Inicio > Actualidad > Viajes literarios > Libros para leer en Atenas (y III)

Libros para leer en Atenas (y III)

Libros para leer en Atenas

Concluimos el paseo con esta última entrega, en la que visitaremos territorios que no se suelen frecuentar, ni siquiera por helenófilos probados. Y si hasta el momento, mal que bien, hemos visto ruinas y pisado despojos, ahora apenas tendremos algo que mirar o tocar; más que imágenes mentales y palabras sacadas de los libros. Vamos a lugares que ya no existen.

Colono Hípico

Has llegado, viajero, a esta tierra de excelentes corceles, al mejor lugar, a la blanca Colono, donde el ruiseñor trina en los verdes valles de espesa vegetación, hiedra color de vino y abundantes vides, resguardado del sol y del viento (…) Aquí, el rocío del cielo hace florecer hermosos racimos de narciso, corona de las dos diosas, y de azafrán, que luce con resplandores de oro. Y las fuentes que sin descansar reparten las aguas del Cefiso… (Sófocles: Edipo en Colono)

Estela en ColonoColono, patria querida… cómo se le nota a Sófocles la querencia por el terruño, y qué hermoso homenaje le dedica en la tragedia central de su trilogía más famosa, donde el territorio aparece casi como un personaje más. Cuando Edipo está buscando su lugar para morir, llega a un recinto sagrado, lleno de laurel, olivos y viñas, en el que bandadas de ruiseñores hacen oír sus armoniosos trinos, según refiere Antígona, que acompaña a su padre ciego. Más adelante, el coro ampliará la descripción en una larga serie de sentidos versos, de los que los de la cita de arriba son parte. Es Colono, en aquella época arrabal fuera de la muralla, y hoy uno de los barrios importantes de Atenas.

Edipo: Ahora, hija, la profecía de Apolo exige su cumplimiento

Antígona: ¿Cuál? ¿Es que sobre los males vas a añadir males?

Edipo: Que en Atenas he de morir

Antígona: ¿Y dónde, en qué parte del Ática?

Edipo: En la sagrada Colono, morada del dios de los caballos

(Eurípides, Fenicias)

Bajamos del metro en la estación de Larisis y procedemos a reconocer el terreno. Mirando el mapa, atrae nuestra atención un área arbolada, entre las calles Ioaninnon y Distomou. Es un agradable parque que recorremos sin encontrar muchas trazas de la flora sofoclea, pues no es tiempo de narcisos y se ven más cipreses que olivos. Tampoco -y eso nos defrauda más- advertimos ruiseñores que nos bendigan con sus gorgoritos, pero somos gente de recursos y lo suplimos silbando.

De pronto, en un lugar destacado encontramos unas lápidas a la griega, protegidas por una verja de hierro. No hay referencias reconocibles, pero estamos dispuestos a aceptar que se trata de la tumba de Sófocles. De Edipo queremos creer que no es, pues debía permanecer oculta para cumplir el designio divino. El final de la tragedia así lo indica: Antígona y su hermana Ismene piden a Teseo, rey de Atenas y único acompañante de Edipo en sus últimos momentos, que les lleve a donde su padre reposa. Un deseo que no puede ser atendido:

Teseo: ¡Oh, hijas! Él me prohibió que mortal alguno se acercara al lugar y dirigiera sus plegarias en la sagrada tumba. Y me dijo que, si lo cumplía rectamente, el país estaría siempre libre de penas. Y esta promesa la oyó el que todo lo sabe, Zeus… (Sófocles: Edipo en Colono)

Conociendo la historia de Grecia y lo que ha penado esa tierra desde entonces, sólo cabe interpretar que, o Zeus oyó mal, o descubrieron rápido la tumba, o Edipo se marcó un farol que el tiempo no ha podido sostener.    

Academia

AcademiaLa localización de la Academia platónica –sea lo que fuere en sus orígenes, gimnasio, museion o cosa parecida– siempre ha estado bastante clara: en el bosque sagrado de Academos, a poca distancia de la ciudad, saliendo por el Dypilon, y tomando el camino al que llaman Dromos. Dejaron múltiples referencias los autores de la antigüedad; así Pausanias, que, inevitablemente, no puede dejar de mencionarla en su Descripción de Grecia. Ocurre en el libro I, a partir del 29.2, y detalla de la más prolija manera las sucesivas estelas y monumentos funerarios que jalonan la vereda que hasta allí conduce; y, más adelante, los muchos altares que hay a su alrededor. Nos informa, de paso, de que el sepulcro del fundador quedaba cerca

No lejos de la Academia está la tumba de Platón, al que los dioses anunciaron que sería el mejor entre los filósofos. (Pausanias. Descripción de Grecia, libro I, 30.3).

