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Lord Byron: la escritura y la acción

Lord Byron: la escritura y la acción

En su larga y documentada introducción a estos Diarios de Lord Byron, Lorenzo Luengo nos desvela que “la escritura no era para Byron un fin en sí mismo, ni siquiera una verdadera vocación, sino un mal menor, un penoso consuelo ante la imposibilidad de llevar una vida más activa”. El poeta afirmaba de sí mismo que “el aburrimiento es parte de mi naturaleza”.

"La verdadera esencia de la personalidad de Byron no es la angustia ni la melancolía, sino la contradicción"

Pero esa propensión permanente a la acción y el desprecio de la escritura contrastan con la abundante obra que produjo en sus apenas veinte años de carrera; no solo poética, sino también epistolar, diarista y memorialista. Y es que, como afirma Luengo, “escribir era el mejor medio que siempre estaba a su alcance para dar salida a las tensiones de la existencia”, aunque “la verdadera esencia de la personalidad de Byron no es la angustia ni la melancolía, sino la contradicción”.

El anterior es, sin duda, un sugestivo punto de partida para la lectura de estos diarios, que se componen de seis partes: “Diario de Londres” (1813-1814), “Diario alpino” (1816), “Diario de Rávena” (1821), “Mi diccionario”, “Pensamientos aislados” y “Diario de Cefalonia” (1823-1824). Se trata de seis cuadernos redactados en distintas etapas de la vida del autor. Lamentablemente, los de Londres y Rávena no se conservan y han llegado hasta nosotros censurados por su transcriptor, el amigo y biógrafo de Byron Thomas Moore, a quien el poeta los entregó en vida.

En el “Diario de Londres”, Byron tiene veinticinco años, es soltero y vive un apasionado romance con su hermanastra, Augusta Leigh, casada y madre de tres hijos. Para evitar el escándalo, Moore eliminó del diario todo rastro del idilio, sustituyendo el nombre de Augusta por asteriscos, y suprimiendo párrafos enteros que hacen de la narración un relato en clave.

"A menudo, Byron está “ennuyé” (aburrido, en francés) y, en cierta ocasión, con su ironía habitual, escribe que se considera demasiado perezoso para pegarse un tiro"

“Me pregunto qué diablos pasa conmigo… No puedo hacer nada y… por suerte no hay nada que hacer” —escribe Byron— y una semana más tarde: “Acciones, acciones (…) y no escribir… y menos aún rimar (…). ¡Qué indigno y qué holgazán linaje es este!”, afirma en alusión a los escritores. Pero el 6 de diciembre vuelve a refugiarse en la literatura, exhibiendo sus contradicciones: “Este diario es un alivio (…). Si soy sincero conmigo mismo, cada página deberá de confutar, refutar a y abjurar de su predecesora”.

A menudo, Byron está “ennuyé” (aburrido, en francés) y, en cierta ocasión, con su ironía habitual, escribe que se considera demasiado perezoso para pegarse un tiro “porque, además, Augusta se enfadaría”. El deseo de acción que le provoca el aburrimiento parece paliarlo con el ejercicio físico. Así, el 14 de abril de 1814 escribe que, tras no moverse de su biblioteca en cuatro días, “he hecho ejercicio pugilístico con las ventanas abiertas (…) para tonificar y reanimar la parte etérea que hay en mí. Cuanto más intensa es la fatiga, mejor humor tengo el resto del día”. Concretamente en esa fecha, tras boxear sin parar largo rato, compone su Oda a Napoleón Bonaparte.

"Del mismo modo contradictorio, años más tarde apoyará a los griegos en su guerra de independencia contra el imperio turco y, al tiempo, muestra su admiración por la gallardía de los turcos"

¿Pero qué es lo que Byron entiende por “acción”? En el sentido más romántico del término, la acción es para él el heroísmo, el acto mismo de luchar, para lo cual parece buscar cualquier ideal disponible. Mas sus ideales parecen a menudo intercambiarse entre sí, e incluso pueden resultar opuestos. Sirva como ejemplo de dichas contradicciones su admiración por el emperador de los franceses, enemigo acérrimo de Inglaterra, y su apoyo, igualmente incondicional, a la sociedad secreta de los carbonarios, revolucionarios nacionalistas italianos cuyo objetivo, años antes, había sido expulsar a Bonaparte de Italia.

En el “Diario de Rávena” cuenta cómo le ha comunicado al conde Pietro Gamba —hermano de su amante, Teresa Guiccioli— su disposición para aportar armas, e incluso enseñar a los carbonarios a utilizarlas en sus revueltas y guerrillas. Del mismo modo contradictorio, años más tarde apoyará a los griegos en su guerra de independencia contra el imperio turco y, al tiempo, muestra su admiración por la gallardía de los turcos. Los lances previos a su entrada en batalla en Grecia se describen en el “Diario de Cefalonia”.

"Como muchos sabrán, en Grecia no llegó a entrar en batalla. Murió tras una semana de fiebres que le sobrevinieron al dar un paseo a caballo"

El poeta se muestra seguro de que morirá en Grecia —según cuenta por carta a sus amigos y familiares—, y se siente alegre por ello en su fuero interno, porque así dará fin a esa existencia fútil y perezosa que le proporciona la literatura, dando su vida por el noble fin de la independencia griega.

Como muchos sabrán, en Grecia no llegó a entrar en batalla. Murió tras una semana de fiebres que le sobrevinieron al dar un paseo a caballo. A la vista de lo anterior, no es de extrañar que Lorenzo Luengo concluya su introducción a esta brillante traducción afirmando: “Los presentes Diarios no son los de un hombre cuyas opiniones puedan calificarse de sólidas, pero sí los de alguien que cree en los valores de lo inconsciente para mostrar en toda su verdad las cosas existentes”.

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Título: DiariosAutor: Lord Byron. TraductorLorenzo Luengo. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro