Mari Pau Domínguez es una de esas escritoras que han hecho de la novela histórica con mirada contemporánea su territorio natural. Periodista de larga trayectoria en prensa, radio y televisión, Domínguez ha construido una obra narrativa sólida y coherente, centrada en rescatar figuras, episodios y conflictos relegados por el relato oficial, con especial atención a la experiencia femenina. Sus títulos confirman una constante: la voluntad de iluminar zonas de sombra de la Historia desde una escritura accesible, documentada y literariamente ambiciosa.
Lejos del alegato explícito, Las arrepentidas propone una ficción de restitución: dar voz a mujeres que no dejaron archivo, que fueron borradas no solo de la sociedad, sino de la memoria. La novela explora la opresión moral, la violencia institucional, la identidad quebrada y la resistencia íntima, planteando una pregunta incómoda y vigente: qué ocurre cuando el arrepentimiento exigido no es espiritual, sino una representación pública de sumisión.
Con este trasfondo, la conversación con Mari Pau Domínguez no es solo una entrevista sobre una novela histórica, sino un diálogo sobre memoria, silencio, dignidad y literatura como forma de archivo alternativo.
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—El título ya es una toma de posición. ¿De qué se arrepienten realmente las arrepentidas? ¿De lo que hicieron, de lo que no hicieron, o de haber sido obligadas a elegir dentro de un marco que nunca fue del todo suyo?
—Se arrepienten de haber existido fuera del margen permitido. Pero ese arrepentimiento no nace de ellas, sino del sistema que las obliga a asumirlo. No se arrepienten tanto de lo que hicieron como de haber sido señaladas por hacerlo. Muchas ni siquiera eligieron: eligieron por ellas sus padres, sus maridos, la moral social. El título es irónico en cierto sentido. Son “arrepentidas” porque así las nombra la institución que las encierra. Pero mi novela cuestiona precisamente esa palabra.
—En la novela, el arrepentimiento no aparece como un gesto puntual, sino como un estado que acompaña a los personajes. ¿Crees que el arrepentimiento es una emoción íntima o una construcción social que aprendemos?
—Creo que es ambas cosas. Existe un arrepentimiento íntimo, profundo, que nace de la conciencia personal. Pero también hay un arrepentimiento aprendido, casi impuesto, que responde a normas colectivas. En Las arrepentidas me interesaba explorar ese segundo: cómo una emoción puede convertirse en instrumento de control. Cuando el arrepentimiento deja de ser una reflexión interior y pasa a ser una obligación pública, deja de ser auténtico.
—Tus protagonistas femeninas no buscan ser ejemplares ni redimidas. ¿Te interesaba huir deliberadamente del relato de la mujer que “aprende la lección” al final?
—Absolutamente. No quería escribir la historia de una mujer que, tras el castigo, comprende que debía haberse comportado de otra manera. Me interesaba una mujer que se rebela, que duda, que teme, pero que no acepta la narrativa de la redención impuesta. No me interesan los personajes ejemplares, sino los verosímiles. La vida rara vez ofrece moralejas limpias.
—Las arrepentidas dialoga con una tradición literaria de mujeres juzgadas —por la moral, por la familia, por la historia—. ¿Sentías que estabas escribiendo también contra ciertos silencios heredados?
—Sí, aunque no desde el panfleto. Estas mujeres no solo fueron juzgadas: fueron borradas. No dejaron cartas, no dejaron memorias. No dejaron rastro. Escribir esta novela era, en cierto modo, discutir con ese vacío. No para reescribir la historia con mayúsculas, sino para preguntarnos qué historias no se contaron. A veces el silencio es más elocuente que el archivo.
—El tiempo pesa mucho en la novela: el pasado que vuelve, las decisiones que se leen con otros ojos. ¿Es el arrepentimiento una forma de reescritura del pasado?
—Sin duda. El arrepentimiento es una mirada retrospectiva. El hecho no cambia, pero su interpretación sí. El tiempo modifica nuestra percepción de lo vivido. En ese sentido, arrepentirse es volver a narrar lo que ocurrió. Y toda reescritura implica poder: el poder de decidir cómo recordamos.
—Hay una tensión constante entre culpa y responsabilidad. ¿Dónde sitúas tú la frontera entre ambas, tanto en la ficción como en la vida real?
—La culpa tiene una dimensión moral que muchas veces nos imponen. La responsabilidad, en cambio, es más adulta, más consciente. En la novela, a estas mujeres se les carga una culpa que no siempre les pertenece. Yo creo que asumir la responsabilidad de los propios actos es un ejercicio de libertad. Pero aceptar una culpa fabricada es otra cosa muy distinta.
—El lenguaje de la novela es contenido, sin estridencias, pero emocionalmente incisivo. ¿Fue una decisión consciente escribir el arrepentimiento desde la contención y no desde el desgarro?
—Sí. El desgarro puede ser muy expresivo, pero también puede volverse retórico. Quería que la emoción surgiera de la situación, no del exceso verbal. Cuando el dolor es auténtico, no necesita subrayados. Me interesaba una prosa limpia, casi fría en apariencia, para que el lector sintiera el impacto sin que yo se lo dictara.
—¿Te resultó más difícil escribir lo que las protagonistas dicen… o lo que callan?
—Lo que callan, sin duda. El silencio exige precisión. Lo que no se dice tiene que sentirse igualmente. Y en una historia como esta, el silencio es estructural: ellas no podían hablar, no podían defenderse, no podían explicarse. Trasladar eso a la ficción era un desafío enorme.
—En un tiempo que celebra la autoafirmación constante, “no me arrepiento de nada”, tu novela propone justo lo contrario. ¿Es Las arrepentidas una novela a contracorriente?
—Tal vez sí. Vivimos en una cultura que convierte la ausencia de arrepentimiento en una consigna de fortaleza. Pero el arrepentimiento también puede ser una forma de conciencia. El problema no es arrepentirse; el problema es que te obliguen a hacerlo. Mi novela no defiende el arrepentimiento impuesto, sino la libertad de decidir qué hacer con la propia memoria.
—Después de escribir este libro, ¿crees que el arrepentimiento puede ser también una forma de lucidez, incluso de libertad, o sigue siendo una carga inevitable?
—Puede ser una forma de lucidez si nace de uno mismo. Cuando reconoces un error y lo miras sin autoengaño, hay crecimiento. Pero cuando el arrepentimiento es una etiqueta que otros colocan sobre ti para disciplinarte se convierte en una cadena. La diferencia está en quién pronuncia la palabra. Y en si puedes, o no, quitártela de encima.




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