Hoy, para situar el lugar, hemos de ir a un parque en la intersección de las calles Platonos y Kratilou. No está lejos de donde antes hemos querido encontrar el recuerdo sofocleo de Colono Hípico. Son barrios de clase media empobrecida a ojos vistas, pero tranquilos y gratos de transitar. Por las calles laterales apenas circulan coches, y no hay más ruido que el que causa el entusiasmo futbolero de los paisanos en alguno de los bares. Será por eso que nos viene a la memoria un famoso –y real– paseo a la Academia en el que quisiéramos haber participado. Va a ser nuestro modelo. Sacamos a Cicerón y su De Finibus:

Habiendo oído que Antíoco estaba, como solía, con Marco Pisón en el gimnasio, y estando en mi compañía mi hermano Quinto, Tito Pomponio y Lucio, primo mío de sangre y por amor hermano, determinamos dar un paseo por la tarde a la Academia (Cicerón, De Finubus, libro V, 1)

Cicerón da datos: salen por Dypilon, caminan seis estadios y ya están allí:

Cum autem venissemus in Academiae non sine causa nobilitata spatia, solitudo erat ea, quam volueramus.

Lo hemos dejado en latín por aquello del ambiente y por honrar la alta prosa ciceroniana. Pero se entiende bien: allí encuentran la soledad que buscaban. Y en eso, en la soledad del entorno, coincidimos con ellos a través de los siglos: por aquí apenas se ve a nadie.

Hemos de avanzar por la calle que divide el parque y, tirando hacia la derecha, buscar entre los pinos. Lo que queda de la Academia, símbolo no superado de la transmisión del conocimiento, es un hoyo con cuatro piedras que apenas invitan a sentarse. Un gato nos mira más aristotélica que platónicamente. No nos desmoralizamos gracias a lo que le leemos a Pisón, uno de los de la partida:

¿Es efecto de la naturaleza o es ilusión el que nos conmueva más ver los sitios que sabemos fueron frecuentados por los grandes hombres, que escuchar el relato de sus actos o leer sus escritos? La imagen de Platón, que enseñaba aquí, me viene a la memoria (…) Pues tanta fuerza tiene la contemplación de esos lugares….

Estamos de acuerdo y, ciertamente, nos sentimos conmovidos. Hemos venido a esto, somos de la misma pasta que Cicerón y sus amigos, unos mitómanos en toda regla que van confesando sus querencias: Quinto ha ido a Colono Hípico tras las huellas de Sófocles; Pomponio ha visitado los restos del Jardín de Epicuro; Pisón estuvo en la tumba de Pericles y también en la playa de Falero siguiendo los pasos de Demóstenes y, en fin, Cicerón, donde murió Pitágoras, porque:

Quamquam id quidem, infinitum est in hac urbe; quacumque enim ingredimur, in aliqua historia vestigium ponimus.

En efecto: Atenas es toda ella historia y, pisemos donde pisemos, hollamos lugares venerables. Aquí, en este baldío, hacemos algo más: con una ramita escribimos en el polvo algunos nombres queridos. Es una manera de consagrarlos a Apolo, Atenea, las musas y el resto de los dioses benéficos que sin duda cuidan del lugar…. aunque, por lo que se deja ver, muy discretamente. 

Jardín

La localización del hortus secessus de Epicuro es algo más problemática. Pedro Olalla, en Grecia en el aire, lo sitúa en una cuadrícula formada por las calles Plataion, Marathonos, Thespieon y Aisonos. Miguel Luis Rocuant, escritor chileno que estuvo por aquí a principios del siglo XX, dedica al Jardín un capítulo de su libro En la barca de Ulises y lo sitúa dentro de la muralla, atendiendo a una cita de Plinio, muy traída por los pelos. Otras informaciones señalan una plaza, casualmente llamada Akademias Platonos, donde hay un poco de césped y una iglesia.

Tomamos partido por Olalla y, dentro de su cuadrado, afinamos un poco: la calle Salaminas, alrededor de donde corta con Achilleus, parece una buena candidatura. Es semipeatonal, las casas son bajas y todo es tranquilidad. Nos sentamos en un banco dispuestos a invocar a Epicuro, al que tenemos por el más grande entre los grandes. Y vamos a hacerlo, no con alguna recopilación de sus fragmentos o máximas, sino a través de los elegantísimos versos latinos de su mejor discípulo, Lucrecio. Hemos traído De Rerum Natura en dos versiones: la clásica traducción del abate Marchena –qué bien nos caen estos curas panfletarios y volterianos– y la insuperable edición bilingüe de Agustín García Calvo.

