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Llagas en la memoria

A mis Amigos del Pueblo, por compartir su Historia y acogerme en sus Familias

MAÑANA DEL 29 DE ENERO DE 1942

El frío congela los pensamientos antes de que broten. La Niña escudriña entre los guijarros las aceitunas que se dejaron los olivareros tras la cosecha.

Madre le envolvió en casa, aún de noche, sus manitas en trapos, para protegerlas. En vano. Las tiene llenas de sabañones. Escuecen con rabia sorda.

Se levanta, doloridos los riñones. Aquel olivar parece eterno. Es el tercero que rebuscan. Sólo tiene algo más que mediado el caldero. Se  admira de que en una tierra tan pedregosa las oliveras puedan arraigar y ofrendar cada año su cosecha. Sólo ve ante sí piedras. Las aceitunas parecen jugar al escondite entre tanto pedrusco.

Intenta aliviar el picor de los sabañones soplándose los dedos. Mira a la Peña. Allí está: imponente, acogedora. Siempre se ha sentido amparada por ella. Incluso desde que empezaron los Años de Sangre.

Viendo la Peña, recuerda que ésta lleva el nombre del santo patrón del pueblo. En pocos días serán sus fiestas. Las pequeñas. Las grandes son… eran… o ¿lo siguen siendo?… en la segunda quincena de septiembre.

"Una bocanada de hiel le muerde, al recordar cómo lo arrastraron en una cuerda de presos y lo hicieron desfilar por medio pueblo"

Ay si en estas fiestas de febrero todavía siguieran repartiendo roscos de pan por las casas. Roscos de pan blanco. Del de verdad. No del que hacen ahora, los que pueden, con panizo o salvado. Antes, eso era para las gallinas o los cerdos.

Todo acabó con la Guerra. La Guerra de los mayores. Aquella guerra que trajo asidos a sus sayas los Años de Sangre. Que aún no han acabado.

La Niña rastrea un puñado de aceitunas más. Con las que consigan reunir, irán a la almazara para que les hagan aceite, que cambiarán por otros alimentos básicos con los que sacar adelante a los cuatro de la familia. Y a los abuelos.

La Madre la llama desde el otro lado del olivar. Es la hora del desayuno. Mama se sienta, apoyada en una olivera, y le da un chusco de pan. No hay más. En silencio rumian la colación. La Niña no deja de mirar la Peña.

Mama le pasa un pedazo de su chusco. La Niña lo rechaza. Sabe que anoche Mama se quedó, otra vez, sin cenar. La Madre le acaricia la mejilla e insiste. La Niña acepta y lo va royendo pausadamente, mientras la mayor le cuenta que ayer, en una de las casas de los señoritos, a donde va a recoger la ropa sucia, para lavarla en el lavadero, escuchó en la radio a una señora de voz atildada, dando una receta con la que hacer una tortilla de patatas sin patatas ni huevo.

Cuando terminan, Mama le tiende la mano y la ayuda a levantarse. Le da un beso, mientras la felicita. Hoy es su cumpleaños. Cumple once años. Se había olvidado por completo, pero Mama, no.

Consiguen llenar los tres calderos. Emprenden el camino a casa. Los dos pequeños han quedado con los abuelos y el Chache es algo trasto. Ya debe de haber regresado de la Tejera, en donde echa una mano acarreando los ladrillos y las tejas hacia el horno. Ayer cazó media docena de gorriones, que la madre quiere cocinar para celebrar el cumpleaños de la primogénita.

Descienden hasta Los Sifones. Desde allí pueden observar el Pueblo. La Niña contempla lo que, antes, le parecía una estampa bucólica: la población parece un portal de Belén, con la iglesia velando, cual gallina clueca, sobre las casas que se arremolinan en torno a ella, escalando hacia Los Altos. Se  asombra de que algo que le sigue resultando tan bonito esconda tanta maldad.

Mira el Puente del Arroyo y el arranque de la carretera por la que caminan. La misma por la que se llevaron preso a Papa.

Una bocanada de hiel le muerde, al recordar cómo lo arrastraron en una cuerda de presos y lo hicieron desfilar por medio pueblo, mientras que sus vecinos, que no ha mucho se desvivían por halagarle o pedirle favores, lo insultaban y ultrajaban. El Miedo. El Miedo y la Mala Sangre, que pueden más que la gratitud.

"Al Lupas lo fusilaron a los meses de ser detenido. Uno de los caciques se la tenía jurada, desde que se negó a aprobar al zascandil de su hijo"

La Niña no olvidará a Papa, intentando mantener la cabeza alta. Ni al falangista que lo azotó con el correaje, cuando tropezó y estuvo a punto de darse de bruces. Aun así, Papa le sonrió a ella.

Recuerda también a su Maestro, arrastrándose encadenado tras Papa, tan desvalido como un chichipán, sus gafas de miope con un único cristal, pues el otro se lo rompieron de un culatazo. El bueno del Lupas. No se merecía ese trato, después de pasarse media vida enseñando a leer a aquellos serranos, escribiéndoles cartas y recursos a sus padres analfabetos e intentando evangelizarlos con los frutos de la Cultura.

El último curso llevó a la clase a recoger flores y plantas, a fin de que cada uno de sus polluelos (así llamaba a los alumnos más pequeños; gavilanes a los mayores) hiciera su herbario. Disfrutaron como micos. Sin excepción. Especialmente, el Capa-grillos. El mismo que acertó al maestro con una boñiga de burro, cuando lo arrastraban detenido, desatando las risas salvajes de los que contemplaban la escena.

Pobre Lupas. Su único crimen, ser un hombre de ley y permanecer leal al Gobierno legítimo. Lo mismo que Papa. Al Lupas lo fusilaron a los meses de ser detenido. Uno de los caciques se la tenía jurada, desde que se negó a aprobar al zascandil de su hijo y lo tuvieron que llevar al colegio de los curas en la ciudad, para que hiciera carrera comprando los aprobados.

Papa había sido elegido alcalde por el PSOE en las últimas elecciones democráticas. Le tocó lidiar con años terribles. Mama no paraba de regruñir cada vez que lo veía ir al Ayuntamiento, calle abajo, cuando era reclamado por algún vecino o asunto urgente a cualquier hora del día.

La Niña mira la mole de la iglesia y rememora la noche en la que estaban cenando, dos días después del Golpe de Estado del 18 de julio. Se presentó en casa, dando grandes voces, Pepe el Guardia. Habían llegado dos camiones llenos de gancheros, madereros y mineros, a los que se habían unido los más revoltosos del pueblo. Querían quemar la iglesia con el cura y los de Derechas dentro.

Papa se colocó la banda tricolor que usaba en los actos oficiales, agarró un bastón y le dijo a su familia que no se les ocurriera, por nada del mundo, salir a la calle. Cerró con llave y bajó la cuesta.

La Niña escapó por la ventana en un descuido de Mama. Había visto muy preocupados a sus padres. Algo muy gordo debía haber pasado. Sin saberlo, esa noche comenzaron los Años de Sangre y Miedo.

"Algunas vecinas jaleaban a los milicianos, para que le prendieran fuego a la iglesia con aquellos desgraciados dentro. Las mismas que años después celebraron con vítores y el brazo en alto la entrada de los fascistas"

Siguió a distancia a los dos hombres. Vio a Papa hablar con un grupo en las puertas del ayuntamiento. Algunos llevaban escopetas. Papa encabezó la partida y se dirigieron a la aledaña plaza de la iglesia.

El tumulto era extraordinario. Milicianos armados (muchos del pueblo) empujaban al interior de la iglesia a los que consideraban elementos facciosos. Otros acarreaban bidones con gasolina. La niña miró perpleja cómo algunas vecinas jaleaban a los milicianos, para que le prendieran fuego a la iglesia con aquellos desgraciados dentro. Las mismas que años después celebraron con vítores y el brazo en alto la entrada de los fascistas. Las mismas que insultaron a Papa mientras lo llevaban preso.

Papa identificó a los cabecillas de aquella chusma y se dirigió a ellos. Fue recibido con empellones. Lo encañonaron. La Niña temió por él. A su lado se colocaron los Tetes, sus tíos maternos. Juntos, encararon a la jauría que pedía sangre.

