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Libros para leer en Atenas (I)

Areópago

Para CaSH, impecable anfitriona

Atenas, coronada de violetas…

Este verso de Píndaro viene inevitablemente a los labios cada vez que los dioses nos premian permitiéndonos llegar a esta bendita tierra. Y además es oportuno, teniendo en cuenta lo que a continuación vamos a esbozar: una guía literaria de los más reconocibles lugares de la ciudad de Atenea.

El lector, sin duda, estará familiarizado con algunas. Si de París se trata, se saca a pasear a Víctor Hugo, con suerte al comisario Maigret y terminan mencionando el puente de Rayuela. Si Londres, pues mucho Dickens y Sherlock. En Madrid conviene no abusar de los del Siglo de Oro y apuntar más a Galdós y Baroja. Y el Buenos Aires de Borges, el Berlín de Döblin, la Nueva York de Auster… 

Y ahora nos preguntamos: ¿cuál es la diferencia? Y nos respondemos: los escritores referentes de otras ciudades son todos, como aquel que dice, de anteayer; mientras que quien canta a Atenas es un poeta que vivió hace 2.500 años. Cuando los griegos filosofaban, edificaban el conocimiento científico y elaboraban poesía de un refinamiento apenas igualado, a lo más que aspiraba un habitante de París o Londres era a no machacarse los dedos cuando golpeaba dos piedras para encender el fuego.

Así que vamos a Atenas con muchos libros en la mochila, sin miedo al exceso de equipaje. Nos acordamos de las palabras de Sócrates a Menón: el conocimiento –de Grecia, en este caso– lo llevamos dentro, las lecturas no nos enseñarán nada nuevo, sólo harán aflorar lo que ya sabíamos.

Durante el tiempo en que es y durante el tiempo en que no es, hay en el hombre ideas verdaderas que, despertándose con las preguntas, se convierten en conocimientos (…) Por tanto, si siempre tenemos en el alma la verdad de las cosas, es necesario que lo que ahora no sabes –es decir, lo que no recuerdas- con confianza intentes buscarlo y recordarlo. (Platón, Menón)

Areópago

La gran roca de Ares, al pie de la Acrópolis, sobre el Ágora. Hasta aquí llegó Orestes, perseguido por las terribles erinias para vengar la muerte de Clitemnestra, su madre, ejecutora a su vez de Agamenón, que había sacrificado a Ifigenia. Pero Atenea, en este mismo lugar, cortó la cadena de sangre creando el primer tribunal de justicia, y con ello enseñó a la humanidad el camino de la civilización. Sacamos el libro:

Atenea: Escuchad, pueblo ático, la ley que os traigo para dirimir esta causa de sangre. De ahora en adelante, tendréis un tribunal con jueces que se sentarán en esa colina, ahí donde las amazonas montaron su campamento cuando vinieron a combatir a Teseo, y frente a la ciudad sacrificaron en honor a Ares, de donde toma el nombre esta colina. (Esquilo. Euménides)

Ahora que los vuelos desde España llegan a Atenas por la tarde, una recomendación: pasen rápido por el hotel y, sin deshacer las maletas, vayan directamente al Areópago a ver la puesta de sol. Es el necesario primer paso en el camino de perfección que es toda visita a Grecia.

Calle Apostolou Paulou

Cuando el sol se ha hundido detrás de Salamina, dejamos la roca esquivando turistas, en sentido opuesto a la Acrópolis y apuntando a la calle iluminada y concurrida que vemos abajo. Descendemos entre olivos y algún alcornoque que, con suerte, nos hará notar el perfume característico de sus flores. Estamos en el barrio de Theseion –Teseo– justamente donde el héroe venció a las amazonas, dando a los escultores de frisos y metopas uno de sus mejores motivos iconográficos. Ahora es un paseo muy ameno, flanqueado por agradables cafés, y no deja de sorprendernos, viniendo del país del que venimos, lo adecuadamente bajo que está el volumen de la música ambiental y el sonido de los televisores. Recordamos también que en el metro ateniense hemos escuchado los avisos de megafonía a un nivel compatible con la conversación humana. Nos congratulamos, pues, que la sordera, enfermedad epidémica en España, no haya llegado a Grecia, y damos gracias a los dioses por podernos sentar en una de las terrazas sin la necesidad de entendernos a gritos con el camarero.

Café Athenaion Politeia.

Café Athenaion Politeia.

Elegimos la que mejor vista tiene de la Acrópolis y, a la vez, el nombre más sugerente; nada menos que el título de una obra de Aristóteles, Athinaion politeia, La Constitución de Atenas. Algo imposible de replicar en España: si, un suponer, a un empresario hostelero orteguiano le diera por querer bautizar a su negocio como La rebelión de las masas, nuestro inmarcesible ministro del Interior en funciones le daría con la ley mordaza en toda la cabeza.

