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Los abismos de Pilar Quintana

Foto de portada: Victoria Iglesias

Hay que ser valiente para contar tu vida a unos desconocidos. Sentarte en una silla y comenzar a quitarte capas y capas de sentimientos ante ellos. Compartir con unos extraños tus miedos, frustraciones y fracasos. También tus éxitos y los logros, aunque esto sea más sencillo y menos doloroso. Hacerlo en novela(s) es arriesgado —terapéutico en ocasiones, pero arriesgado—; continuar con el ejercicio ante un auditorio lleno de gente te expone a unos niveles que quizás la autora de La perra no imaginaba cuando tecleaba la historia de Damaris en su teléfono móvil. Pilar Quintana está acostumbrada a enfrentarse a sus abismos. No le dan miedo los precipicios. Mira al vacío y sonríe, consciente de que ha ganado, de que lo logró cuando dijo basta, al articular un quiero y postular un puedo.

Pilar Quintana no se guardó nada durante la lectura que hizo en el Congreso de escritores de Puerto Rico, la tarde que nos mostró cuáles eran sus abismos.

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Abismo nº 1: Cali

Pronto, Pilar decidió dejar Cali y viajar. Antes de partir envió varias propuestas de un texto que había escrito a diferentes editoriales. Mientras recorría el mundo, una de ellas mandó un paquete a su casa. No estaba interesada en la obra y le devolvía el manuscrito. A su vuelta, su madre, que lo había leído, le dijo a Pilar: «Esto es lo que uno no debe contar a nadie».

«La sociedad de Cali de la que venimos mi madre y yo es muy conservadora. Puede parecer muy liberal porque es una tierra caliente, alegre, a la gente le gusta bailar, pero en realidad Cali, en muchos sentidos, funciona como si fuera un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conoce. Si perteneces a cierta parte de la ciudad, si has nacido en determinada clase social, entonces vas a ciertos colegios, vives en unos determinados barrios, vas a unos clubes donde todo el mundo se conoce, donde son muy importantes las apariencias. Cómo te ves y cómo te proyectas hacia los demás».

Pilar consiguió dejar atrás esa sociedad encorsetada y cargada de prejuicios, lograr lo que no pudo hacer su mamá.

«En Cali hay unos códigos sociales que cuando los violentás la ciudad te margina. Yo allí siempre me sentía un poco como dentro de una camisa de fuerza, y mi primera novela fue quitármela. Quiere decir: «Pues yo soy esto, ¿no?, y no encajó acá». Entonces, me parece que para mi mamá era muy difícil porque era tener las miradas de la gente conocida diciéndole: «¡Ay, tu hija no es la mujer que esperábamos que fuera!»«.

En Los abismos, Claudia, la mamá de la protagonista, cuando está triste y se encierra en su habitación, con un vaso de whisky y las cortinas echadas, dice que tiene «rinitis». Pilar Quintana estuvo a punto de contraer también esa «rinitis», de caer en la depresión hacia la que la encaminaba su ciudad y todo lo que suponía Cali.

«Yo creo que yo me habría matado, literalmente. Me fui de Cali a los 17, estuve un año de intercambio en un pueblito de Estados Unidos, luego volví para ir a Bogotá a estudiar a la Universidad y trabajé, después de graduarme, tres años en la capital. Durante ese tiempo cada vez que tenía que volver allí era una tortura para mí y lo evitaba. Hacía que las vacaciones en Cali fueran lo mínimo posible. Pero después de ocho años se me había olvidado cómo era Cali y empecé a idealizar la idea de volver a mi ciudad, y me encontré otra vez con lo mismo: descubrí otra vez la misma Cali que me parecía tan opresiva. Nunca fui a un psiquiatra ni a un psicólogo, no tuve un diagnóstico, pero me parece que a mí eso me deprimió profundamente. Fue una época en la que yo estaba triste. Bebía mucho y fumaba marihuana. Hubo un momento en el que yo me dije: «Si esta va a ser mi vida hasta que me jubile y pueda hacer lo que quiera —tener una vida sencilla frente al mar o viajar por el mundo—, yo prefiero matarme». Entonces dije: «Bueno, antes de matarme voy a hacer lo que quiero, y ya si veo que la vida es tan horrible, pues me mato». Y resulta que al tercer día de haber renunciado a todo y estar viajando ya no me pareció que la vida fuera tan terrible y quería vivir«.