Papa se plantó. Nadie iba a quemar aquella iglesia. Y mucho menos con esa pobre gente dentro. Consiguió imponerse. Los alborotadores prendieron fuego al órgano, una joya barroca. De manera parcial, pues los acompañantes del alcalde consiguieron salvar algunas partes del mismo.

Los de la jauría, ávidos de sangre y fuego, sacaron todas las imágenes y bancos a la plaza e hicieron una hoguera con ellas. Apedrearon el retablo del altar mayor. Pero la iglesia se salvó.

La Niña lloró viendo arder la imagen de la virgen, que le dio el nombre. Era preciosa. El Lupas decía que era obra cumbre de Salzillo.

Papa logró sacar a la mayoría de los “facciosos” y se los encomendó a gente de su confianza para que los pusieran a salvo. No pudo evitar que varios se tomaran la justicia por su mano y se llevaran a algunos desgraciados a “dar un paseo”.

Tete Fulgen vio a la Niña en medio de la turbamulta y se la llevó a casa agarrada de una oreja. Mama le dio un azote con la zapatilla por haberse escapado, pero, enseguida, la abrazó llorando.

"Los milicianos habían decidido también requisar las casas y bienes de los facciosos y repartirlas entre los leales a la República"

A las horas llegó Papa con la cara desencajada. Los milicianos habían decidido también requisar las casas y bienes de los “facciosos” y repartirlas entre los leales a la República.

Les explicó que a él le habían atribuido la vivienda de la familia de un Hombre, al que muchos odiaban por el mero hecho de ser sacerdote en un pueblo frontero. Si no lo hacía así, la chusma la saquearía y la quemaría.

Trasladaron allí algunos enseres. Lo primero que Papa hizo al llegar fue subir todos los muebles de la familia propietaria al salón. Mandó protegerlos con sábanas, cerró la puerta con llave y prohibió a los suyos que entraran allí. Sabía que esa locura tendría que terminar algún día y quería que los dueños encontraran todo como lo dejaron.

Papa hubo de multiplicarse: tranquilizar a sus vecinos, acompañar a las familias de los que habían caído en el frente, ir con los guardias a buscar a los mozos que habían sido llamados a filas…

La Niña apenas veía a su padre. Las pocas veces que venía a casa o que ella se atrevía a buscarlo por el pueblo, le gustaba quitarle las botas y masajearle los pies doloridos. Papa la tomaba sobre sus rodillas y le decía que tenía mucha suerte con una hija así.

"Fueron noches de pesadilla: sonaban detonaciones por la zona del cementerio, al que eran conducidos muchos para ser fusilados"

Le sobreviene un nuevo escalofrío al recordar cómo Papa aguantó a pie firme en su despacho, con su banda republicana, el día que entraron las tropas golpistas y “liberaron” el pueblo. Lo empujaron a culatazos hasta el corral, donde encerraron a todos aquellos a los que los nuevos amos consideraban desafectos o con los que tenían alguna cuenta pendiente.

Fueron noches de pesadilla: sonaban detonaciones por la zona del cementerio, al que eran conducidos muchos para ser fusilados. Mama pasaba las noches en vela, llorando. Había ido varias veces a interesarse por su marido. La habían echado. Había visitado las casas de todas las familias pudientes, incluso las de aquellas por las que su esposo dio la cara en los primeros meses de la Guerra. En ninguna la recibieron.

 

Madre e hija llegan hasta el Puente del Arroyo. No olvidan que allí fue donde hicieron subir a Papa a un camión y lo llevaron río arriba a aquel pueblo, donde los encerraron en el castillo.

No necesitan mirarse para saber que las dos piensan en las veces que tuvieron que recorrer a pie o en el burro de un pariente los casi 70 kms. de ida y vuelta, atravesando montes y ríos, a fin de ir a ver a Papa y llevarle comida y mudas. Ninguna puede quitarse de la cabeza las ocasiones en las que los guardias no les dejaron verlo y se quedaron con la capaza que le llevaban.

Por lo menos, no lo han fusilado. Y ya van a hacer tres años que terminó la Guerra. Se lo llevaron a la capital y lo tienen encerrado en la plaza de toros. Seguro que se han dado cuenta de que es un hombre bueno y, tarde o temprano, lo dejarán libre. La Niña se ensueña pensando que ése sería su mejor regalo de cumpleaños.