Espantamos el desagradable recuerdo de ese personaje –cuya mención, al lado de donde la democracia se inventó, no puede ser más impropia– abriendo el libro de Aristóteles. Hemos traído una edición bilingüe del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales con la traducción de Antonio Tovar. Leemos desde el apartado 20, donde se narra la creación por Clístenes de las instituciones que permitieron por primera vez a un pueblo gobernarse a sí mismo. Un poco más adelante se dice:

22: Después de hecho esto, la constitución resultó mucho más democrática que la de Solón, y como además había sucedido que la tiranía había abolido las leyes de Solón, Clístenes propuso otras nuevas para atraer al pueblo, entre las cuales fue promulgada la ley sobre el ostracismo. (Aristóteles. Constitución de Atenas)

Qué gran invento, el ostracismo, pensamos al dejar el Athinaion politeia retomando hacia arriba la calle Apostolou Paulou. Y qué lástima que no esté entre tantas usanzas griegas como la tradición europea ha incorporado. Porque muchas veces uno no ha tenido claro qué opción votar; pero siempre, siempre, ha sabido a quiénes ostraquizaría con gusto.

El Pnix

Grecia en el aireAl final de Apostolou Paulou, en la esquina con Dionisio Aeropagita, giramos en dirección opuesta a la Acrópolis para internarnos entre la arboleda. Un poco más adelante, a la izquierda, podríamos tomar el camino que trepa a la colina de las Musas, pero elegimos la derecha y subimos hasta las piedras cortadas: el Pnix. En Grecia en el aire de Pedro Olalla –publicado el pasado año en la editorial Acantilado, y que recomendamos fervorosamente– hay una muy cumplida explicación de la importancia de este recinto y de todo el proceso por el que la ciudadanía ateniense tomó las riendas de su propio destino, en lo que sin duda constituye la más alta gesta colectiva de la historia. Como el tema merece mejor relator y más espacio del que aquí puede dársele, al mencionado libro les remitimos.

A cambio, nos quedaremos con otro de los usos del lugar. Resulta que en estas laderas se celebraba una fiesta anual en honor de Deméter y Perséfone, las Tesmoforias, a la que solo las mujeres de la ciudad podían asistir. Una puesta en escena irresistible para Aristófanes, que monta con estos presupuestos una de sus mejores comedias: Eurípides, el dramaturgo, arrastra fama de misógino, quién sabe si por las infidelidades de su esposa, y llena sus tragedias de personajes femeninos malvados y truculentos. Las mujeres de Atenas, hartas, van a aprovechar su asamblea para urdir un plan contra él. Eurípides, que quiere enterarse de primera mano de lo que allí se va a tratar, no se atreve a desafiar la proscripción masculina, pero consigue liar a un pariente –es la traducción habitual; hoy diríamos, un cuñado– para que se disfrace de matrona y asista a los debates.

Pariente: Mira qué multitud sube por el camino que marcan las antorchas humeantes, recibidme bellas diosas Tesmoforias (…) Deja la cesta en el suelo, saca la torta y ofrécesela a las diosas (…) ¿dónde encontraré un buen sitio para sentarme y escuchar a las oradoras? (Aristófanes. Tesmoforias)

Cerramos aquí el libro. Y es que nos da un poco de pena cómo queda el pobre Eurípides, al que tan buenos ratos de lectura debemos, tras pasar por las manos del temible Aristófanes.

Acrópolis

La subida a la Acrópolis, el hecho de cruzar los Propileos, maravillosamente restaurados, con el templo de Atenea Nike, espléndido ya sin andamios, y alcanzar arriba el Partenón, lo sentimos siempre como un premio nunca del todo merecido. Invariablemente, una muchedumbre entra, sale, rodea los templos y ocupa todos los espacios hábiles de la Roca Sagrada. Molestan, claro, pero también agrada ver en rostros desconocidos la misma admiración que ellos sin duda ven en el nuestro. Otra vez el Menón: no descubrimos, sino que reconocemos estas líneas puras, porque ya las teníamos dentro, formando la estructura de nuestra sensibilidad.

Busquemos una sombra (hay pocas y disputadas), quizá cerca del antiguo museo. Hemos traído dos libros. Con el Critias de Platón recuperaremos la Atenas primordial, mientras que Pausanias nos proporcionará una cumplidísima descripción de todo lo que contenía el recinto en su época, el siglo II de nuestra era, cuando toda Grecia era parte del Imperio Romano.

La acrópolis no era entonces como es hoy, pues una noche de tormenta torrencial la lluvia erosionó y se llevó toda la tierra que la rodeaba y la dejó desnuda, como está ahora (…). Anteriormente alcanzaba hasta el Erídano y el Iliso, e incluía en su interior al Pnix y al Licabeto. (Platón, Critias)

Lo más simpático de Pausanias es que, aun viviendo en tiempos de Marco Aurelio, cuando la devoción por lo griego era norma, toda su obra está exenta de la menor referencia a los que entonces ocupaban y mandaban. En sus libros no aparece ni un romano ni nada que tenga que ver con la presencia del Imperio en el suelo de la Hélade, como si los griegos, sus monumentos y templos vivieran en una burbuja incontaminada. Por eso, en nuestras visitas contemporáneas, algunos nos negamos a acudir a museos bizantinos, monasterios ortodoxos y demás distracciones colaterales; quizá interesantes, pero incongruentes. Simplemente, mantenemos el espíritu de Pausanias.

