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María Elena Higueruelo: «Acercarse a la literatura es tomar conciencia de la imposibilidad de decirlo todo»

María Elena Higueruelo: «Acercarse a la literatura es tomar conciencia de la imposibilidad de decirlo todo»

Quiero ser ordenado y quiero que comprendáis el orden.

1. Sobre el presente: Lo que viene a continuación es una entrevista con la poeta María Elena Higueruelo (Torredonjimeno, Jaén, 1994), ganadora de la última edición del Premio Adonáis con Los días eternos, un poemario construido en cuatro compases y en diálogo frontal con el platónico mito de la caverna.

2. Sobre el pasado: María Elena Higueruelo estudió matemáticas, acaba de terminar el grado en literatura comparada y ganó en 2015 el premio Antonio Carvajal de Poesía Joven con su poemario debut, El agua y la sed, editado por Hiperión.

3. Sobre el futuro: […]

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—Tu formación matemática late con fuerza en El agua y la sed; en Los días eternos ese posicionamiento ya está mucho más matizado. Quería que me hablases, María Elena, de la amplitud de tu salto entre las matemáticas y la literatura.

El agua y la sed lo escribí entre el segundo y el tercer año del grado en matemáticas, así que es lógico que todo eso se manifieste, ya sea explícitamente o como trasfondo, dado que era el lugar desde el que yo pensaba en aquel momento, lo que ocupaba el centro de mi vida intelectual a nivel de imágenes, conceptos y razonamientos. Es cierto que mi relación con la literatura la vivía con una cierta sensación de desacople o incomodidad dado que acudía a ella, por las dinámicas que me imponía mi vida académica, de manera marginal o residual. Era una suerte de escapatoria respecto a un paradigma central, pero también una forma de reconciliar diversos puntos de mi identidad, porque al fin y al cabo yo no me sentía una persona escindida.

Al terminar matemáticas, me crucé con la carrera de literatura comparada y la vi como una oportunidad para, precisamente, colocar la literatura en el centro de mi vida; para poder leer y pensar expresamente sobre ella, sacarla de esa marginalidad que habitaba hasta entonces. Imagino que es lógico que, de un poemario a otro, se note el cambio de paradigma. El pensamiento literario está mucho más presente en Los días eternos: en él dialogo mucho más directamente con la literatura, aunque es cierto que la cuestión matemática no puede desaparecer porque, como digo, sigue formando parte de mi modo de pensar y de relacionarme con el mundo. Digamos que se han invertido un poco los papeles entre las matemáticas y la literatura.

—Es cierto que, a nivel formal, El agua y la sed puede entroncarse con lo que podríamos llamar una tradición de la poesía de la experiencia, mientras que en Los días eternos lo experiencial aparece siempre de forma subtextual, con un corpus teórico literario fuerte por encima. En ese sentido, es como si el influjo de lo sistemático, por así decirlo, también marcase mucho el cambio en tu forma de acercarte a la literatura y de pensarla no solo como algo que sucede en relación con tu biografía, sino también como una entidad teórica e intelectual.

—Respecto a esto creo que podría responder lo mismo en relación con las matemáticas o a la literatura. Digamos que me interesa mucho el diálogo con la idea misma de disciplina. No me gusta usar esa palabra para la literatura, pero bueno, la empleo para hacer referencia a eso que tú llamas lo sistemático. Más allá del modo en que todo eso se imbrica en nuestra vida, es cierto que yo tengo una relación muy genuina con aquello que podemos denominar lo abstractolo teórico. De todos modos, mi intención en Los días eternos tampoco era la de crear algo tan necesariamente abstracto o desligado de la vida, sino apuntalar que, de hecho, todo eso nace de la vida y vuelve a la vida. Todo nace del tiempo y vuelve al tiempo. Pero vamos, que sí: tiendo a sistematizar o racionalizar lo intuitivo, y creo que esos procesos mentales están presentes de forma muy primitiva y rudimentaria en El agua y la sed; pienso que con Los días eternos he logrado depurar un poco ese tipo de procedimiento de conciencia.

—Los dos libros comparten, eso sí, un pensamiento estructural muy organizado. Son dos poemarios muy poco caóticos, con un claro sentido narrativo y esta vocación un poco geométrica de racionalizar las estructuras. Es cierto, eso sí, que dentro de esas ideas tan organizadas abres espacio para que pueda surgir lo espontáneo, la vibración.

—Esto es así sobre todo en Los días eternos porque la estructura del libro estaba en mi cabeza prácticamente desde el principio. Más allá de mi afán de organización, también buscaba sacar partido a lo que yo considero que son mis propias limitaciones poéticas —precisamente, el otro día comentaba con Fran (Navarro) que sería muy interesante que aquellos que escribimos hablásemos de nuestras propias limitaciones—. Un aspecto en el que percibo que no llego al lugar que me gustaría alcanzar es el de que, a día de hoy, sigo sintiendo mi voz más heterogénea de lo que me gustaría. Mi forma de sacar partido a esa heterogeneidad era proporcionar a Los días eternos una estructura que diese cuenta de ese proceso de mutación constante.