 

Comienzan a subir la cuesta del Estrecho de los Huertos. Le vienen a la cabeza los recuerdos de cuando Papa llevaba a toda la familia al Castillo de los Moros, para ver venir los toros en los encierros.

Pasan por delante del huerto del tito Fabián. La Niña rememora la última tarde feliz de su vida, días antes de que comenzaran los Años de Sangre. Mama había comprado tortas de manteca y rollos de aguardiente para merendar. Ella los había devorado, sentada en el quicio de la puerta, sin parar de jugar con primos y vecinos. Mama acunaba en brazos al Antoñico mientras hablaba con su suegra.

"Al ir rematando la comida, la Niña le lió a Papa un cigarro. Éste se lo agradeció con una caricia"

Papa llegó del huerto. La Niña le trajo un cubo de agua con la que asearse. El padre anunció, risueño, que el tito Fabián los había invitado a ellos y a los Tetes a merendar en su huerta. Mama comenzó a renegar con que la niña ya había merendado. Papa la calló con un beso.

La tarde antes había caído una tormenta de verano. La Niña había salido con los vecinos a coger caracoles sapencos, de los de huerta, que Mama tenía en una olla espulgándolos con harina. Papa le dijo a la Niña que cogiera los caracoles, llevando cuidado pues, si se descuidaba, salían escopetados corriendo tan rápido que ella no iba a poder volver a cogerlos. Cogió unas patatas nuevas y una bota de vino y comenzó a bajar hacia la huerta del Fabián. La Niña triscaba alborozada tras él. Mama cerraba el cortejo entre reniegos, llevando en brazos al Antoñico.

Fue una velada perfecta. Fabián sacó unos tomates y pepinos recién cogidos (a Papa le encantaba tomarlos con un generoso chorro de aceite y sal, mucha sal). Los Tetes habían traído un poco de forro y guarreta, que asaron en las brasas junto con los caracoles.

Al ir rematando la comida, la Niña le lió a Papa un cigarro. Éste se lo agradeció con una caricia, diciendo: “Hay que ver lo poco que necesita uno para ser feliz: un tomate, un pepino y unos sapencos, remojados con buen vino y mejor compaña”. Fue la última vez que lo vio alegre.

NOCHE DEL 28 DE ENERO DE 1942

Hace un frío del demonio. Esta mañana en la tejera al Cagao se le congelaron los mocos de la nariz. Parecían carámbanos. El muy guarro. Se los cogió con la mano, puerca ya de arcilla y paja, y se limpió en sus mugrientos harapos. ¡Arrea! Si Mama lo ve a él haciendo lo mismo, lo corre a zapatillazos calle arriba.

Intenta protegerse mejor del frío con la manta. Y eso que se ha acostao vestío con la zamarra y todo. Está por levantarse y bajar a calentarse a la mesa camilla con el brasero de picón. Seguro que Mama aún está levantada, pelando los gorriones que él cazó esta tarde, para comérselos mañana en el cumpleaños de la Teta.

Mama lo miró con orgullo cuando se los enseñó. Mañana iría a cazar más por los huertos del arroyo.

"'Marieta', vuelve a escuchar mientras siente volar otro beso, igual de ligero que una mariposa, hacia sus mejillas. Se duerme con una sonrisa en el alma"

Palpa por la mesilla buscando la yesca con la que encender el candil. El aceite es tan malo y está tan requemado que apenas da luz. Un escalofrío lo recorre: hay alguien al otro lado de la ventana, en la calle. ¡Consigue entrar por la ventana! No se lo explica: juraría que sigue cerrada. La reja está ahí. Levanta el candil para ver mejor: ¡Es Papa! Han soltado a Papa. La emoción lo deja clavado al somier. No consigue levantarse y correr a abrazar al padre.

Papa lo mira en silencio. Con tristeza infinita. Está en los huesos. Demacrado. Sucio. Esos cabrones no lo han cuidado bien en la plaza de toros donde lo tenían encerrado. Lleva una chaqueta como con galones.