Abismo nº 2: La Selva

Después de recorrer el mundo, Pilar regresó a Colombia, y lo hizo acompañada de un novio irlandés, Conor. Junto a él emprendió un nuevo viaje, diferente, peligroso, misterioso; se fueron a vivir los dos solos a la selva.

«El peligro en la selva está en todos lados. En aquel lugar aprendes a conocerte, no del modo en el cual lo haces en una ciudad, porque en la ciudad no estás en el límite de tus circunstancias como ser humano. En la ciudad yo abro la llave y sale agua. Cuando yo me fui a vivir a la selva tuve que conseguir que por la llave de la cocina saliera el agua; tuve que hacer mi propio acueducto. No tenía luz. Dependía absolutamente de la lluvia. Vivía en la naturaleza. Y yo creo que ahí también aprendes que la selva te lo da todo, pero también que un instante te lo puede quitar de repente. Una noche había un vendaval terrible y vos sentías cómo la casa temblaba. Luego por la mañana abrías la puerta y comprobabas que se habían caído todos los árboles a la redonda. Había un peligro externo, digamos, y a la vez tú estabas conociéndote y descubriendo unas partes tuyas que en la ciudad me parece que era muy difícil llegar a conocer de ti mismo«.

Allí el peligro no estaba fuera de la casa que construyeron, estaba dentro. Primero hubo desacuerdos, luego discusiones, que dieron paso a los gritos. Hasta que un día Pilar se preguntó por qué su pareja le acercaba la cara a la suya cuando discutían.

«Luego tuve esa circunstancia de estar con un marido que era abusivo. Por las circunstancias de mi vida me tomó mucho tiempo darme cuenta de que yo estaba en una relación abusiva«. 

Abismo nº 3: Colombia

Cuando hace un par de años salieron a la luz denuncias de abusos sexuales a niñas indígenas por parte de soldados de Colombia, Pilar Quintana afirmó que «a ese monstruo no hay que normalizarlo, hay que mirarlo a los ojos».

«A mí me invitaron de la Comisión de la verdad a leer unas historias. Había un texto donde contaban cómo en los países en guerra pasa algo tremendo: se deshumaniza al enemigo para poder matarlo. Tú no estás matando a un igual ni a un ser humano, sino un monstruo que hay que eliminar de la faz de la tierra. Y yo creo que en Colombia eso está normalizado desde hace mucho tiempo. Colombia tiene unas guerras intestinas que llevan siglos, pero la parte de la violencia que recordamos es la época desde los años 50. Nací en 1972, crecí con las historias de la violencia contadas por mi papá. Hoy en día, cuando voy a visitarlo —mi papá ejerció toda la vida en Cali, por eso yo nací allí, pero mi papá es de un pueblo del norte del valle del Cauca, un pueblo profundamente conservador— él nos dice —ya está viejo, tiene 89 años que por favor lo llevemos a tal pueblo —está recorriendo todos los de su infancia—. Nosotros lo llevamos y nos dice: «Aquí mataron a 300 personas en la época de la violencia». Las historias de Colombia son esas: historias todas de violencia. Ahorita yo me he pasado los últimos dos años investigando para una novela que estoy haciendo, que ocurre en los 80 y que tiene un personaje que es guerrillero. No es un personaje tangencial y la historia no va sobre la guerra, pero para construir ese personaje he tenido que conocer la historia de nuestra violencia, no de oídas, sino estudiarla verdaderamente. Muchas generaciones crecen así, oyendo relatos de la guerra, y eso es lo normal. Al que es diferente, al que no piensa como vos, no te sentás a dialogar con él, sino que lo asesinás. Cuando hubo el plebiscito por la paz en nuestro país ganó el «no» por un margen estrecho. Hay una gran parte de la sociedad que ha reflexionado y que cree en la paz, pero hay otra, casi la mitad o más de la mitad de los colombianos, que todavía piensa que no debemos dialogar, sino seguir en la guerra, que a los guerrilleros tenemos que asesinarlos o meterlos presos y jamás perdonarlos. Es una sociedad donde la guerra sigue siendo un modo de vida«. 