Entrando en el templo que llaman Partenón, en el frontón se cuenta el nacimiento de Atenea, mientras que en la parte posterior está representada la disputa de Poseidón con Atenea por la tierra. La estatua es de marfil y oro (…) con manto hasta los pies, y en su pecho tiene la cabeza de Medusa de marfil, una Nike de cerca de cuatro codos y en la mano una lanza, un escudo a sus pies y cerca de la lanza una serpiente que puede ser Erictonio. En la base de la estatua está esculpido el nacimiento de Pandora (Pausanias. Descripción de Grecia, libro I).

Antes de abandonar la Acrópolis, un comentario: no debe el viajero despreciar una zona que, sin ser tan impactante como la cima, está llena de rincones distintivos, de los que dan muchas e interesantes pistas sobre cómo la Roca Sagrada, desde los más remotos tiempos, centralizaba la vida e iluminaba el alma de los atenienses. Nos referimos al Perípatos, el paseo circular que rodea el recinto por la base. Los visitantes no suelen olvidar el lado sur –cómo hacerlo, con el imponente Teatro de Dionisos y el odeón de Herodes Ático– pero tienden a desatender la parte norte. A ella le vamos a dedicar unas pocas líneas.

Bajamos la cuesta, dejando atrás los Propileos. Si unos pocos metros antes de llegar al control torcemos a la derecha, hacia donde se ve una garita y el inicio de un camino, obraremos el milagro de dejar atrás el flujo humano y nos internaremos, prácticamente en solitario, por un paraje de aspecto melancólico. Mirando a la izquierda, alcanzamos a distinguir entre los árboles el Ágora y el barrio de Plaka pero, inevitablemente, la vista se nos va para el otro lado, hacia el muro ciclópeo, inquietante, lleno de oquedades.

Cueva de Pan en la ladera norte.

Cueva de Pan en la ladera norte.

Primero, nos encontramos con la fuente Clepsidra, la más antigua de la ciudad, ya activa en el Neolítico. Un poco más adelante, tres cuevas vecinas, cuyo simbolismo, quizá hasta su aspecto, hacen a las mismas esencias de lo griego. Hay escaleras, y accedemos. En la primera, la tradición dice que Apolo violó a Creúsa, hija de Erecteo, primer rey de Atenas, que concibió a Ion, héroe epónimo de los jonios. La siguiente está dedicada a Zeus Astrapaios (de los rayos). Cada primavera, un grupo de devotos aguardaba precisamente allí que un rayo del padre de los dioses iluminara la cumbre del monte Parnés, señal para partir hacia Delfos, de donde volvían con un fuego nuevo, purificado, con el que renovaban las lámparas de los altares de la ciudad. Finalmente, una cueva indescriptible, con sus corredores en la piedra viva, que los atenienses dedicaron a Pan, agradecidos por su intervención en Maratón. Sacamos la Historia de Heródoto, que nunca falta en nuestra mochila:

Los estrategos, antes de salir de la ciudad, enviaron un heraldo a Esparta, Filípides, ateniense, corredor excepcional. Él mismo contó que junto al monte Partenio se le apareció el dios Pan, le llamó por su nombre y le encargó advertir a los atenienses de que, aunque no le adoraban, él seguía siéndoles propicio (…) Y los atenienses, tras comprobar cómo el dios les había socorrido, erigieron al pie de la Acrópolis el santuario de Pan, y desde entonces le ofrecen sacrificios anuales y celebran una carrera de antorchas en su honor. (Heródoto, Historia, libro VI

Allí, arrimados a la pared, con las grutas a nuestras espaldas –y, todo hay que decirlo, una inmejorable panorámica del Areópago si giramos un poco la cabeza– lo hierático del escenario se impone en el ánimo: las ganas de ponerse de rodillas y entonar un peán son irresistibles. Afortunadamente, conseguimos mantener el decoro gracias, una vez más, a Aristófanes que, en Lisístrata, nos descubre cómo las condiciones del lugar propician también asuntos menos solemnes:

Cinesias: ¡Acuéstate conmigo! (…)

Mirrina: Pero, ¿dónde podríamos hacerlo?

Cinesias: ¿Dónde? La cueva de Pan es ideal.

Mirrina: ¿Y cómo entraré yo pura en la Acrópolis?

Cinesias: Pues fácil. Te lavas en la fuente Clepsidra.

(Aristófanes: Lisístrata)

Si continuamos el Perípatos hacia el lado este hasta llegar debajo del bastión, nos toparemos con un cercado donde los artesanos preparan los trozos de mármol del Pentélico que se utilizarán arriba, en las tareas de restauración de los monumentos. A pocos metros, un contenedor recoge los desechos, entre los que abundan recortes sobrantes de la magnífica piedra. Nos metemos uno, blanco, brillante, recién cortado, en el bolsillo. Cuando lleguemos a casa lo colocaremos en la ventana. Veremos si el aire de Madrid consigue, con el tiempo y nuestras plegarias, darle el suave tono dorado del Partenón.

(Continuará)

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Ulises Adrados responde en ulisesadrados@gmail.com