Papa se sienta a los pies de la cama y le coge la mano:

—Antoñico, tú eres el único hombre de la familia que va a quedar. Quiero que cuides mucho de tus hermanicas y de tu abuela también. Yo me tengo que ir. Yo me tengo que marchar.

El niño comienza a llorar desolado. A sus 5 años no comprende lo que Papa le quiere decir. No comprende cómo, aunque tiene la mano del padre entre las suyas, es como si no la tuviera, como si no tuviera calor en ella.

—No llores, hijo, que yo nunca te voy a faltar.

El niño necesita los abrazos del padre, pero éste, sin dejar de mirarlo, con un pozo de tristeza sin fondo, sale de la habitación. Sin abrir la puerta.

 

La nena se remueve en la cama. La Doloricas duerme tranquila a su vera. Se arrima a ella buscando su calor. Mama aún no se ha acostado en la cama contigua a donde duermen las dos hermanas.

De repente, siente que la llaman: “Marieta”. La escasa luz que penetra a través de la ventana no le permite ver quién la está llamando desde su misma habitación. Es la voz de un hombre. Siente cómo alguien se le acerca, le acaricia la cabeza y le da un beso. ¡Es Papa! Lo ha reconocido por el olor. Apenas recuerda su rostro, sus manos. Tenía un año cuando se lo llevaron. Después sólo lo pudo ver una vez más en aquel castillo tan viejo donde lo tenían preso. Está segura: es Papa. Nunca podrá olvidar aquel olor.

“Marieta”, vuelve a escuchar mientras siente volar otro beso, igual de ligero que una mariposa, hacia sus mejillas. Se duerme con una sonrisa en el alma.

MAÑANA DEL 29 DE ENERO DE 1942

Madre e hija dejan atrás la antiquísima cruz a la que los viajeros se encomendaban cuando salían del pueblo. Está incrustada en una horma de piedras delimitando un huerto. Ven llegar a lo lejos al Guarda de las Huertas. No les gusta nada. Papa siempre decía refiriéndose a él: “Dale a un tonto una gorra y se creerá general”.

"Ya eres viuda: esta madrugada han fusilado a tu marido. Otro rojo al hoyo"

Llevaba razón. Ese hombre es un mal bicho, un lameculos de los señoritos. Además, estaba entre los que vinieron una noche a casa, cuando aún tenían a Papa en el corral, y raparon a todos los de la familia, llamándolas “putas rojas”.

No pueden esquivarlo. El camino está flanqueado por muros, que protegen los huertos. No les es posible esconderse en ningún rincón.

El Guarda se detiene al llegar a su altura. Lleva un cigarro pendiendo de la comisura. La Niña se fija en que tiene las uñas asquerosas. El hombre esboza media sonrisa. Agarra el cigarro y le da un par de caladas más. Sin dejar de sonreír escupe un gargajo repugnante. Habla:

Ya eres viuda: esta madrugada han fusilado a tu marido. Otro rojo al hoyo”.

Mama cae de rodillas, dejando escapar los dos calderos. La Niña no reacciona. Se agacha y recoge las olivas que se han caído. Mira de nuevo al hombre, que en ningún momento ha borrado su sonrisa.

El Guarda las llama “zorras rojas”. Le arrebata a la pequeña el caldero, coge los dos de la madre y, sin volverse, echa a andar cuesta arriba. Su capa parece reírse del dolor de las dos mujeres. La Niña no puede ni llorar. Es más: si le vinieran las lágrimas, sería porque aquel desgraciado les ha robado todo lo que habían recogido.

Pero a Papa no lo pueden haber matado. No lo pueden haber fusilado. Hoy, no. No en el día de su cumpleaños. Observa a la Peña buscando consuelo: aquella permanece imperturbable, hermosísima en su indiferencia. Al fin, se abren las represas en los ojos de la Niña.

 

La Niña acabará encontrando un buen hombre de Peñarrubia, al que no le importará su filiación, sino que la querrá tal cual. Poco a poco se irá convirtiendo en Mama y su Mama, en Yaya.

