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Luisa Carnés (y la cara oscura de las pastas de té)

Detalle de la portada de Tea Rooms, de Luisa Carnés

La novela empieza con una frase a medio hacer: “… siendo los prontos reembolsos el alma del comercio, confío en que usted encontrará un medio de remitirme el producto neto de esta operación en letras sobre Londres o París…” Un fragmento desde el que emana el más puro tedio, pero también la urgente necesidad de un puesto de trabajo. Una colocación para muchachas solteras que habrán de responder al dictado de cartas comerciales, a las peticiones de café y a las demandas sexuales por un sueldecito módico. Todo eso prometía a principios del siglo XX un anuncio como éste: “Urge mecanógrafa. Modestas pretensiones”.

Así, con una frase inacabada, arranca Tea Rooms. Mujeres obreras. Con las modestas pretensiones de una chica cualquiera que necesita trabajar para acompañar las patatas viudas y comprarse un par de medias con las que salir a buscar trabajo y seguir avanzando en espiral. Así de desesperante es. Pero ni siquiera. No hay manera. No hay espacio en un despacho para ella.

"Carnés sabe de lo que habla porque ella misma, feminista y comunista, trabajó como camarera en un salón de té allá por los años 30."

La protagonista es Matilde, una joven madrileña de familia obrera que se inventa la escritora Luisa Carnés para ilustrar lo que era vivir en aquel entonces. Matilde no será secretaria, pero consigue colocarse tras un mostrador de bombones y galletas por una miseria. Y allí pasa la vida. Casi todo el día y todos los días, casi. Carnés sabe de lo que habla porque ella misma, feminista y comunista, trabajó como camarera en un salón de té allá por los años 30. Antes había estado en un taller textil y en otro de sombrerería. A este último entró a los 11 años.

Luisa CarnésLuisa Carnés desarrolla, a partir de esa primera frase flotante sin principio ni final, una prosa que roza el verso en momentos como en los que nos cuenta que la mujer pobre ama el invierno, cuando la gente camina deprisa, porque hace demasiado frío para fijarse en los demás, para detenerse a contemplar una pierna bonita. No tiene nada que ver con la coquetería. Es la vergüenza de la mujer pobre por ver contemplado y despreciado su zapato gastado, su tacón torcido. Eso piensa Matilde, un día que llueve, y que sus zapatos viejos “son dos depósitos de agua llovediza”.

Carnés escribe para exponer, para explicar, su incisiva y definida conciencia social. Ella ve el mundo a su manera, que es una manera muy específica. La sociedad se divide, principalmente, en dos grupos: “los que suben en ascensor y los que utilizan la escalera interior”. Su retrato de la vida es una denuncia de la condición pobre. De la desigualdad extrema en una España de preguerra. Su mensaje, directo y explícito, es obvio. En la forma y en el fondo. Pero es que Luisa Garcés no escribe para nosotros, para nosotras. Escribe para una obrera española que “sigue deleitándose con los versos de Campoamor, cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su carrera: el marido probable.” Una mujer que no valoraba su derecho al voto, un ser apenas ciudadano cuya “experiencia de la miseria no estimula su mentalidad a la reflexión”, convencidas como vivían, la mayoría, de “la inmutabilidad de la sociedad hasta el fin de los siglos”.

Tal vez por eso no se andaba con sutilezas. Su escritura guarda rabia. Un mal llamado rencor de clase, tan denostado por los que miran desde arriba, que ha empujado al despertar de la conciencia y a la batalla del día a día a aquellos a los que les cuesta tres veces más, lo mismo.

Y Carnés, ese rencor, lo utiliza sabiamente y con sarcasmo: “La mierda de los ricos huele que apesta”. Es el inevitable efecto secundario, claro, de un estómago repleto. Esto lo dice la criadita adolescente que se come los restos de los platos antes de que lleguen a la cocina, y limpia cada día el retrete de la niña rica.

La novela de Luisa Carnés guarda un punto vanguardista que se ve en su escritura, a veces dislocada y puntualmente surrealista. Es ésta una de esas autoras poco conocidas, invisibilizadas se dice ahora, de la Generación del 27. Una narradora de la vida real. De la realidad de la mujer obrera española cuando trabajar, para la mayoría, era la diferencia entre ser sólo pobre o del todo mísera. Una vida en la que una, en caso de hacerse preguntas, se preguntaba sobre “sus deberes y sus derechos de oprimida”.

"Es una de esas autoras poco conocidas, invisibilizadas se dice ahora, de la Generación del 27. Una narradora de la vida real."

Una novela social en la que están presentes los elementos básicos de la hipocresía y la falta de oportunidades y opciones en un país brutalmente desigual. También el abuso de la patronal. El fracasado intento de las primeras huelgas. O Rusia como faro. Eso también está. Ya dije más arriba que Luisa Carnés era feminista y comunista. Tal cual.

La autora carga igual contra las lectoras de novelas blancas que se enamoran de actores guapos que contra la encargada explotadora que se enreda con señores casados, símbolo de la corrupción y la maldad. Este último juicio se entiende si se tiene en cuenta la época y, también, la doctrina. Porque toda doctrina conlleva juicio moral.

Tea Rooms, de Luisa CarnésCuando estalló la Guerra Civil Luisa Carnés, esa escritora española que no conoce nadie y que publicó su primera obra en 1928, Peregrinos de calvario, se la jugó implicándose en todo y a por todas con unos artículos periodísticos que le valieron el exilio. Murió en México en 1964, con 59 años.

Antes dejó ésta y otras novelas, relatos y demás textos en los criticó su época, el inmovilismo, la falta de conciencia, el hambre “que genera rebeldes” y hasta las patatas viudas.

Y a todo aquel que prefirió engañar al estómago antes que pelear el derecho de llenarlo.

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Título: Tea Rooms. Mujeres obreras. Autora: Luisa Carnés. Editorial Hoja de Lata. Venta: Amazon