Al contrario, a El agua y la sed le impuse la estructura a posteriori. Aquel fue un libro que nació por accidente, porque surgió en base a un conjunto de poemas sobre los cuales encontré un hilo común, una forma de disponerlo y crear una unidad de sentido. Pero todo eso sucedió tras el proceso de escritura. Valoro mucho en un poemario que se intuya una unidad de sentido autónoma en el objeto libro más allá de la que pueda proporcionar cada poema individualmente. En El agua y la sed intenté proporcionársela y pienso que el resultado es menos satisfactorio, precisamente, porque se nota que ese esfuerzo está llevado a cabo a posteriori. En Los días eternos, en cambio, lo tuve presente desde casi el principio.

—Me llama la atención que hables de la heterogeneidad de tu voz como algo negativo o limitante, ¿no te proporciona también posibilidades, como es el caso de Los días eternos?

—No es algo que ahora mismo me preocupe; al contrario, lo acepto y lo aprovecho también como territorio de exploración, como algo que me propone retos permanentemente. Sin embargo, mi intención es poder sintetizar toda esa heterogeneidad, no elegir entre una cosa y otra, sino encontrar una salida a través de la cual yo pueda integrar todos los elementos poéticos que me interesan y que, de momento, solo tengo la sensación de haber desarrollado de manera independiente; en algunos poemas de una manera, en otros de otra. Mi objetivo, conforme siga escribiendo, es reconciliar todo eso y encontrar lo que se suele llamar una tercera vía. Supongo que, al fin y al cabo, todos queremos desarrollar una voz propia, algo que sea reconociblemente nuestro. Y eso es lo que muchas veces me preocupa: leer poemas míos y sentirlos muy distintos entre sí, pese a pertenecer a una misma etapa. Es algo en torno a lo que medito mucho.

—En el caso de Los días eternos, esta disposición de la heterogeneidad te sirve para plantear la tensión fundamental del libro entre la quietud y el movimiento. El primer capítulo y el último, la noche oscura  y la noche blanca, suceden en una especie de pausa, de silencio común; sin embargo, el primero contiene un silencio cargado de ansiedad, similar al de un adolescente incapaz de romper sus fronteras dialógicas, mientras que el último guarda un silencio sereno, ganado a través del movimiento que se genera en los dos capítulos intermedios.

—Exacto, pero ahí está también la trampa: parto de esa heterogeneidad precisamente para darle un sentido. Creo que esta puede ser una particularidad del libro, la de hacer de su principal debilidad —o la que lo sería, para mí, en un principio— una de sus mayores virtudes. Mi intención era que esa primera noche oscura expusiese todo lo tormentoso correlativo a momentos vitales tan importantes como la infancia o la adolescencia, en los que no comprendes lo que sucede a tu alrededor, derivándose un malestar de esa incomprensión. Y sí que es verdad que buscaba esa circularidad, ese regreso a la quietud al final del poemario que trata de poner de manifiesto que, al fin y al cabo, la madurez y el crecimiento no tienen tanto que ver con dejar cosas atrás sino con regresar a los orígenes, pero hacerlo con una mirada reconciliada con aquello que antes resultaba tormentoso.

—Por el medio, esos otros dos bloques también contrapuestos entre sí: el movimiento comprendido como liberación en primer lugar, después como temblor y angustia. La parte luminosa la vinculas con el contacto con un primer amor, con la apertura hacia algo nuevo. Después responde un movimiento interno marcado por la incertidumbre ante lo que pueda venir después. Este abanico de tensiones, como mencionaba antes, es lo que acaba permitiendo que el conocimiento se acumule y se posibilite la llegada de esa noche blanca final.

—Es curioso, porque ese segundo capítulo relacionado con el despertar amoroso fue concebido, originalmente, como conclusión del libro, como noche blanca. Considero que ha sido parte de mi crecimiento a lo largo de estos años el hecho de haberlo cambiado de lugar, de ver la promesa del amor como un primer despertar, pero también como algo que puede entrar en crisis y generar nuevas necesidades que no estaban presentes en la agitación inicial, necesidades… no más sólidas, pero quizá sí más radicalmente propias y a las que agarrarse ante la incertidumbre, ante la idea de que el amor tampoco puede ser algo sobre lo que uno sostenga exclusivamente su crecimiento. Sin embargo, me pareció importante apuntar todo esto sin dejar de tener presente el potencial emancipador del amor en lo referente al descubrimiento de un otro con el que poder crear toda una mirada conjunta.