"La Yaya, que antes fue Mama, irá envejeciendo entre los suyos, sin perdonar ni olvidar"

La Mama, que antes fue Niña, y su marido se dejarán la bilis en campos y montes sacando adelante a sus cinco hijos. Darán estudios a aquellos que quieran estudiar o trabajo a los que no se lleven bien con los libros. Les inculcarán que han de ser personas de bien. Pero, por encima de todo, les enseñarán que los miembros de una familia son como los dedos de una mano: por separado, son frágiles y se pueden romper con facilidad. Juntos, forman un puño.

La Mama, que antes fue Niña, nunca volverá a celebrar su cumpleaños. Jamás podrá quitarse de la memoria que éste coincide con la fecha en la que le fusilaron a Papa. Al principio, mientras sus hijos sean niños y le pregunten que cuándo cumple los años, les dirá que ella no tiene cumpleaños. Luego, una vez vaya teniendo cada uno capacidad de discernimiento, les explicará por qué no celebra su aniversario. Les hablará de un hombre honesto y cabal, al que mataron por defender la democracia que lo había elegido alcalde. Les contará del Papa que le habían sajado de sus vidas, del Yayo que les habían hurtado, de las humillaciones y penurias que les habían hecho padecer por ser familia de una persona decente.

La Yaya, que antes fue Mama, irá envejeciendo entre los suyos, sin perdonar ni olvidar. Siempre seria. Habrá de resignarse, cuando Marieta tenga que emigrar a Cataluña y cuando Antoñico también se vea forzado a buscarse la vida fuera de la tierra que le vio nacer.

Una vez vea cercana su hora, llamará a su gente y les encomendará que no dejen caer en el olvido a Papa, que lo entierren entre los suyos y que cuenten su historia.

En la fachada principal de la iglesia se observan, grabados en la piedra, los nombres de los 13 afectos a los vencedores, a quienes asesinaron en los primeros momentos del enfrentamiento o murieron en la contienda. Uno de ellos es el Hombre, a quien pertenecía la casa que le asignaron al alcalde, una vez que la requisaron los milicianos.

Papa, según comenté, dejó bien claro que esa casa no era suya y habían de respetarse las pertenencias de los dueños. Él mismo intentó buscarles un alojamiento seguro, a la espera de que amainaran los vientos de muerte.

"Como su madre, se indignaba cada vez que veía la placa de mármol con el nombre de los 13 caídos, al tiempo que se omitían los nombres de los otros"

El Hombre era cura en una población cercana. Su alcalde le dijo que no podía garantizar su seguridad. El sacerdote se vio impelido a buscar refugio en su familia. Papa fue hasta tres veces a avisarle de que no había ni ley ni orden en el pueblo y que no respondía por su persona. Las compuertas del odio se habían abierto de par en par.

El Hombre no tenía adonde ir. Un mes después del golpe de Estado, se presentó en su hogar una partida de desalmados. Lo sacaron a la fuerza y estuvieron torturándolo cuales hienas no ahítas de sangre. Dicen que quisieron castrarlo con una navaja capadora.

Malherido, lo entregaron a su familia y se fueron a la taberna. Volvieron a por él y lo arrastraron un kilómetro, hasta que lo remataron. Cuentan que el sacerdote dijo que había sufrido su martirio por amor a Dios y que moría perdonando. Cosa que le honra.

Acabada la Guerra, su cuerpo fue trasladado con gran pompa a la iglesia, en la que se ordenó sacerdote y donde está sepultado. No ha mucho fue consagrado Beato. Su estatua se venera en un altar de la parroquia que el alcalde fusilado pudo salvar en su momento.

Su nombre se lee en la fachada de la parroquia. También, en una placa de mármol blanco, que pusieron en los pies de una de las torres, homenajeándolo a él y al resto de los “Caídos por Dios y Por España”: 13. Algunos de ellos, incluso, cuentan con una cruz conmemorativa en el lugar en el que fueron asesinados, dejando claro que lo hizo la “canalla roja”.

Trece infortunados. En los días y años que siguieron a la “liberación”, los vencedores ejecutaron sumariamente a casi veinte veces más de entre los vencidos. Personas, que, cuales Papa y el Maestro, cayeron por España.