Cuando en todas partes la vida de los hombres permanecía vergonzosamente postrada y aplastada bajo el peso de la religión (…) por primera vez, un griego se atrevió a alzar su mirada (…) sin mostrar temor a lo que dicen de los dioses, ni al rayo, ni al cielo y sus amenazas (Lucrecio, De Rerum Natura, I, 60)

Epicuro, graiae gentis decus, ornato de la raza griega, rerum inventor, descubridor de la realidad, es homenajeado por Lucrecio en el arranque de varios de los capítulos del libro. Elegimos el tercero, que nos gusta especialmente. Leemos el principio (la alabanza del maestro) y el final, las conocidas estrofas que curan del miedo a la muerte. Y no evitamos levantar un tanto la voz al llegar al celebérrimo verso 869:

mortalem vitam mors quom inmortalis ademit 

… cuando la muerte inmortal arranca la vida mortal.

Nos levantamos y tiramos calle abajo. Conforta pensar que Epicuro no solo da la receta para bien morir; también nos enseña con su ejemplo cómo afrontar el sinsentido de lo que nos rodea. En una época políticamente convulsa, no luchó por imponer los ideales del bien y la justicia, por más que los tenía muy presentes, ni teorizó como Platón un modelo político que los estableciera. Simplemente, se quitó de en medio y buscó la felicidad en sí mismo y en lo que tenía al alcance de la mano. Su lema, vive ocultamente (o discretamente, o apartado) contradice lo que esta sociedad nos reclama. Y si nos irrita comprobar que con el voto aquí, allí y al otro lado del océano elegimos para que nos gobiernen a logreros y cínicos, quizá haya que desesperar de la condición humana y retirarse al jardín. Definitivamente, somos de la grey de Epicuro.    

Liceo

LiceoLa última de las grandes escuelas de la antigüedad que nos queda por visitar es la que fundó Aristóteles una vez volvió a Atenas y no pudo o quiso reintegrarse a la Academia. La encontramos en la calle Rigillis, casi esquina a Vasilissis Sofias, detrás del casino militar y delante del Conservatorio. Hemos mejorado de barrio; ahora estamos en uno de los mejores de la ciudad, a dos pasos del Parlamento, de la sede del Gobierno y de muchas embajadas. En su época, tampoco debía ser mala zona: extramuros, cerca de la puerta Diochares, al lado del río y en el entorno de un templo dedicado a Apolo Lykeios (lobuno), de donde tomó el nombre.

Nos encontramos ante un espacio abierto con algunos alineamientos de muros que, según parece, pertenecían al gimnasio del centro. Por alguna razón, nos resulta imposible relacionar nada de lo que vemos con el estagirita, cuya presencia se ha desvanecido totalmente, si es que estuvo alguna vez. Pero es un lugar grato, soleado y, en una zona lateral, algunos bancos invitan muy gustosamente a sentarse al lado de una espléndida selección de plantas aromáticas que pretenden remedar la flora autóctona.

Arrancamos una ramita de fragante hierbaluisa para usarla como marcapáginas, pero no de un libro de Aristóteles, lectura un poco más densa de lo que este ambiente veraniego admite. A cambio, hemos traído las Lecciones sobre la historia de la filosofía, pues nos gusta mucho el relato que hace Hegel de la vida del filósofo y, especialmente, de la relación que mantuvo con Alejandro de Macedonia, su discípulo.

Filipo ya había intentado persuadirle para que se hiciera cargo de la educación del futuro monarca, en la famosa carta que le escribió a raíz del nacimiento de Alejandro y en la que se decía, entre otras cosas: «Has de saber que he tenido un hijo; y doy gracias a los dioses, no tanto porque me lo hayan dado como porque lo hayan hecho nacer en esta época en que tú vives. Pues confío en que tus cuidados y tu sabiduría harán que sea digno de mí y de su futuro reino.» (G W F Hegel: Lecciones sobre la historia de la filosofía)

Uno se imagina con qué estupor leerán estas líneas los maestros actuales, menospreciados a partes iguales por alumnos, padres y ministros del ramo. Seguimos, y el campeón del idealismo alemán nos sorprende –o no- con esta sentencia:

La formación espiritual de Alejandro da un mentís a todas esas chácharas sobre la inutilidad práctica de la filosofía especulativa.

¡Ahí queda eso! Continuando con la lectura, comprobamos cómo Hegel mantiene que el talento militar y político de Alejandro y, consecuentemente, su grandeza histórica, se debe a las enseñanzas de Aristóteles, que había sabido liberar sus capacidades naturales elevándolas a un plano de completa autonomía, alcanzando de este modo intrepidez infinita de pensamiento e independencia de espíritu

Así que los responsables de haber quitado la filosofía de los planes de estudio, además de empobrecer la vida de los educandos, nos han privado de quién sabe cuántos alejandros. Pese sobre su conciencia.