—Volviendo a poner en diálogo los dos poemarios, esta forma de desasirse de la dependencia del otro también marca una distancia entre ambos: en El agua y la sed el amado es una pared que la voz poética no logra sobrepasar, que limita su discurso, de la cual depende y a la que se agarra. En Los días eternos, sin embargo, al colocar ese descubrimiento en el segundo bloque, permites que el otro se reconcilie posteriormente con el resto de elementos que componen al sujeto poético y finalmente forme parte de la serenidad de la noche blanca, siendo todavía un elemento esencial, pero no ya un manto opresivo que lo cubre todo.

—Me gustó mucho lo que dijo Juan (Gallego Benot) en la entrevista que le hiciste acerca de la necesidad de no objetualizar al , al ser amado; de tratarlo como sujeto, con respeto, como algo más que una excusa para hablar del yo. Es algo que yo también tenía muy presente, buscaba una honestidad para con el otro y por eso preferí colocarlo al principio en lugar de al final, como alguien con el que se construye; no alguien a quien se mira sino alguien con quien mirar, alguien que está a tu lado mientras tú sigues mirando otras cosas. Alguien que te aporta cosas en tu crecimiento, que no es el mero resultado de ese crecimiento.

—En el centro de Los días eternos hay una evidente mirada sobre el tiempo; tengo la sensación de que, en último término, su estructura circular busca amalgamar todo el movimiento en una imagen. De agrupar todo el movimiento —pese a que partas de un lugar para llegar a otro— en una suerte de instante, en algo así como un esfuerzo pictórico. Creo que destila una forma de ver el tiempo, pese a su recorrido interno, como algo que puede fijarse en la memoria y suceder, de este modo, simultáneamente.

—Esa simultaneidad me parece algo muy difícil de alcanzar en literatura, dado que el lenguaje es lineal y, al serlo, es inevitablemente temporal. El lenguaje en sí mismo comporta una temporalidad en la medida en que, a diferencia de la pintura, no nos es dado todo de una vez. Así que, una vez más, yo trato de alcanzar esa simultaneidad a través de trampas, y en este caso la trampa central es emplear ese ejercicio memorístico de quien mira hacia atrás a la vez que avanza; son dos movimientos simultáneos que, al superponerse, de algún modo… no es que se anulen, pero entran en una tensión que les permite converger con fuerza en el instante presente. Trato de reafirmar al presente como el resultado de esa tensión entre la mirada hacia el pasado y cierto modo de dirigirse hacia al futuro; entre una construcción de la propia vida a través de la memoria y toda la incertidumbre, inseguridad e ilusión de lo que está por venir.

—En cierto modo, es como si el acto de escritura, ese logos que referencias en el libro, instaurase una nueva unidad espacio-temporal capaz de subsumir a todas las demás, de contenerlas. De esta manera, comprendes la escritura como registro y testimonio de un bloque conjunto que sí, es heterogéneo, pero cuyos elementos se encuentran en el mismo lugar y al mismo tiempo.

—Es verdad que la escritura genera su propio espacio-tiempo y que el poema también desarrolla unos límites de existencia que, ulteriormente, se independizan del espacio y del tiempo en que fueron escritos. El poema, en sí mismo, no es para mí sino un correlato de la memoria. Puede parecer que muchos de mis poemas sean en cierta medida metapoéticos por las referencias al lenguaje, pero es que resulta que, para mí, al fin y al cabo hablar de un poema no es más que hablar de la memoria en tanto instantánea que cristaliza ese espacio-tiempo y le proporciona una existencia autónoma, más allá del transcurso de un tiempo que, al fin y al cabo, siempre es inaprensible.

—Y pese a esa aproximación que denominas metapoética al texto, creo que también admites con humildad el fracaso de tu propósito en la escritura. Escribes, en uno de los últimos poemas de la noche blanca: que no entre nadie que no sea capaz de admitir el fracaso del logos, como asumiendo que, a fin de cuentas, lo que ofreces no es más que un objeto-libro, una demarcación temporal que no tiene demasiado que ver con lo que sucede más allá de los contornos; estableciendo una vez más la tensión generada por la distancia entre el objeto estético y el mundo real.

—Creo que siempre es conveniente reconocer esa brecha entre la literatura y la vida, pero mi opinión es que lo que separa también une. Al fin y al cabo, la literatura —o el objeto estético, como tú lo llamas— tampoco es algo escindido de la vida, aunque obviamente tenga sus limitaciones, por desgracia y por suerte. En el fondo yo pienso que escribir, o siquiera acercarse a la literatura, no es más que tomar conciencia de un fracaso, de la imposibilidad de decirlo todo y decirlo de una vez. Pero también pienso que ese fracaso es su virtud, porque es lo que nos permite seguir ahondando en sus formas, inventando nuevas reglas y nuevos compases; lo que nos permite seguir construyendo nuevas formas de decir las cosas.

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Autora: María Elena Higueruelo. Título: Los días eternos. Editorial: Rialp. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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