Mi Amigo fue uno de los dedos de aquella mano que formaron la Niña y su esposo. Como su madre, se indignaba cada vez que veía la placa de mármol con el nombre de los “13 caídos”, al tiempo que se omitían los nombres de los otros. Entre los que estaba su Abuelo.

"Mi Amigo, ausente la mirada, confiesa que se estremeció al ver la calavera con el orificio causado por el tiro de gracia en la sien. Tenía otro disparo en la frente. Aún había restos de sangre en ellos"

A éste lo mataron a las seis de la mañana del 29 de enero de 1942. Lo enterraron en una fosa anónima, en la capital. Hasta los años 80 no pudieron recuperar el cadáver y trasladarlo al pueblo del que fue alcalde. Sólo la familia estuvo presente.

Antoñico creció marcado por la infamia de ser hijo de un fusilado. Empezó a trabajar de botones en su pueblo, donde empezaron a llamarlo Bienpeinao y Machiné. El pueblo se le quedó pequeño y cuando la Marieta se fue a Barcelona, tardó poco en seguir sus pasos.

Mas acabó volviendo a sus lares tras su jubilación. Una de sus hijas se había ennoviado con uno del pueblo y esa de allí ya no se iba. Allí estaban sus raíces. Su yo. Además, allí había sido alcalde su padre. Su padre tenía que ser enterrado con los suyos. Los 3 hermanos se lo habían jurado a Mama cuando ésta agonizaba.

Removieron Roma con Santiago, mas al fin llegó el día. Acababa de comprarse un Seat 131, verde. Lo estrenó yendo a la capital a recoger a Papa con toda la familia. Ernesto les había hecho en su carpintería una caja pequeña para meter los restos.

Al volver al pueblo, pasearon la caja en el coche por todos los rincones que marcaron la vida de su padre. Aparcaron frente al ayuntamiento y subieron la caja a la alcaldía. Allí lo dejaron toda la noche, en su despacho, como postrer homenaje.

 

Mi Amigo, ausente la mirada, confiesa que se estremeció al ver la calavera con el orificio causado por el tiro de gracia en la sien. Tenía otro disparo en la frente. Aún había restos de sangre en ellos.

Mi Amiga cuenta que su padre, Antoñico, lloraba al releer la carta de despedida que el Yayo escribió a los suyos perdonando a quienes lo habían condenado y diciendo que no se arrepentía de haber salvado durante la guerra a algunos franquistas, aun sabedor de que alguno de ellos había firmado su sentencia de muerte. Mil veces viviera, mil veces volvería a hacer lo que hizo.

"Ninguna placa, ninguna calle honra a los que, como él, dieron la vida por la España a la que amaron hasta la muerte"

Con acíbar en sus palabras mi Amigo me cuenta la vez que se cruzó con uno de los caciques de entonces (se niega a anteponerle el don: no se lo ganó nunca, apostilla). Aquél le preguntó que de quién era. Al responderle, el susodicho confesó: “A tu abuelo lo mataron injustamente”. Mi Amigo se tragó su rabia: tenía bien sabido que el tal sujeto fue uno de los que ratificó con su firma la sentencia a muerte de su Yayo.

La familia de mis Amigos luchó con toda su hiel para que a la placa de la iglesia se añadieran los otros caídos. Tras décadas de empeños, como pequeña compensación moral, estando Mama ya fallecida, los familiares de los muertos sin nombre consiguieron que, dado que se negaban a poner el nombre de los suyos, de los caídos por defender la República, se quitara la placa de mármol con los otros trece. Pero ya no se puede ocultar la inscripción de la fachada con esos mismos nombres.

Ni creo que sea eso lo que quiere mi Amigo. Tan sólo pretende que se haga justicia con el recuerdo de un hombre bueno: su abuelo, su alcalde.

Ninguna placa, ninguna calle honra a los que, como él, dieron la vida por la España a la que amaron hasta la muerte. Únicamente el respeto de los suyos.

A Cesárea, a Dolores, a Antoñico y a Marieta les arrebataron a su esposo y padre, Antonio, tan sólo por haber sido un hombre honesto, cabal y leal. Su familia sólo pretendía un acto de justicia, de memoria, de humanidad.

Tanta ingratitud, tanta indiferencia, tanto olvido causa llagas en la memoria.