Al terminar este libro he recordado el eslogan que escribió Fernando Pessoa: “Primero se extraña, después se entraña”. Porque me ha costado entrar en él por hacerlo a través del árbol genealógico que Margaret Atwood despliega en las primeras páginas, por más que en algunos puntos me interesaran los para mí exóticos aspectos de la historia de Canadá que relata. No me han ayudado tampoco los orígenes sociales de la escritora, vástaga de unos, por más que muy esforzados, brillantes padres universitarios que, si fracasaban los devaneos literarios de la inquieta Peggy, siempre tendrían una garaje que ofrecerle para refugiarse.
En general, me ha ido cautivando su sentido del humor y asistir paso a paso, sin hacer ruido, al despliegue de su amor por Graeme, su marido, y al de él por ella, claro. Otro aspecto que destaca en este libro, de lo que Margaret Atwood ha decidido contarnos de su vida, es con qué naturalidad nos muestra la existencia de una cultura del acoso sexual hacia las mujeres, hacia ella misma, también en Canadá, que brota aquí y allá con una cotidianeidad, desde el punto de vista actual, pasmosa.
Es, pues, un libro, que primero se extraña y después se entraña, de una autora que, afortunadamente, se detiene lo justo y necesario en desgranar el origen de los argumentos de sus libros. Es una historia de éxito, como corresponde a toda autobiografía, con pasajes refrescantes y esperanzadores, como todos aquellos en los que describe el vínculo entre ella, y especialmente su marido, con la naturaleza.
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Autor: Margaret Atwood. Título: Libro de mis vidas: Como unas memorias. Traducción: Ana Mata Buil, Francisco José Ramos Mena, Antonio Padilla Esteban, Irene Oliva Luque y Raquel Lanseros Sánchez. Editorial: Salamandra. Venta: Todos tus libros.


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