Las mujeres son las grandes protagonistas de las novelas de Pilar Quintana. Las colombianas invierten el rol que hasta hace unas generaciones las destinaba a ser esposas, madres, a permanecer lejos de las empresas y las universidades.

«Nosotras somos ahora la mitad de la población. Estamos en todos los estamentos de la sociedad, pero aún el poder efectivo lo siguen teniendo los hombres. Las mujeres cada vez ganamos más espacios. En épocas de mi mamá la mujer estaba relegada a la casa, ser esposa y cuidar a los hijos. Si tenían profesiones no estaba bien visto que fueran muy ambiciosas. Ahora las mujeres estudian tanto o más que los hombres y les va muy bien, digamos, académicamente. Trabajan mucho, pero todavía tenemos brechas salariales importantes. Además, una carga muy fuerte de las tareas del hogar sigue recayendo sobre ellas«.

Las mujeres piden paso en Colombia. Las escritoras están visibles, las de ahora y también las de antes, las que fueron borradas, las que no aparecían en los libros de texto de la escuela y cuyos libros no estaban en las estanterías de librerías y bibliotecas. Las autoras ya no tienen que demostrar, se limitan a mostrar.

«Este es el tercer año que estoy trabajando en la biblioteca de escritoras colombianas. Yo soy la coordinadora editorial de este proyecto del Ministerio de Cultura que busca promover y rescatar la literatura de las mujeres en el país. Este programa surgió porque empezamos a ver que en las clases del colegio estaban incluidos los escritores, pero no las mujeres. No hay una sola mujer que los escolares de Colombia deban leer. Cuando yo llegué a la universidad ocurría la misma situación. Era como si las escritoras no existieran y hubieran existido jamás. Sus nombres ni siquiera existían en el mapa literario colombiano. Toda la vida yo había oído hablar de Manuel Zapata Olivella, de Arnoldo Palacios; evidentemente había leído a García Márquez desde chiquita. Pero no había leído a las mujeres colombianas clásicas porque ni siquiera sus nombres existían. Existía la idea de que no estaban porque eran malas. A mí me dio curiosidad y empecé a leer algunas que me llamaban la atención, y yo encontraba que no eran malas, sino buenas». 

¿Cómo vemos a Colombia en la distancia? ¿Cuál es nuestra percepción más allá de las noticias? ¿Cómo es esa violencia que se desparrama por Cali y el resto de las ciudades de Colombia?

«Creo que Colombia necesita seguir reflexionando en sus ficciones, en el cine, en la televisión, en la literatura. La televisión ha vulgarizado un poco esa violencia, y la ha romantizado. Presenta muchas veces a estos grandes capos como unos héroes. Creo que lo han hecho mejor el cine o la literatura. En Colombia, a veces, hay mucha resistencia a examinarnos porque no nos gusta ver ese espejo de nosotros mismos, porque es un espejo espantoso, pero también eso somos«. 

Abismo nº 4: La Maternidad

Para ser escritora le recomendaban renunciar a la maternidad. Por ser mujer tampoco entendían que no tuviese hijos. Ni lo uno ni lo otro. No fue madre cuando quiso no serlo, y se convirtió en una cuando le apeteció. Sin atender a obligaciones sociales. Cali, la selva, Colombia, Conor, los prejuicios sociales, la hirieron, la retorcieron, pero no pudieron doblarla.

«A finales de los 90 y principios de los 2000 era común oír que una mujer no podía ser mamá y escritora. No, no se nos ocurría decirle eso a un hombre, porque se asumía que una mujer le iba a llevar la casa y los hijos. Echando la vista atrás, pienso que eso era muy triste y castrante. Yo lo que encontré después de ser madre es que no solo podía seguir siendo escritora, sino que la misma maternidad me descubrió una veta, un tema que no sé hasta cuándo me va a durar. Ha sido muy importante en dos de mis libros y en algunos cuentos. La maternidad se veía un tema femenino, y en ese sentido se consideraba menor. La maternidad no es un tema femenino, porque todos somos hijos, novios y todos fuimos paridos; es un tema humano«. 

La no maternidad como estigma. La seca. La yerma. La mujer señalada por no parir. La perra. El libro que llevó a Pilar Quintana a las páginas de reseñas de todo el mundo.

