandonarlo. Hacía referencia a lo que la escritura puede hacer: agarrar el mundo y ponerlo patas arriba. Lanzarlo al aire y que nadie se haga daño, al contrario. 

Finalmente se quedó con Planimetría de una familia feliz.

"Hablo sobre la tentativa fallida de ser normal, porque al final es más importante ser feliz que normal"

—Lo de feliz es porque lo fuimos, y lo de planimetría porque quería dibujar la realidad con instrumentos de la arquitectura, construir la narración como si fuera un edificio. Esta familia, la de la novela y la mía, no es normal. Hablo sobre la tentativa fallida de ser normal porque al final es más importante ser feliz que normal. Para mí la felicidad es la libertad y la alegría, y eso tenía con mis hermanos y con mis padres. 

Tuvo perros de niña, como cuenta en la novela, ¿no es así? De hecho la novela se la dedica a Pippo.

—Sí, Pippo fue mi primer perro, un perro muy especial. De niña me acompañó al colegio en Carnaval disfrazado de sheriff, y las gallinas que correteaban por la casa también lo hicieron de verdad. 

¿Cuál es la obra de su padre que más admira?

—No es fácil contestar a eso… pero te diría que el Pompidou. Mi padre se acuerda del año en el que nacimos cada hijo por la obra que construyó ese año. 

Se podría decir que la casa es el pilar de la novela, si no una protagonista indiscutible.

—Sin duda. La casa es lo más real de todo lo que cuento. Fue el motivo de escribir esta novela. La idea no era escribir la historia de una infancia, sino escribir una historia desde la perspectiva de una niña. Creo que nunca abandonamos del todo las casas de nuestra infancia.

Vivió de niña con mucha naturaleza, jardín y animales. ¿Cómo vive ahora y cómo pasó el confinamiento?

"Lo bueno que trajo el confinamiento, dentro de lo terrible que fue todo, fue poder parar sin excusas"

—Vivo mirando al mar. Para mí es muy importante. El confinamiento lo viví en Génova, mirando al mar. Fui muy afortunada. Necesito el mar o el agua. En Roma viví mirando al río Tíber. Lo bueno que trajo el confinamiento, dentro de lo terrible que fue todo, fue poder parar sin excusas, porque siempre estoy en perpetuo movimiento, y el movimiento es distracción. Fueron unos meses más reflexivos, y eso era necesario. Normalmente arranco mi día, si el tiempo lo permite, dándome un baño en el mar.

Hay un dibujo de la casa en la primera página de su novela.

—Sí, es del arquitecto Shunji Ishida. Me lo regaló y me acompañó durante todo el proceso de escritura. Desde entonces hasta hoy lo miro un rato todos los días.

La cuidadora, Concepita Maria, es uno de los personajes más originales y divertidos de todos. ¿Existió?

—No, es un personaje de ficción, pero sí que se parece a una cuidadora que tuvimos. Ese personaje me permitió jugar con el lenguaje, porque se supone que ella habla un dialecto del sur de Italia, pero en realidad es un idioma inventado, no existe. Es una mujer completamente analfabeta. Ella es el contrapunto al resto de la familia, porque es la que mantiene la despensa llena para el invierno y sabe cuándo hay que parar y pensar en lo importante. Maria es la estrella polar y sólo tiene un objetivo: llegar al día siguiente. Es lo contrario a la idea de libertad en la que vive el resto de la familia. Una libertad bastante caótica. 

Y divertida. El humor está muy presente en toda la novela, junto a la ligereza.

—Para mí el humor era básico para contar esta historia de libertad. El humor es imprescindible en la vida. Es una balsa a la que agarrarse, y la ligereza es un estado de ánimo que mi madre cultivaba.

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