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Mamá, quiero ser dominatrix

Mamá, quiero ser dominatrix

No sabemos nada de nuestros vecinos. Ese viejecito entrañable de 80 años con el que nos cruzamos en el ascensor, que tiene dificultades para caminar y que nos enseña las postales que le envían sus nietos, ese viejecito, ya digo, que parece que venga del parque de alimentar a las palomas, puede que en verdad vuelva de una sesión vespertina con una dominatrix en la que le han orinado encima. Si algo he aprendido leyendo el cómic Hinterhof. Vida de una dominatrix (de Anna Rakhmanko y Mikkel Sommer) es que no existe un perfil de persona que acude con regularidad a que la fustiguen, la insulten, la humillen, y que además paga gustosamente por ello. Nadie lleva la palabra sumiso escrita en la frente para poder identificarlo, por lo que hasta el menos pensado podría serlo. Vosotros mismos, por ejemplo. Y también todos mis vecinos. Por eso ahora, cuando coincido con uno de ellos en el ascensor, mientras mantengo una manida conversación sobre si llueve o hace sol, me pongo a imaginar qué tipo de sumiso será. Me da que el del quinto izquierda es de látigo y mordaza, mientras que el del tercero derecha es más de cera caliente y pinzas en los pezones.

Hinterhof nos muestra la vida cotidiana de Dasa Hink, una dominatrix asentada en Berlín. Dasa trabajaba como camarera con un sueldo de miseria hasta que decidió enfundarse un corpiño de cuero, un liguero y unas botas, y cobrar una pasta por repartir estopa a diestro y siniestro. Si os preguntabais por qué la hostelería en España tiene tantas dificultades para encontrar camareros, ahora sabéis los motivos de esta deserción masiva.

Dasa es hija de padres divorciados y tiene dos hermanas y un hermano. Toda su familia sabe a lo que se dedica y, para asombro de Dasa, nadie quiere conocer los detalles del asunto. Nadie salvo su madre, que tiene un novio y que se muestra muy interesada por todo lo que Dasa le cuenta. Yo creo que a ese novio le espera sorpresa tras cada conversación entre madre e hija.

–Cariño, he estado tomando café con Dasa y no sabes lo que se me ha ocurrido. Ve poniéndote este uniforme de colegial y ahora te cuento.

"Quien pretenda ser dominatrix se debería preguntar: ¿Cuántos azotes por minuto soy capaz de propinar?"

A la incomodidad de la mayoría de su familia se une la incomprensión de gran parte de la sociedad, ya que, para poder ejercer su nueva profesión, Dasa tuvo que inscribirse en el registro de trabajadoras sexuales de Alemania: «Cuando digo que soy una dominatrix, la reacción de la gente suele situarse en expresiones tipo “¡Guau!, ¡qué guay!”. Pero si digo que soy prostituta, entonces la reacción es más bien del estilo “Oh, no”. ¿Dónde está la diferencia? Me paso el día tocando pollas. Miles de pollas. Provoco orgasmos a mis clientes y los penetro con consoladores». Pero, a pesar de todo, Dasa está encantada con su nueva vida: «Soy prostituta y mola». Está tan encantada que, al leer Hinterhof, da la impresión de que ser dominatrix es lo mejor que te puede pasar, y aquí conviene alertar a los lectores de esta obra de que no todo es tan maravilloso como el libro nos lo presenta.

Para empezar, no creo yo que cualquiera valga para ser dominatrix porque es un oficio que requiere mucha preparación. Del mismo modo que alguien que aspira a vivir de la traducción debería preguntarse: “¿Cuántas palabras por hora soy capaz de traducir?”, quien pretenda ser dominatrix se debería preguntar: “¿Cuántos azotes por minuto soy capaz de propinar?”.

Luego, antes de lanzarse a la piscina, hay que sopesar los numerosos riesgos de accidente laboral que esta profesión entraña, que la fusta requiere mucho juego de muñeca y las tendinitis están a la orden del día. También hay que tener mucho cuidado con cómo clavas el tacón de aguja en el escroto de tu cliente, no vaya a ser que pises mal y te hagas un esguince.

Y finalmente está la presión constante por mantener tu reputación siempre en alto y el estrés que ello conlleva. No todo el mundo tiene la fortaleza mental para lidiar con una crítica como esta en Spank Advisor:

"Como veis, el oficio de dominatrix tiene muchos sinsabores, por lo que aconsejo pensárselo dos veces a quienes os estéis planteando dar el paso"

«Acudí a Dómina Lisbeth por las buenas críticas que había leído de ella y lamento decir que ha sido una decepción absoluta. Si hay algo que le pido a una sesión de azotes es ese toque de magia que se resume en una sola palabra: gustirrinín. Y eso es justo lo que ha brillado por su ausencia: el gustirrinín. No sé cómo explicarlo, pero cuando Dómina Lisbeth me clavaba las agujas no tenía la impresión de estar en una lóbrega mazmorra. Por la forma en que lo hacía, sin ningún tipo de entusiasmo, parecía que estuviésemos en una consulta de acupuntura. Más tarde, cuando iba a decirle que la correa que me había atado al cuello no me ahogaba lo suficiente, me gritó: “¡Calla y obedece, cerdo asqueroso!”, pero lo dijo sin ninguna convicción. No me sentí en ningún momento un cerdo ni nada parecido. Me sentí más bien como un koala o un oso perezoso, pero no como un cerdo. Y eso no me gustó nada porque me sacó del papel y me dio un poco de bajón, la verdad. Luego, al final de la sesión, cuando le pagué me dio un apretón de manos y me dijo: “Hasta la próxima.”. Y yo pensé: ¿un apretón de manos? ¡Qué menos que una bofetada o un puñetazo! Y ni siquiera apretó con fuerza para hacerme daño. Era una mano floja, desganada, como un pescado muerto, y yo no quiero un pescado muerto, yo quiero un tiburón asesino, una Moby Dick que me devore y que le haga exclamar a mi dick: “Oh, yeah!”. Pero lo peor de todo vino a la mañana siguiente. Ese día me iba a un camping nudista con unos amigos y quería lucir los latigazos en la espalda, pero al mirarme en el espejo vi que no me habían dejado ninguna marca. Lo dicho: una decepción total. No volveré a Dómina Lisbeth y no puedo aconsejar a nadie que contrate sus servicios salvo que el sufrimiento que más placer te produzca sea que te estafen».

Como veis, el oficio de dominatrix tiene muchos sinsabores, por lo que aconsejo pensárselo dos veces a quienes os estéis planteando dar el paso. Pero si, pese a todas las dificultades, decidís tirar para adelante, os deseo mucha suerte y os animo a que hagáis vuestra la divisa de Mae West: «Cuando soy buena, soy buena. Pero cuando soy mala, soy mejor». Y si no sabéis por dónde empezar a abriros camino en este mundo, no os preocupéis: puedo pasaros el contacto de todos mis vecinos.

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Autores: Anna Rakhmanko y Mikkel Sommer. Título: Hinterhof. Vida de una dominatrix. Traducción: Inger-Lise Ostrem. Editorial: Garbuix Books. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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