«En clubes de lectura, lectoras y periodistas en entrevistas me han dicho después de leer La perra que Damaris es estéril, y yo digo: «¿Dónde dice que Damaris es estéril?». Nunca lo sabremos, porque ella no queda embarazada, pero no necesariamente es porque ella sea estéril. Puede ser el marido, ¿verdad? Pero los lectores siguen asumiendo —algunos, no todos— que hay una mujer que no tiene hijos y el problema es de la mujer. Esa novela me surgió cuando yo llegué a vivir al Pacífico colombiano. En ese momento yo tenía 30 años y me preguntaban si tenía hijos, y yo decía que no; si quería tener, y yo aseguraba que tampoco. En esa región las mujeres empiezan a tener hijos a los 20 años, muy jóvenes. Les parecía que yo estaba grande para no haber tenido hijos. Yo les respondía que no tenía hijos porque no quería y la gente no me creía. Después de irme del Pacífico colombiano tuve un hijo, y entonces cuando les llegó la noticia dijeron que quien no servía era el gringo, mi anterior pareja, con la que vivía allí, porque para ellos era inconcebible que estuviésemos casados y no tuviésemos hijos«. 

Abismo nº 5: Los Abismos

Y después de La perra llegaron la niña Claudia y su mamá, también Claudia, y Gloria Elena, Amelia y Rebeca. Mujeres mirando al precipicio; algunas cayeron, otras evitaron las profundidades. Los abismos. El vértigo ahora era haber ganado el premio Alfaguara.

«Para mí Los abismos significó volver la vista atrás y examinar la generación de mujeres de mi madre y lo que les pasó. Creo que como hijos somos muy duros y juzgamos severamente a nuestros papás. Sobre todo a nuestras mamás, no a nuestros papás. A ellos los perdonamos, pero con nuestras mamás somos durísimas. Cuando yo tenía un borrador —muy incipiente— de Los abismos yo sabía que allí había una historia, pero algo no estaba conseguido. Entonces entendí qué era lo que no estaba logrado: el personaje de la madre era el de una mala madre. Entonces yo me pregunté por qué había hecho ese personaje tan débil si yo sé hacer personajes. Me acordé de lo que le ocurría a mi hijo Salvador, que cuando era pequeño, con tres o cuatro años, pensaba que mujer y mamá eran sinónimos. Yo hice lo mismo: era muy feminista para mí y para mis amigas, pero a la generación de mi mamá seguí viéndolas solo como madres, no como mujeres. Ahí fue cuando se armó la novela, al volver la vista atrás y examinar a esa generación, no con los ojos de la hija egoísta que soy. Yo me pregunto cuántas de esas mujeres quisieron tener hijos y los tuvieron como una decisión de vida, y cuántas simplemente se encontraron teniendo hijos y diciendo: «Dios mío, esto era lo que yo tenía que hacer, pero no me siento del todo cómoda en mi papel». Muchas de esas mujeres estaban atrapadas en un lugar que la sociedad les adjudicaba. Era muy difícil para ellas salir de ahí. Un buen número de ellas caminaba por el borde del abismo, algunas se caían, a otras las tumbaban. A partir de ese descubrimiento me empezaron a interesar mucho esas mujeres con destinos trágicos«. 

Pilar Quintana continúa tejiendo textos, en los que los adjetivos son minoría y los verbos abren mundos de posibilidades, corregidos hasta la extenuación, trabajados y revisados en busca del santo grial del escritor: conjugar la economía con la calidad literaria.

«A mí me gusta corregir. Disfruto planeando la historia, pero a veces es un proceso demasiado laborioso. Los abismos la escribí ocho veces; cinco escrituras completas y tres parciales. A mí me parece que eso es una exageración. Yo tengo amigos que no trabajan así y que me parecen mucho más talentosos que yo, porque consiguen una buena prosa, una gran historia, que no hacen con menos esfuerzo. Para dar un producto decente tengo que trabajar mucho más que ellos. Debo repasarlo ocho veces para tener el nivel que tiene lo que escribo«.

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Por las noches, cuando el sueño tarda en apoderarse de su territorio, las protagonistas de la última novela de Pilar serpentean por mi cabeza. Mientras vislumbro mis propios abismos, intento rescatar a Paulina, la muñeca de la pequeña Claudia, a su mamá, a Gloria Elena y a Rebeca del fondo del precipicio.

Ayer casi lo consigo; quizá esta madrugada tenga más suerte.

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