Río Iliso

Filósofo en el río IlisosEl atento lector de la segunda parte de este viaje cayó sin duda en la cuenta de nuestro error al señalar el río que fluía canalizado al lado de la Puerta Sacra. No se trataba, en efecto, del Cefiso, sino del Erídano. El desliz nos ha permitido, al menos, que la tríada de los ríos de Atenas haya quedado debidamente mencionada, una vez que añadamos el que ahora nos va a ocupar.

El atento lector, ya que es perito en ríos, sin duda conocerá también el Neckar, esa belleza en forma de corriente de agua que rodea Heidelberg. Y sabe que, pegado a una de sus orillas, se encuentra el conocido como Paseo de los Filósofos. Una muestra más del imperialismo alemán: el verdadero paseo de los filósofos no puede estar en otro sitio que aquí, al lado del Iliso. Lo certifica el Fedro, cumbre de los diálogos platónicos, que llevamos convenientemente guardado en el bolsillo, en la edición –en este caso no hay duda– de Gredos, con una introducción de Emilio Lledó a la altura del texto que glosa.

Pero primero tenemos que localizar el cauce, lo cual, ay, no es tan fácil como en tiempos de Sócrates. Bajamos por Vassileos Konstantinou, dejando atrás el estadio olímpico y cuando la avenida pasa a llamarse Arditou, más o menos por detrás de las altas columnas del templo de Zeus, encontramos una zona verde con instalaciones deportivas tras un vallado. Hay que mirar con cierto detenimiento hasta distinguir una hondonada, y en ésta un hilo de agua que se puede saltar hasta a la pata coja. El lugar, abandonado, con aspecto y trazas de basural, no está a la altura del mito, y ya llevamos unos cuantos así. Pero a nuestros ojos, el Iliso no es menos grandioso que el Amazonas, y tampoco lo cambiaríamos por la impoluta y frígida ribera heilderbergense.

El Fedro ya nos reclama. Es sabido que se trata de un diálogo con varios planos; el más famoso de los cuales –el mito de Theuth y Thamus, y la relación de la escritura con la memoria- ocupa más bien la parte final, mientras que lo vinculado al río queda al comienzo. Nos sentamos donde podemos, tras limpiar un poco la hierba, y abrimos el libro. Como sabemos que lo más sabroso de Platón son las puestas en escena, leemos desde el principio, cuando se encuentran los protagonistas:

SÓCRATES: Querido Fedro, ¿qué haces por aquí, de dónde vienes?

FEDRO: De estar con Lisias, hijo de Céfalo, y voy fuera de las murallas a dar un paseo

(Platón, Fedro, 227a)

Sócrates, que como filósofo es curioso –y como vecino, cotilla– quiere enterarse de lo que Lisias ha estado contando, y se ofrece a acompañarlo. Fedro finge modestia:

¿Cómo, Sócrates, siendo yo profano en estas cuestiones, voy a ser capaz de acordarme de todo lo que Lisias dijo, siendo el más hábil componiendo discursos?

Lo cierto es que se está haciendo el interesante, pues ha tomado apuntes y lleva el rollo bajo el manto. De lo cual Sócrates se percata, y le toma un poco el pelo antes de buscar acomodo:

SOCRATES: Desviémonos por aquí, y vayamos por la orilla del Iliso y allí, donde más nos guste, nos sentaremos tranquilamente (…)

FEDRO: ¿Ves aquel plátano tan alto? Allí hay sombra y un vientecillo suave, y hierba para sentarnos o, si te apetece, tumbarnos

SOCRATES: Vamos, pues (…) Por Hera, hermoso rincón, con este plátano tan frondoso y elevado. También mana una corriente de fresquísima agua. Parece verano, con este coro de cigarras. Y este césped que, en suave inclinación, nos ofrece una almohada para reclinar la cabeza

Fedro se extraña de que todo le parezca tan nuevo y estupendo a Sócrates, como si no hubiera estado nunca por allí, a pesar de que se encuentran a un paso de la ciudad

FEDRO: Me asombras, Sócrates, pareces un forastero y no uno de aquí. Por lo que se ve, rara vez vas más allá de los límites de Atenas, ni siquiera sales de las murallas

Entonces, nuestro filósofo deja una frase que la posteridad ha celebrado mucho, excepción hecha de las facultades de botánica:

SÓCRATES: No me lo reproches, amigo. Me gusta aprender. Y el campo y los árboles no quieren enseñarme nada; lo que sí hacen, en cambio, los hombres de la ciudad.

Este trozo de vida y naturaleza, conservado fresco y jugoso por una prosa tan literaria, es lo que nos ha traído hasta aquí. Cerramos el círculo que comenzó en el Areópago. Y los libros que hemos usado en las distintas estaciones del camino, al volver a casa quedarán a mano, encima de la mesa. No merecerá la pena colocarlos en las estanterías.